The Legend of Zelda: Entre los dioses y el destino

Sevilla, 18 de junio de 2016. Pocos videojuegos pueden hacer que decenas de personas corran por los pasillos de la feria más importante de la industria, la E3, celebrada estos días en Los Ángeles, para probarlo solamente durante unos minutos. Pocos que hagan que los fans intenten hackear las videoconsolas de prueba para llevarse la demo a sus casas en tarjetas de almacenamiento externo. Pocos, muy pocos, levantan tantas pasiones como The Legend of Zelda, una serie de videojuegos creada por Shigeru Miyamoto en 1986 y de la que hace tan sólo unos días se ha presentado una nueva entrega, titulada Breathe of the Wild, que en su 30 aniversario promete volver a las raíces de la primera de las entregas. La locura desatada en los fans, que tendrán que esperar hasta 2017 para tener en sus manos esta nueva entrega, nos hace preguntarnos, ¿qué es lo que tiene de especial The Legend of Zelda?
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1986 fue una gran época creativa para Nintendo, pues en ese mismo año publicaba en la videoconsola NES tres nuevas franquicias: Metroid, Kid Icarus y The Legend of Zelda. Las tres rompieron, cada una a su modo, los moldes en el mundo del videojuego, pero The Legend of Zelda, creada por Shigeru Miyamoto sería la más especial de ellas. En una época en la que los jugadores estaban acostumbrados a narrativas simples como las de Pac-Man o Super Mario Bros,, The Legend of Zelda ofrecía un amplio mundo sin restricciones por descubrir en el que Link, el protagonista, que hace de avatar del jugador, tiene que descubrir los secretos del mundo que le rodea y salvar a la princesa Zelda. Detrás de la idea de Miyamoto no había otra cosa que reproducir experiencias de su infancia en Kyoto: de pequeño solía andar por un bosque cercano a su casa y un día, al encontrar un lago de casualidad e intentar encontrar el camino de vuelta sin mapa alguno, se sintió como un verdadero aventurero. Su idea con este videojuego era trasladar al jugador estas mismas sensaciones.

Miyamoto ha sido siempre el alma de Nintendo, una compañía fundada en 1889 que se dedicaba a vender barajas de cartas Hanafuda, un juego que era la sensación en el Japón de finales del siglo XIX. Presidida por la familia Yamauchi desde su creación, a la postre salvaría el mundo del videojuego tras la crisis de 1983, habitualmente referida como el "Video Game Crash" provocado por Atari y la enorme cantidad de juegos de baja calidad existentes para su videoconsola más conocida, la Atari 2600. Un fontanero italiano llamado Mario, también creado por Miyamoto, fue el responsable de sacar a flote una industria que hoy por sí sola genera el doble de beneficio económico que toda la industria del cine.

Desde entonces Nintendo ha creado un catálogo que cuenta con las series más conocidas del videojuego, desde Kirby a Pokémon, pero ninguno como la fama que posee Super Mario. Y The Legend of Zelda es la otra cara de la moneda de Super Mario. Los juegos del fontanero presentan una narrativa simple, en la que casi nada se sabe del contexto de Mario y la princesa Peach, sino solamente que Mario debe rescatarle de las garras de Bowser. The Legend of Zelda, sin embargo, presenta una intrincada historia en la que los viajes en el tiempo, la mitología y las crónicas de un pueblo están presentes junto con un héroe que se reencarna en la historia en diferentes personificaciones de Link, el protagonista de cada una de las entregas. De hecho, la narrativa de The Legend of Zelda es tan compleja que existen tres líneas temporales diferentes, según si Link es vencido (línea temporal que se separaría de la original cuando uno pierde durante el juego) o si Link tiene éxito a la hora de defender Hyrule de las malignas garras de Ganondorf, representante del mal en The Legend of Zelda.

Recuerdos de infancia

En 1998, cuando yo tenía doce años, me regalaron por navidad lo que en aquellos años más ansiaba: una Nintendo 64 con The Legend of Zelda: Ocarina of Time, el que a la larga sería el capítulo más famoso de esta serie y que fue el primero en abrazar las tres dimensiones tras varias entregas en 2D.

Hoy, cuando todo está disponible a un click de distancia, es difícil transmitir la emoción que uno podía sentir leyendo durante meses en las revistas especializadas rumores sobre el juego y su funcionamiento: es curioso cómo una sola imagen del juego durante su desarrollo podía despertar la fantasía de un niño sobre cómo sería manejar a Link por las vastas tierras de Hyrule. Lo cierto es que en aquellos años podía pasarme horas y horas contemplando solamente las imágenes de los juegos en las revistas, al igual que me pasaba con las portadas de los discos, y dejar volar mi imaginación.

La espera del Ocarina of Time mereció la pena… jamás había jugado a un juego como aquel, en el que realmente uno se sentía el verdadero héroe de la aventura, yendo a caballo por la pradera de Hyrule, hablando con sus habitantes, ¡e incluso creciendo de niño a adulto! Pero, sobre todo, involucrado en todo lo bueno y lo malo que le pasaría al pueblo de Hyrule y a su princesa Zelda.

