Werner Herzog: Una rara forma de inestabilidad

Barcelona, 16 de enero de 2010. Con el último documental de Herzog, publicado ahora en DVD, recibimos el golpe fresco de alguien que, como bien apunta Roger Erbert ′se mueve en extremos′. Este nuevo documental, bajo el prisma de la mirada única de Herzog (ver a modo de ejemplo sus películas God’s Angry Man, 1980; Death of Five Voices, 1995; Mi enemigo íntimo - Mein Liebster Fiend, 1999, y la sobrecogedora Grizzly Man, 2005... para darse cuenta de ello) trata sobre la Antártida y la huella dolorosa del ser humano sobre una naturaleza siempre nueva, siempre letal.
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A partir de aquí, fiel a su estilo, Herzog presenta una galería de imágenes bellas, pero alejadas totalmente del estilo ′fondo de escritorio de Windows′; y también de imágenes embarradas y ocres de McMurdo, la colonia y centro logístico para la mitad del continente, una especie de ciudad similar a cualquier ciudad industrial, en la que no falta de nada... heladería, bolera y cajeros automáticos incluidos. El lamento del director de Munich es largo al respecto, y se esfuerza en recordarnos que en la Antártida no todo es belleza glacial e inerte, sino que también el hombre pasó por allí hace un siglo escaso, dejando pronto su sello colonial, y su extraño encanto.

En el largometraje aparecen los dos elementos claves en la filmografía del alemán: por un lado, la ambición o la megalomanía de una humanidad pequeña frente al ecosistema enorme, eterno, hostil y a la defensiva, ambición que se personifica en el ansia de los ′primeros′, como Shackleton o Scott, los cuales dejaron a un lado el espíritu aventurero para convertirse en los incipientes instaladores de banderas británicas... pero también se materializa esta ambición en personajes como el de un individuo que quiere obtener el record Guinness llegando al Polo Sur en saltador. El otro elemento es la proliferación de nuevas y singulares especies. Asistimos al descubrimiento de seres unicelulares únicos, y también al de personajes raros y obsesionados con su trabajo de cuyos estudios, no lo olvidemos, dependen muchos de los informes sobre el cambio climático que llegan a nuestros telediarios.

Sin embargo, no estamos ante una colección de freaks divertidos que nos hacen reflexionar sobre temas como la ecología, aunque reconozco que estos seres solitarios y apacibles enseñan mucho más del asunto que el aparentemente revelador documental protagonizado por Al Gore (An inconvenient Truth, Davis Guggenheim, 2006). Herzog nos enseña el fin del mundo, un sitio que presuponemos sin vida, que imaginamos un poco como el desierto helado de la segunda entrega de la saga galáctica de George Lucas; y entonces destapa una caja de la que surgen esculturas naturales de hielo, días eternos, filósofos azules, naturalistas y mecánicos exóticos, pingüinos suicidas, psicodélicos gritos de focas bajo el océano... un lingüista que no encuentra lenguas para salvar, sino invernaderos bajo un sol frío, y las vibraciones de científicos jugando con guitarras eléctricas y tratando de abarcar el terreno con globos aerostáticos que se asemejan a las medusas incandescentes del fondo de un iceberg, al que sólo se puede acceder por profundos agujeros parecidos a la boca de un estómago de nitrógeno. O algo por el estilo. La perplejidad es una de las mejores armas esgrimidas en el film. Y la inestabilidad. A este respecto, el director es claro en su última entrevista, donde aludió a este film: ′Fue realizado por dos personas, el operador de cámara y yo. Su propósito es evidente: no somos un elemento estable en este planeta Si hablas con científicos - no sólo con los que se interesan en el cambio climático sino también con los que trabajan en biología evolucionista - te dirán tranquilamente que la vida, y no sólo la vida humana, ha sido siempre una cadena continua de cataclismos.′

Herzog nos lleva a lo más remoto, y una vez allí, nos acribilla a preguntas, muchas de ellas incómodas y evidentes. Partimos de la nada y el silencio, del blanco lechoso de un ambiente imaginario, para aprender a maravillarnos, para maravillarnos de las paradojas de un mundo nuevo. No nos queda más remedio que aceptar que, por mucho que nos esforcemos en ocultarlo, tenemos poco que decir, y mucho más de lo que asombrarnos. Cataclismo somos.
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