The Walking Dead: El zombi es un ser completamente carnal

Barcelona, 15 de junio de 2011. A diferencia del vampiro, el zombi es un ser completamente carnal. Es carne muerta que se alimenta (sin saciarse jamás) de más carne. Casi siempre es lento y torpe, no se puede dialogar con él ni hacerle cambiar de idea. De nada sirve acercarse, pues uno puede ser mordido y convertirse en uno más. La única forma de deshacerse de la terrorífica figura es ir a la cabeza, o bien huir lo más rápido y lejos posible. El problema es que, a la larga, los zombis nos rodean y estos dos métodos se antojan insuficientes. Es el desenlace habitual de las historias construidas alrededor de este mito adaptado del culto vudú, donde el mago de turno hacía volver a la vida a los muertos para convertirlos en esclavos. Y a la vez es otro de esos terrores recurrentes para el mundo de la cultura.
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A lo largo de la historia popular, el zombi ha sido retratado de multitud de formas. Desde el Frankenstein de Mary Shelley (1818), hasta ciertos relatos de Lovecraft y las películas de George A. Romero, cuya visión ha suplantado la leyenda original redescubierta en Haití por la folclorista Zora N. Hurston, y la explicación más química del coup de poudre, la droga compuesta en su mayor parte por veneno de pez globo… o la más "científica", aparecida recientemente en un documental de National Geographic, según la cual una mutación del virus de la rabia podría hacer que un cuerpo inerte se moviera con una aparente normalidad. Últimamente proliferan cachondas revisiones de obras clásicas de la literatura como Orgullo y prejuicio de Jane Austen, o La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca, en las que se incluyen escenas propias del gore y juguetean con el concepto-tratamiento de los videojuegos tipo Alone in the Dark, o el exitoso Fallout 3, este último ambientado en una época futura donde ha desaparecido toda la música posterior a la década de los cincuenta del siglo pasado, y el mundo ha regresado a un aislacionismo similar al de los E.E.U.U. de ese período. Un intento de leer la mente de los no-muertos puede encontrarse en la película de Jacques Tourneur Yo anduve con un zombie (1943): ′Es muy fácil leer los pensamientos de un recién llegado. Todo le parece precioso porque no entiende nada. Esos peces saltadores no brincan de alegría, saltan de terror: los peces más grandes se los quieren comer. Y esos destellos luminosos en el agua, su brillo es el de millones de pequeños cadáveres. El brillo de la putrefacción.′ Y de los éxitos literarios en la España en 2008, destaca un manual de supervivencia contra ataques de zombis escrito por el hijo de Mel Brooks. Este libro se centraba en la epidemia de zombis como una de las señales inequívocas del fin del mundo.

En esta idea del fin de todo se explaya uno de los cómics americanos más interesantes de los últimos años. Hablamos de The Walking Dead, serie mensual publicada por Image Comics desde 2003 hasta la actualidad, con guion de Robert Kirkman y dibujo de Tony Moore. En 2010 fue transformada en mini-serie de televisión por Frank Darabont, director de verdaderas joyas como Cadena perpetua (The Shawshank Redemption, 1994) y La milla verde (The Green Mile, 1999), y a fines de 2011 se podrá ver una segunda temporada. No cabe duda de que los zombis venden, pero el acierto de esta historia no está en explicar el fenómeno, ni en retratar un mundo anárquico donde las telecomunicaciones han caído, ni en cebarse en recursos reutilizados del género del terror, sino en el planteamiento de que "en un mundo que se halla gobernado por los muertos, por fin nos vemos obligados a empezar a vivir", según palabras del propio Kirkman.