Y aunque Ocarina of Time trataba sobre héroes y princesas, la historia no se limitaba a un mero cuento del primero salvando a la segunda. Las narrativas simples no tienen cabida en The Legend of Zelda. Toda una minuciosa mitología estaba presente, en la que se explicaba el origen de la tierra de Hyrule, una tierra creada en la antigüedad por tres diosas: Din, la diosa del Poder; Farore, la diosa del Valor; y Nayru, la diosa de la Sabiduría. Ya de pequeño llamaba mucho mi atención lo que aparecía en la pantalla de mi televisión cuadrada al jugar al Ocarina of Time: diosas que crean la Tierra y un elegido para salvar el mundo; y me preguntaba, ¿qué diosas eran esas que necesitaban a un mortal para salvar al mundo? ¡Vaya birria de diosas!

Lo cierto es que mi inocencia jugaba un enorme papel en aquellos navideños días de juego. Habiendo nacido en una familia cristiana, tenía miedo de que alguno de mis familiares se percatase de esta mitología de The Legend of Zelda, de pasada mientras yo jugaba, y me acusasen de que eso estaba mal. Pensaba que lo peor que podía pasarme era que descubriesen que estaba jugando a una especie de herejía en la que el papel del Creador era sustituido por tres diosas que no eran para nada todopoderosas, sino que estaban atadas al destino y necesitaban alguien que les sacase las castañas del fuego. Sin embargo, nada ocurrió: mi hermana mayor también comenzó a jugar y nunca llegó a decirme nada, ¡qué alivio! Podía disfrutar del juego sin problemas...

Con el tiempo me he dado cuenta de que las historias presentes en cada una de las entregas de The Legend of Zelda dan mucho pie a la reflexión. En Ocarina of Time, por ejemplo, un poder maligno surge de lo más profundo para intentar alcanzar el poder absoluto y solamente un héroe puede salvar Hyrule y a la princesa Zelda. Link, un niño, el que parece más insignificante de su pueblo, resulta ser el elegido para vencer el mal. ¿No parece una historia que ya hemos escuchado antes?

Zelda y su mitología

Es una pena que los videojuegos hayan sido ignorados como narrativa artística, a pesar de que ofrecen enormes e innegables posibilidades de creación de experiencias estéticas. Es habitual que se tomen en general como simples juegos infantiles, pero en mi caso, a pesar de ser adulto y de tener responsabilidades y un hogar del que cuidar, mi afición por los videojuegos y en especial por los de The Legend of Zelda no ha mermado lo más mínimo. Al contrario, cada vez despiertan más mi curiosidad…

Estos meses atrás, en preparación para la nueva entrega de Zelda, he retomado Skyward Sword, el que hasta ahora es el primero en la línea temporal de todos los juegos de Zelda, publicado en 2010 para la famosísima videoconsola Wii. Esta entrega, en cuanto a sus gráficos, posee una clara influencia del anime japonés y en especial de las películas firmadas por el Studio Ghibli. Además, por desarrollar gran parte de la trama en el cielo, me recuerda constantemente a la belleza de El viento se Levanta de Hayao Miyazaki.

La historia de Skyward Sword, que es la base del resto de entregas de The Legend of Zelda, trata de un poder absoluto llamado Trifuerza creado por las tres diosas creadoras del mundo, las cuales ponen a la subdiosa Hylia como guardiana de esta Trifuerza. Pero un día aparece una grieta de la que surgen demonios y su rey, el Heraldo de la Muerte, que busca conseguir la Trifuerza y dominar el mundo. Hylia lucha contra el Heraldo y aunque queda gravemente herida, sella su maligno poder temporalmente. Previendo que dicho poder podía despertase, Hylia crea por un lado un trozo de tierra en el cielo llamado Altaria en donde coloca a los humanos y a la Trifuerza para resguardarlos del peligro, y por otro una espesa capa de nubes que en principio impiden la comunicación entre la Tierras Bajas y Altaria. Y, como era de esperar, llega un día en el que este poder maligno despierta. Para sobrevivir, la diosa se había despojado de su cuerpo divino para reencarnarse en un cuerpo mortal, el de la princesa Zelda en este caso, renunciando a su naturaleza divina. Para los habitantes de Altaria, sin embargo, todo esto son sólo viejas leyendas de las que nadie conoce muy bien su origen, y pocos creen que tengan algo de cierto.

