V. S. Naipaul: Al límite de la fe

Madrid, 18 de diciembre de 2004. El reciente premio Nobel de Literatura, V. S. Naipaul, es considerado por muchos el mejor escritor vivo en lengua inglesa. Este autor de origen indio, nacido en Trinidad, acaba de publicar un nuevo libro en español, (editado por Debate), Al límite de la fe. Allí Naipaul describe la experiencia de aquellos que han sido convertidos al Islam en Indonesia, Irán, Pakistán y Malasia. Su obra es un ferviente alegato contra el imperialismo religioso del mundo árabe. Al mismo tiempo una escritora sudanesa residente en Indonesia, Leila Aboulela, narra en su novela La traductora (publicada en Madrid por Lengua de Trapo) la conversión de un escocés al Islam por amor a una mujer musulmana que trabaja en la Universidad. La pregunta de estos dos libros es: ¿cómo llega una persona a la fe islámica?.
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Naipaul, nació en una familia hindú en 1932, pero al venir a Oxford para estudiar lengua y literatura, se quedó a vivir en Londres. Aboulela también fue a Escocia, aunque nació en El Cairo en 1964, dándose allí a conocer como escritora. Pero la joven autora ha vuelto sin embargo a Yakarta, Indonesia, para recobrar su identidad en sus raíces islámicas. Estamos por lo tanto ante dos actitudes diferentes. Para el Nobel, la conversión supone el abandono de antiguos mitos y creencias, borrando tu propia historia, para volver la vista con reverencia a lugares sagrados en tierras secas y lejanas. Su sobria colección de biografías de conversos pretende por eso demostrar su fanatismo. Mientras que ella describe paciente y delicadamente los estados emocionales de sus protagonistas, para con un lirismo contenido dar a conocer el Islam, mediante la psicología, la mentalidad y los vaivenes del corazón de una persona que tiene verdadera fe.

Para Naipaul, ′el Islam es la forma más inflexible del imperialismo′. El cree que ′se dicen muchas tonterías sobre el concepto de yihad′, que ′intentan convertirlo en una idea muy difícil de traducir′, cuando en realidad es una guerra de religión, y todo musulmán tiene el deber de participar en ella′. Sólo que ′cuando uno es débil, libra la guerra en su corazón; cuando es un poco más fuerte, con sus palabras′, pero ′cuando tienes armas, con armas′. Aunque ′ahora se hace todo tipo de distorsiones′, diciendo que ′en realidad es una cosa espiritual′. Pero para el Nobel todo esto son ′sandeces′, y ′la gente que lo dice sabe que no es verdad′. La traductora de Aboulela sin embargo, cuando pierde a su marido en un accidente, y vive alejada de su hijo en Jartum, encuentra en esta fe su único consuelo. Sin esa religión no puede existir su amor por un especialista escocés en el Islam, pero agnóstico. No hay otra posibilidad para ese profesor de ciencias políticas que la conversión. Pero le cuesta confesar que ′no hay otro dios que Alá′...

No hace mucho que la imagen de un joven barbudo de gesto cetrino y aspecto talibán recorría los medios de comunicación de todo el mundo. Era John Walker, nacido en el condado norteamericano de Marin, al norte de San Francisco, en 1981. Su padre es un abogado que creció en un ambiente católico que llegó a considerar opresivo. Así que no quería que su familia se sintiera aprisionada por ninguna religión. Su mujer mantenía un cierto budismo sincrético a la moda. Y dieron por lo tanto a su hijo una educación libre y sin dogmas, en la que Walker creció sin ataduras ni disciplinas. El converso talibán estudió en un colegio alternativo, donde no tenía siquiera que ir a clase. Entre los ejercicios de yoga de su madre y su pasión por el hip-hop, su afición a internet le pone en contacto con la figura de Malcolm X, que inspiró a tantos jóvenes a luchar contra el racismo con un movimiento musulmán. Al leer sus memorias y ver la película que le convierte en mártir, Walker decide convertirse al Islam, mientras sus padres se divorcian. Vende sus discos, cambia de indumentaria y adquiere un nuevo nombre, Sulimán al-Faris.

Cuando Walker quiere ir al Yemen para aprender el Corán, sus padres no dudan en pagarle los estudios. Al volver a casa por Navidad el año 99, Sulimán conoce a unos misioneros islámicos de California, los Tablighi Jamaat. El grupo le sugiere ir a una escuela de teología al oeste de Pakistán. Sus comprensivos padres no tienen problema en volver a financiarle el viaje y la estancia en Bannu. Una noche decide cruzar la frontera de Afganistán con sus cartas de presentación para los talibanes, a los que todavía se acoge en su más estricta obediencia. Nuestro problema para entender una persona así, tiene que ver con la actual incomprensión con la que se enfrenta Occidente a un mundo que no parece compartir sus valores, ni apreciar su misión iluminadora para promover el progreso y la libertad. Nuestra sociedad secularizada se ha consagrado a la tolerancia, con la devoción que antes prestaba una mente pre-ilustrada al dogma religioso. Por lo que la educación moderna nos ha vacunado contra todo fundamentalismo. Pero el problema es que ya no queda nada fundamental por lo que vivir...

La realidad post-moderna que ahora mantiene Occidente carece de fundamentos. Lejos están ya sus orígenes en un pensamiento judeocristiano. No hay nada eterno, ni inmutable, a lo que merezca la pena entregarse. Ninguna gran historia que te explique las cosas. Todo sirve, y nada vale en el relativismo contemporáneo de un sincretismo absurdo. Porque ¿cuál es el papel de la verdad en una cultura pluralista como la nuestra? Sólo hay un absoluto, y ese es que no hay absolutos... Jesús está bien como maestro moral. Su enseñanza ética se considera un ejemplo de amor y fraternidad para toda la humanidad. Pero cuando dice, Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí (Juan 14:6), algunos se revuelven inquietos en el asiento. Eso suena demasiado intolerante. ′Está bien tener tus propias ideas, pero no pretendas que esa sea la única verdad′. El supuesto agnosticismo del que tantos se enorgullecen hoy en día, esconde algo más que indiferencia, ya que su tolerancia es en el fondo profundamente intolerante.

Al límite de la fe dice que nuestro problema en Occidente es ′la ausencia de un sentido de lo sagrado′. Ya que un buen fundamento para lo por venir (1 Timoteo 6:19) no está en el poder de las riquezas de Wall Street, sino en Aquel que es el solo Soberano, Rey de reyes y Señor de señores (v.15), nuestro Señor Jesucristo (14). Ese fundamento no puede ser derribado por avión alguno, sino que se levanta más allá de todo fundamentalismo, dirigiendo la Historia por su mano hasta aquel día que estemos delante del trono del Cordero. Ya que podemos cometer dos errores: un integrismo que ignora su paciencia, pero también un relativismo que la confunde con indiferencia. No pensemos que no importa cómo vivamos. Lo que está aquí en juego es cuestión de vida o muerte. Pero es Dios quien tiene la última palabra, y esa depende de nuestra actitud ante su Hijo. No somos nosotros, sino su palabra la que nos juzgará un día (Juan 12:47-48). Hay está la verdadera autoridad. No habrá voces disidentes entonces. El reconocimiento unánime será de gloria y alabanza para Aquel que ha dado su vida por nosotros. Nos podemos humillar ahora ante Él con agradecimiento, o sufrir la vergüenza y confusión de contemplar el Rostro que ahora hemos despreciado, ya no con amor paciente sino con la ira del Cordero.

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