The Wire: Series actuales: Films extensos

Barcelona, 31 de enero de 2010. If you walk with Jesus
He’s gonna save your soul
You gotta keep the devil
Way down in the hole

(Way down in the Hole, tema central de The Wire)

Escrito por .



Si algo tienen de excepcional las actuales series que llenan nuestros televisores y dispositivos portátiles (de modo que ya no sean sólo series de televisión), es su capacidad inusual de profundizar en fábulas importantes y dispares como: el auge y declive del imperio romano; las experiencias sobrenaturales de una ayudante del fiscal de, digamos por ejemplo, Phoenix, Arizona; los avatares de una guionista de televisión en un ejercicio de metalenguaje, en las entrañas de la industria televisiva, donde los conflictos entre ejecutivos y creativos de la NBS son constantes pero a veces altamente productivos; la procesión de vidas pasadas de unos supervivientes a un espectacular accidente de avión, mientras tratan de sobrevivir en una inquietante isla; los mil matices, esplendorosos, sublimes, turbadores, de una familia de mafiosos, o de un grupo de moteros vengativos; las impertinencias de un doctor que es la viva imagen de Sherlock Holmes, en lo bueno y en lo malo; las confusiones de unas mujeres en la cuarentena; la historia de cómo un padre conoció a la madre de sus hijos; las genialidades de una detective, de un asesino en serie que sólo se ocupa de otros asesinos en serie, de un investigador obsesivo compulsivo, de una forense, de una ama de casa con trastorno de personalidad; las interioridades del ambiente gay, de la publicidad en los años 60, del aeropuerto y de la policía de Los Ángeles, del sistema de seguridad en un casino de Las Vegas, del gabinete de prensa de la Casa Blanca; la vida y la muerte en una ciudad de forajidos en un Oeste en decadencia; un grupo de frikis capitaneado por el hijo de una fundamentalista del sur de Estados Unidos, abanderada del diseño inteligente; un antiguo delincuente y su hermano que aprenden lecciones sobre el bien y el mal a medida que rellenan una lista con los errores del pasado. Hay multitud de ejemplos, con mayor o menor fortuna y aparato de promoción, mayor o menor calidad y grado de absurdidad argumental.

Las series, por su dimensión, por el modo de irrumpir en nuestras vidas, suelen convertirnos en testigos de excepción de épocas inimaginables, y del inusitado hecho de cómo sus personajes pueden crecer y adquirir una mayor realidad, cómo se visten de humanidad, cómo los argumentos enriquecen las interpretaciones, a la vez que las interpretaciones enriquecen los argumentos. La longevidad y el estado de tensión que rodea al fenómeno de asistir durante veinte o cincuenta minutos semanales (o diarios, según se consuman) a una sucesión de tramas, cliffhangers, etc…, han permitido que las series de televisión dejen de ser la hermana pequeña del cine, para tomar una entidad, un lenguaje y un mercado propios. De ahí que la mención que aquí hacemos es breve y general, con la intención de llamar la atención sobre el asunto, pero con la asignatura pendiente de desarrollar en su extensión todo el tema. Por otra parte, cuando una película acierta, nos suele impactar más, teniendo en cuenta también que una serie casi siempre resulta un trabajo más colectivo que el de filmar una película, con un mérito apegado a la inmediatez y a las turbulencias del medio televisivo. Las series actuales, por mucho cambio que nos parece ver en ellas, siguen siendo tan familiares como esos cuentos que nos leyeron nuestros padres, las telenovelas a las que nuestras abuelas son adictas desde el principio de los tiempos y los folletines decimonónicos, precedentes culturales de las novelas, motor de gran parte de las películas. Las series dejan también sus huellas en el cine, unas huellas que el cine a menudo envidia.