Pero el verdadero hilo conductor de Skyward Sword es otro: una historia de amor entre Link y Zelda, amigos de la infancia, dos adolescentes que sólo piensan el uno en el otro… Ella, aunque solamente deseaba estar con Link, debe acatar su destino, puesto que se percata de que es la reencarnación de la diosa Hylia. Tras despertarse el Heraldo de la Muerte, Zelda huye para no caer derrotada ante él y Link debe obtener la Trifuerza para derrotar de una vez por todas al maligno. En la batalla final, sin embargo, antes de morir, este Heraldo de la Muerte maldice a Link y a Zelda diciendo que la lucha será eterna y que a lo largo de las generaciones siempre habrá una reencarnación del mal contra quien luchar. Esto explica por qué en el resto de entregas de The Legend of Zelda siempre hay una reencarnación de Link, Zelda y del mal personificado normalmente en el personaje de Ganondorf. Este maligno, al final del juego exclama ′Mira que depender el futuro de un humano…′ y dirigiéndose a la diosa dice, ′¿dónde ha quedado tu orgullo y tu grandeza, diosa Hylia?′.

Uno puede percatarse fácilmente de los parecidos que hay con el mensaje cristiano: un Dios que se reencarna y que se hace humano para cumplir su plan, la lucha entre el bien y el mal, las historias sobre el origen del mundo, etc. Sin embargo, lo que vemos en The Legend of Zelda no es la adaptación a videojuego del mensaje cristiano al modo de Tolkien con El Señor de los Anillos, por ejemplo, sino más bien un reflejo del politeísmo japonés. Siendo el Shinto la religión mayoritaria en Japón no es difícil comprender la importancia que tienen los lugares sagrados, la naturaleza y los dioses en estas creaciones japonesas: el papel de todo ello es esencial desde la primera de las entregas de The Legend of Zelda, al igual que, por no ir muy lejos, en las películas de Hayao Miyazaki.

Mientras jugaba a Skyward Sword, la actitud de los dioses en Zelda me recordaba continuamente a la de los dioses griegos en la Ilíada y la Odisea, donde a veces se presentan como dueños de sus actos pero otras veces están absolutamente atados al destino, el cual no pueden cambiar, y acaban convirtiéndose en meros actores del acontecer. Esto da a los dioses griegos una importante sensación de realismo, puesto que ellos tienen características humanas, y ¿acaso, como humanos, no somos nosotros también así? Parecemos tener los acontecimientos bajo control, pero siempre acabamos siendo víctimas de lo que acontece y de lo que se nos escapa por mucho que intentemos tener el control de las cosas.

Incluso Jesús no parece escapar de esa visión de un Dios sometido al destino. En una oración, antes de caer en manos de los judíos, exclama "Padre mío, si es posible, no me hagas beber este trago amargo. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú" (Mateo 26:39). Y antes de morir, "Elí, Elí, ¿lama sabactani?, que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46). Jesús, hombre y Dios al mismo tiempo, se encuentra sometido a la voluntad del Padre, y parece repetirse la historia de la divinidad que no puede evitar lo que ya está estipulado.

Pequeñas perlas

Hay más similitudes entre la mitología de The Legend of Zelda, la cosmología griega y la Biblia. En la Teogonía de Hesíodo, por ejemplo, primero existe el caos y luego Gea, y Hesíodo apunta que ′en el fondo de la tierra de anchos caminos existió el tenebroso Tártaro′, un dios que representa al inframundo y que se parece a la grieta de la que surge el Heraldo de la Muerte en Skyward Sword. También el mensaje, dice Hesíodo, se lo dirigieron las diosas a él, como es el caso también de Link, a través de Fi, un personaje secundario del juego. Del mismo modo el mensaje bíblico es inspirado por Dios a los diferentes escritores tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

Para muchos, estas coincidencias entre religiones es muestra de que algo falla en el cristianismo, pues al tener ideas que se repiten en las mitologías, debe por tanto de ser una simple leyenda y no ser cierto. Esta es, sin duda, una conclusión precipitada, puesto que podríamos aplicar el mismo patrón lógico también en el conjunto de toda la filosofía o de todo conocimiento científico en civilizaciones antiguas, es decir, si hay similitudes entre teorías en principio inconexas, entonces ninguna es cierta. Sin embargo, C.S. Lewis propone en una de sus obras más conocidas, Mero Cristianismo (1952), una explicación más sencilla: si todas tienen algo en común, algo habrá de cierto en estas mitologías. Para él, estas coincidencias son como una especie de señales en la historia de las religiones, perlas que Dios ha ido dejando en cada cultura como muestra de la verdad del evangelio.

De ser cierto, cobra sentido el por qué, hagamos lo que hagamos, parece que estemos continuamente reflejándolo. Nos encontramos, como seres humanos, atados al destino. Y hagamos lo que hagamos, ya sea desarrollar un videojuego en Japón o escribir un libro en Inglaterra, parecemos estar destinados a repetir de diferentes formas y estilos el mensaje del evangelio incluso sin darnos cuenta. ¿Y si todo ello fuese también pequeñas perlas que Dios va dejando para que conozcamos su evangelio?

ARTE The Legend of Zelda Escrito por Miguel Palomo el () . Hasta el día de hoy esta página ha tenido 881 visitas.


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