El deseo y la satisfacción (Jan Toorop, 1893)
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Reyes II [09/31] ¿Soy yo Dios?

Segundo libro de los Reyes. Capítulo 5, Versículo 1-27
por José de Segovia

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Nuestra necesidad es mucho mayor de lo que nos imaginamos:

Las encuestas no siempre reflejan la verdad, pero también a veces dan una orientación. Nos dicen los resultados que la mayor parte de la gente, a pesar de sus quejas, está satisfecha con su vida. Más o menos pueden echar en falta alguna cosa en su vida pero -en general- están contentos con la vida que tienen. Siempre hay algo que falta, una necesidad, algo que echan de menos, pero en general, la mayor parte de la gente, se encuentra satisfecha si no fuera precisamente por esa cosa, por esa necesidad, por esa falta. Naaman, el personaje de nuestra historia, es un hombre que también se nos describe así en el primer versículo de nuestro texto. Era un hombre que tenía una buena posición. Tenía todo lo que el mundo podía anhelar en aquella época. Era un hombre que disponía de un poder, de una autoridad, y por lo tanto contaba con todo el lujo, el respeto, el reconocimiento y el honor que tenía una posición como la suya. Naaman por lo tanto era un hombre que podía desplazarse de un reino a otro con cartas que le daban autoridad y era por lo tanto reconocido, respetado y admirado por todos allá donde fuera. Tenía en definitiva todo lo que el hombre pudiera desear excepto una cosa: era leproso. Así también en nuestra vida vemos que tal vez podamos estar satisfechos y contentos con muchas de las cosas que tenemos y disfrutamos pero sin embargo hay algo, hay algo que de alguna forma falta. Para cada persona, lo que ocurre y su necesidad, puede ser diferente. Para Naaman era esta enfermedad que parece que era una forma de lepra, sino tal y como la conocemos ahora, algún tipo de enfermedad de la piel parecida, era una enfermedad que le humillaba, le hacía sentirse, en definitiva, descontento. Para otros será otra necesidad. Hay personas que sufren de alguna forma porque echan en falta otras cosas, sea un mejor trabajo, sea una persona con la que compartir su vida, sea realmente poder estar en un lugar que les gustará estar, pero todos en definitiva hay algo que tienen en su vida que les muestra su necesidad. Pero a todos sin excepción viene esta palabra de Dios como viene a Naaman. Una palabra que nos muestra que nuestra necesidad es mayor que lo que nosotros podemos imaginar y pensar. Y esta palabra de Dios por lo tanto nos enfrenta a la sabiduría de Dios desde nuestra sabiduría humana. El hombre piensa que necesita algo pero Dios nos muestra lo que realmente necesitamos.

Selección de apuntes:

  1. Dios es el Señor sobre toda la tierra y sobre todos los pueblos
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  2. Dios escoge lo insignificante de este mundo ara cumplir su plan
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  3. Sabemos muy poco de lo que Dios va a hacer con nosotros
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  4. El Señor de la historia es también el Señor de nuestra vida
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  5. No basta con llevar un nombre para servir a Dios
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  6. Obedecer a Dios implica nuestra renuncia a aquello que nos enorgullece
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  7. No podemos adquirir el favor de Dios por lo que somos
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  8. No podemos ganarnos el favor de Dios
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  9. Todos venimos a Dios con una falsa idea preconcebida
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  10. Dios no está al servicio de ningún ritual religioso
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  11. La salvación de Dios le parece demasiado simple a los hombres
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  12. No podemos seguir siendo los mismos tras ser alcanzados por Dios
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  13. La gracia de Dios no es incondicional o barata
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  14. Dios ha escogido a los que no son nadie para mostrar su sabiduría
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Exposición utilizada con permiso de y grabada en Madrid, el 7 de Marzo de 2007. Consulta los titulares de ese día en El País, El Mundo o ABC.