Debido al tema que tratamos, centrado en el cine, y a la imposibilidad de tratar todas y cada una de ellas en este espacio, hay sólo dos series que destacamos, como un primer acercamiento al fenómeno: Kings, una la lectura actualizada, épica, del primer libro de Samuel; y la visión de un mundo marginal, necesitado más que nunca de buenas nuevas tras un prolongado silencio de Dios, descrito en la policíaca The Wire. Kings, creada por Michael Green (de la decepcionante Héroes), se ambienta en el incierto futuro del reino imaginario y desfasado Gilboa, cuya capital es la moderna Shiloh, continuamente en tensión con sus vecinos del reino de Gath. En uno de esos enfrentamientos, Gath toma como prisioneros a unos soldados de Gilboa, y los retiene tras una línea de indestructibles tanques, llamados Goliat. El joven soldado David Shepherd, tras una heroica acción en la que destruye uno de esos tanques, salva a los prisioneros, sin saber que uno de ellos es Jack Benjamin, hijo del rey de Gilboa, Silas (interpretado por Ian McShane, actor de la interesantísima Deadwood). A partir de este acontecimiento, se desata una serie de lucha de poderes, conspiraciones y conflictos alrededor de la sucesión de Silas, y las influencias en el gobierno del cuñado del rey por parte del pastor Ephran Samuels, el general Linus Abner, y el cuñado del rey, William Cross, los tres con ambiciones contrapuestas dentro una época dominada por el negocio de la guerra entre ambos reinos, el hambre y el desencanto hacia la autoridad. Para quien conozca bien la historia del rey David, no dejan de ser curiosos los nombres de los personajes (‘Shepherd’ significa cordero, Benjamin, Samuels…), ni muchos de los acontecimientos de la serie, que a lo largo de los trece episodios de su primera temporada van desde el enfrentamiento de David con el tanque Goliat, hasta la huida de David al desierto, amenazado de muerte (en el texto bíblico llegamos aproximadamente a 1 Samuel 22). Sin embargo, Kings no se limita a narrar y contextualizar en un mundo imaginario, con leves variaciones, la historia bíblica; articula varios conflictos históricos de hondo calado espiritual en una intriga política y social, en un discurso sobre la fragilidad del gobierno y la monarquía, del poder de los hombres, de su responsabilidad. El interés no estriba en explicar la historia del joven David, o demostrar el valor narrativo del texto original (algo que se consigue totalmente). El fin está en ahondar en las fisuras del alma humana, como sucede en toda obra de carácter épico a que nos enfrentemos, desde Lawrence de Arabia a las novelas de Tolkien. En este sentido, también podemos hablar de Kings como de un film de larga duración y notable profundidad, con unas interpretaciones muy logradas, que nos lleva a preguntarnos cómo es posible que una cadena tan importante como la NBC apueste tan fuerte por una serie de alto presupuesto donde sus personajes no sólo conspiran y dudan (casi todas las series contienen esto)… también se preocupan por la voluntad de Dios, discuten con él, buscan la salvación, con o sin él, niegan las limitaciones del ser humano; buscan un modo de distinguir entre el bien y el mal, se frustran y asustan, levantan y vacían templos, comprueban que en el siglo XX y aún en el XXI pueden existir milagros; van más allá de la subtrama social; los delitos y faltas se adhieren a la piel como una húmeda lapa, y a veces se lamentan junto al fuego y al vino aterciopelado, abrumados por la cantidad de sucesos ante los que son totalmente impotentes.

The Wire es diferente. En toda y cada una de las facetas de una serie policíaca, centrada en la investigación de un caso, The Wire representa la alternativa diferente, y a menudo la correcta. En el sentido de la continuidad y la disposición de los hechos, es probablemente una serie perfecta; conserva el aspecto de una película de trece horas donde la falta de solución para el caso es también una posibilidad, algo a lo que estamos poco acostumbrados a ver. En The Wire, los policías se quedan dormidos sobre el escritorio, son torpes como cualquier humano, mastican con la boca abierta, cuentan chistes malos, hay individuos nobles y malos (pero nunca se sabe del todo en qué bando están y qué los convierte en buenos y malos), se tratan las historias personales de un modo natural, las anécdotas se revalorizan, y se obvian los golpes de efecto y prácticamente todos los fundamentos de un aparente buen guión; hay silencios de todo tipo, y lo único que detiene la acción (o la falta de acción) es la llegada al minuto 60 que marca el fin del capítulo; se deja sitio a la melindrosa burocracia, se lucha contra la droga y se cometen montones de errores, porque no hay grandes personajes en ella, a la vez que todos son imprescindibles por el sólo hecho de ser individuos con derecho a una parcela propia, sembrada de jeringuillas, periódicos antiguos y bolsas de supermercado; el ritmo no tiene grandes cambios, podría decirse que incluso es plano, y ese aparente aburrimiento es maravilloso; como si la serie funcionase sin depender para nada de los mecanismos que se supone debe tener toda serie (audiencia y una línea argumental básica), parece que a la serie le importa un comino si hay alguien al otro lado, mirando, tratando de ′escuchar atentamente′, como dice el pack de DVD con las cinco temporadas. El espectador no es tan lúcido como piensa que es, asiste al drama con la sensación similar a la lucha por orientarse en el salón tras una cabezada. No se trata de nuestra evasión, sino de nuestra atención (como en muchas de las series que ofrece HBO).