El argumento de la serie arranca con el policía Rick Grimes, que tras recibir un balazo en una misión despierta del coma a una Atlanta repleta de muertos andantes (aquí se les llama caminantes). En medio de este panorama, acaba tropezando con un pequeño grupo de supervivientes entre los que milagrosamente se hallan su mujer, su hijo y su mejor amigo y compañero de patrulla Shane. Desde este momento, los zombis son una amenaza que queda como ruido de fondo y motor dramático, concediéndose un lugar prioritario a los conflictos humanos dentro de una situación siempre al límite, conflictos que pueden ser tan viscerales y brutales como los ataques de esos cadáveres permanentemente insatisfechos. Todos los aspectos de los personajes, sus relaciones amorosas, sus miedos, secretos y reflexiones espirituales se ponen a flor de piel a lo largo de unas páginas que se devoran con rapidez, y son puestos a prueba con la amenaza reverberante de la descomposición.

Muy al contrario de lo bizarro que predomina en el material que toca este tema, el cómic de Kirkman, como apunta en la introducción, "es un trabajo basado en los personajes", y la intención es "explorar cómo la gente se enfrenta a situaciones extremas y cómo estos acontecimientos los cambian". El motivo de hablar de los zombis es que las historias de este género (las buenas historias queremos decir) nos muestran "lo fastidiados que estamos, nos hacen reflexionar sobre nuestra posición en la sociedad". En efecto, si un valor tiene una película como La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968) de George A. Romero, es esa lectura oculta de su final en la que se nos llama la atención sobre la limpieza étnica ocurrida en el sur de los Estados Unidos por el Ku Klux Klan… aunque el director siempre negó esta lectura, es obvio que la inclusión de imágenes de reportaje fotográfico con las hogueras y las sábanas blancas en plena época sensibilizada por la segregación racial no da lugar a dudas… claro que siempre le persiguió la coincidencia de su estreno con el acontecimiento (esto sí pura coincidencia) del asesinato de Martin Luther King en abril del mismo año. Es innegable que son muchos más interesantes los análisis sociales alrededor de una cinta de terror como ésta, que comparte encuadres, imágenes explícitas y un poderoso blanco y negro con las viñetas que hoy nos ocupan. Mucho más que la carnicería jocosa y los chistes petardos de otras obras como Braindead (1992) de Peter Jackson. La obra de Kirkman / Moore presenta una evolución en los personajes que pueblan sus páginas, no son tan estúpidos como los zombis de los que huyen, y aunque en la serie de televisión hay una cierta tendencia a imitar el melodrama de series tipo Lost, la idea de encontrarnos ante un mundo en el que no hay más remedio que empezar de cero resulta cuanto menos sugestiva. Y en ese nuevo comienzo habrá que plantearse desde cómo obtener las necesidades primarias o cómo huir de los zombis atraídos por el sonido de los disparos sin hacer más ruido, hasta el valor de un ser humano odioso y la duda de si ese ser humano odioso merece ser rescatado.

Sea cual sea la comparación con la realidad que veamos en las viñetas de The Walking Dead (incluyendo la idea de que estamos rodeados de zombis espirituales hambrientos de carne fácil), la base de esta historia de caminantes, vivos y muertos, por una misma carretera, es el llamado a tomar una posición frente al caos. O eres de los muertos o no. Puedes huir y esconderte, como el personaje del predicador Gabriel Stokes, escondido solo en una iglesia devorado por los remordimientos y la culpabilidad… pero los muertos acaban apareciendo. El planteamiento del cómic es que no se puede huir de la realidad; que ese mundo que nos parecía tan cómodo cuando todo iba tan bien ha sido "reemplazado por un mundo de supervivencia y responsabilidad".

La situación de los supervivientes que vemos en el cómic se asemeja a la situación límite descrita al final del Génesis de los hermanos de José (esta influencia ha sido reconocida por Frank Darabont, acompañándole en el proceso de adaptación del cómic a la pequeña pantalla). La misma época de caos y hambruna, situación en la que se nos exige capacidad de reacción para no sucumbir al ataque de un lobo arrebatador, repartidor de despojos (Génesis 49: 27)
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