Texto en el que se basa la exposición:

Naamán, general del ejército del rey de Siria, era varón grande delante de su señor, y lo tenía en alta estima, porque por medio de él había dado Jehová salvación a Siria. Era este hombre valeroso en extremo, pero leproso. Y de Siria habían salido bandas armadas, y habían llevado cautiva de la tierra de Israel a una muchacha, la cual servía a la mujer de Naamán. Esta dijo a su señora: Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra. Entrando Naamán a su señor, le relató diciendo: Así y así ha dicho una muchacha que es de la tierra de Israel. Y le dijo el rey de Siria: Anda, ve, y yo enviaré cartas al rey de Israel. Salió, pues, él, llevando consigo diez talentos de plata, y seis mil piezas de oro, y diez mudas de vestidos. Tomó también cartas para el rey de Israel, que decían así: Cuando lleguen a ti estas cartas, sabe por ellas que yo envío a ti mi siervo Naamán, para que lo sanes de su lepra. Luego que el rey de Israel leyó las cartas, rasgó sus vestidos, y dijo: ¿Soy yo Dios, que mate y dé vida, para que éste envíe a mí a que sane un hombre de su lepra? Considerad ahora, y ved cómo busca ocasión contra mí. Cuando Eliseo el varón de Dios oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestidos, envió a decir al rey: ¿Por qué has rasgado tus vestidos? Venga ahora a mí, y sabrá que hay profeta en Israel. Y vino Naamán con sus caballos y con su carro, y se paró a las puertas de la casa de Eliseo. Entonces Eliseo le envió un mensajero, diciendo: Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio. Y Naamán se fue enojado, diciendo: He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra. Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Si me lavare en ellos, ¿no seré también limpio? Y se volvió, y se fue enojado. Mas sus criados se le acercaron y le hablaron diciendo: Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio? El entonces descendió, y se zambulló siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del varón de Dios; y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio. Y volvió al varón de Dios, él y toda su compañía, y se puso delante de él, y dijo: He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel. Te ruego que recibas algún presente de tu siervo. Mas él dijo: Vive Jehová, en cuya presencia estoy, que no lo aceptaré. Y le instaba que aceptara alguna cosa, pero él no quiso. Entonces Naamán dijo: Te ruego, pues, ¿de esta tierra no se dará a tu siervo la carga de un par de mulas? Porque de aquí en adelante tu siervo no sacrificará holocausto ni ofrecerá sacrificio a otros dioses, sino a Jehová. En esto perdone Jehová a tu siervo: que cuando mi señor el rey entrare en el templo de Rimón para adorar en él, y se apoyare sobre mi brazo, si yo también me inclinare en el templo de Rimón; cuando haga tal, Jehová perdone en esto a tu siervo. Y él le dijo: Ve en paz. Se fue, pues, y caminó como media legua de tierra. Entonces Giezi, criado de Eliseo el varón de Dios, dijo entre sí: He aquí mi señor estorbó a este sirio Naamán, no tomando de su mano las cosas que había traído. Vive Jehová, que correré yo tras él y tomaré de él alguna cosa. Y siguió Giezi a Naamán; y cuando vio Naamán que venía corriendo tras él, se bajó del carro para recibirle, y dijo: ¿Va todo bien? Y él dijo: Bien. Mi señor me envía a decirte: He aquí vinieron a mí en esta hora del monte de Efraín dos jóvenes de los hijos de los profetas; te ruego que les des un talento de plata, y dos vestidos nuevos. Dijo Naamán: Te ruego que tomes dos talentos. Y le insistió, y ató dos talentos de plata en dos bolsas, y dos vestidos nuevos, y lo puso todo a cuestas a dos de sus criados para que lo llevasen delante de él. Y así que llegó a un lugar secreto, él lo tomó de mano de ellos, y lo guardó en la casa; luego mandó a los hombres que se fuesen. Y él entró, y se puso delante de su señor. Y Eliseo le dijo: ¿De dónde vienes, Giezi? Y él dijo: Tu siervo no ha ido a ninguna parte. El entonces le dijo: ¿No estaba también allí mi corazón, cuando el hombre volvió de su carro a recibirte? ¿Es tiempo de tomar plata, y de tomar vestidos, olivares, viñas, ovejas, bueyes, siervos y siervas? Por tanto, la lepra de Naamán se te pegará a ti y a tu descendencia para siempre. Y salió de delante de él leproso, blanco como la nieve.

Segundo libro de los Reyes. Capítulo 5, Versículo 1-27

Traducción de Reina-Valera (Revisión de 1960) | Compáralo con otras versiones

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