′The Wire (‘La escucha’), confía en el hecho de ser cine y no prescindir de nada′, apunta el crítico de cine Bertrand Bonello, ′va entre Shakespeare y la tragedia griega, completamente rodada en escenarios naturales, con actores casi desconocidos y críos de la calle, que abre los ojos′. La estructura de los capítulos se quiebra, o se convierte en ejemplo de curso de guión clásico, pero sin una necesidad pavorosa de convencer, pues sólo se debe a su propia capacidad de desarrollo. Su creador, David Simon, antiguo periodista de crónica negra, contrata a grandes novelistas para inventar unos diálogos impresionantes (Dennis Lehane, por ejemplo), guiándose por el rótulo del periódico de Baltimore, el Sun: ′Dios se encuentra en los detalles′, y hemos de recomponer esos detalles que otros desparramaron, a través de un circuito cerrado de televisión, por medio de un olvidado busca, o de un teléfono pinchado. En esta ′última variación de la ‘gran novela americana’′, como la llama Carlos Reviriego, de Cahiers du Cinéma, asistimos con una mezcla de fascinación e intranquilidad a la lucha entre policías y narcotraficantes, al contrabando del puerto de la ciudad, a la corrupción política y los problemas del sistema educativo, al atasco de los medios de comunicación locales, a todas las facetas de la cotidianeidad de una ciudad, Baltimore, que puede ser cualquiera, con los mismos centros comerciales, colegios e Ikeas bajo la misma luna. Dirimir la fusión entre documental y ficción de la serie no tiene sentido, pues aquí la realidad lo es más que nunca, sea porque se recurre a la ′técnica′ del neorrealismo italiano de emplear a actores amateurs de las calles, o porque las sutilezas de los diálogos aceptan el hecho de que pueden no decir nada, no llevar significado o mensaje alguno en sus palabras. Todo importa, se nos dice en el episodio 6º de la primera temporada.

El Baltimore del siglo XXI de The Wire es como la Jerusalén a la que llegó Jesús. Las imágenes que aparecen durante créditos iniciales, con la canción Way down in the hole (cantada por Tom Waits, Neville Brothers, Steve Earle y Blind Boys of Alabama en sus cuatro primeras temporadas) nos muestran la necesidad de una libertad, frente a la dura vida de sus calles. Una libertad repleta de intrusos, chivatos y perdedores, que aun viendo la luz vuelven a las andadas, pero también de buenos informadores que conocen los recovecos de un salvaje Oeste, en una ciudad grande y pobre sin los eficaces métodos forenses de CSI, que espera sentada en un desvencijado sofá naranja a que aparezca el Mesías. Los casos por resolver se amontonan, y avanzan hacia la solución con llamadas inoportunas, tirando de un débil hilo, golpes de casualidad, interrogatorios fallidos, desvelos y pistas erróneas, ingenio con las fotocopiadoras y objetos manuales (o poco virtuales), coincidencias sorprendentes y mucho café en vasos de plástico. Una existencia a la que se puede hacer frente al escuchar con atención, desechando los hábitos y complejos de la devastación. El traficante pasa por esta decisión, siempre acorralado por la policía, acorralado por las circunstancias y por su trayectoria en este lugar donde cada uno hace lo que puede, soportando las reglas del juego, donde el leitmotiv es: ′Olvídalo, déjalo correr′. A la vez, lejos de cualquier cinismo, de grandilocuentes sermones, el universo se compacta y reduce a los detalles.

Kings y The Wire: Épica y realismo. Diálogo y silencio. No es casualidad que Dios no esté en la tormenta, y sí en el murmullo tranquilo. Si el mundo fue creado por Dios, entonces no puede estar tan vacío como nos apetece, por mucha superficialidad que veamos a nuestro alrededor. En el complicado universo de los detalles, donde sólo se puede observar con la profundidad y extensión debidas.
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Comentario de JOTA ELE

"No todo el mundo sabe de verdad disfrutar The Wire, es fácil disfrutar de ella (evadirte), es fcil poner la atención (como dice el pack de las 5 temporadas). Cuando juntas las dos cosas estas dentro del juego de the wire. ′Puedes sacarme de las calles pero no puedes sacar las calles de mi′"

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