Romanos: Una vida transformada

En el siglo IV había un hombre llamado Aurelio Agustín. Nació en una pequeña granja que había al norte de África, en lo que hoy es Argelia. Llegó a ser profesor después de sus muchas lecturas y se dedicó a enseñar literatura y retórica en latín durante muchos años en la ciudad de Cartago, en la propia capital de Roma -del imperio que dominaba cuando él nació- y también Milán en Italia. Pero allí escuchó a un predicador: Ambrosio. Y por medio de Ambrosio comenzó esta palabra de Dios a obrar en su vida. A actuar, inquietándole. Este hombre vivía esclavo de sus pasiones. Tenía un problema particularmente con el sexo. Era un hombre que luchaba con una vida en la cual se veía dominado por sus deseos y realmente sin control sobre sí mismo. Tenía ya 32 años y veía su vida, a pesar de ser un profesor, con una vida sin control, una vida destinada a la ruina. Y en el jardín que tenía en su casa, salió ese día del año 380, y nos dice en las Confesiones que llegó a escribir Agustín, con el nombre con el que llegó a ser conocido como el más grande de los padres de la iglesia latina, que escuchó como una voz, como una voz que le decía: ′tolle, lege′... Toma y lee. Parecía de un niño o de una niña, no sabía de donde venía la voz, parecía del jardín de al lado, de la otra casa, pero le impulsó a buscar ese libro que había conocido por medio de este predicador, Ambrosio. Y allí leyó en las palabras de esta carta que tenemos delante de nosotros, del apóstol Pablo a los Romanos, en el capítulo 13, y nos dice que una transformación se produjo en su vida. Aquella palabra le habló como nunca antes le había hablado. Le hablaba de vestirse de Cristo Jesús y dejar de lado todo lo que habían sido sus deseos hasta ahora en su carne y empezar una nueva vida. Él fue uno de mucho, de muchos de los que al leer este libro y esta carta vieron su vida transformada por ella.

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