The Artist: La fugacidad de la fama en The Artist

Madrid, 29 de febrero de 2012. ¿Quién iba a pensar que la ganadora de los Oscar este año iba a ser una película en blanco y negro, francesa y muda? Aunque sea un homenaje al cine de Hollywood de los años veinte, The Artist es un film sorprendente y delicioso en todos los sentidos. En plena locura del 3D, Michel Hazanavicius nos lleva a la época cuando el cine americano se encontraba a las puertas del sonoro, para contarnos el relato de una caída. The Artist es la historia de alguien que vive en un mundo feliz, fastuosamente sumergido en el exceso, sin darse cuenta que su estrella se apaga de un día para otro.
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George Valentín es un reconocido actor que triunfa en papeles de galán y aventurero -como Douglas Fairbanks, a quien recuerda el físico de Jean Dujardin-, acompañado siempre de un perrito -inspirado en el célebre Asta, la mascota del matrimonio de detectives que protagoniza la serie basada en las novelas de Hammet que interpretaba William Powell, el otro referente de Dujardin, aunque sea ya en el cine sonoro-. Mientras él cae en el olvido, su joven protegida Peppy -encarnada por la esposa del director, Bérénice Bejo- acaba triunfando, al ser propulsada a este firmamento de estrellas fugaces.

La soledad y la locura devoran a Valentín, antes que el fuego que arrasa su pequeño apartamento, donde pasa las noches viendo sus antiguos éxitos -como Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses-. Atrás quedan sus pertenencias, vendidas en subasta, después de que su matrimonio se hunda en el hastío y la amargura -como vemos en las imágenes de sus desayunos en días sucesivos, al estilo de Ciudadano Kane-. Este melancólico melodrama va más allá del ejercicio retro de evocación nostálgica, para hablarnos de un presente que está por encima de todo anacronismo.

HAMBRIENTOS DE RECONOCIMIENTO

The Artist nos presenta un mundo donde la fama lo es todo. Como en nuestros actuales programas de televisión, el interés gira en torno a unos personajes que llamamos famosos, cuyas andanzas son seguidas con la curiosidad de esta joven aspirante a actriz. Valentín es como un George Clooney de su tiempo, enamorado de sí mismo. Hambriento de la atención de los medios de comunicación, es capaz de hacer y decir cualquier cosa, hasta bailar espontáneamente ante una multitud arrebatada.

Una admiradora como Peppy, consigue sus cinco minutos de fama -sobre los que hablaba Andy Warhol-, cuando espera a la puerta y choca con Valentín, al recoger su cartera del suelo. Su amable sonrisa hace que le bese en la mejilla, siendo recogida la escena por los fotógrafos de prensa. Cuando se vuelven a encontrar, al presentarse ella de extra en una película, surge de inmediato la atracción entre ellos. El problema es que él está casado.

Todo esto lo entendemos sin necesidad de una palabra. Una o dos frases aparecen en unos pocos letreros, pero es la música y la imagen la que domina una historia de extraordinaria fuerza emocional. Una película conmovedora, que no nos puede dejar indiferentes.

ENCANTADOS DE CONOCERNOS

Valentín es como todos los famosos, alguien orgulloso y encantado de conocerse a sí mismo. The Artist es en este sentido un estudio sobre el engreimiento. Nos muestra la presunción de un individuo que, cuando no es iluminado por los focos, vive en una mansión bajo un retrato de sí mismo, de dimensiones descomunales. Sus gestos de generosidad no buscan sino hacerle sentirse bien. Ya que en su magnanimidad no se preocupa por nadie, aparte de sí mismo y su perro terrier.

En su soberbia, Valentín se aferra al viejo mundo que se hunde, creyendo que su estrella nunca va a palidecer. No se da cuenta así de lo que está en juego. Su vanidad y arrogancia parecen representar también una industria como la norteamericana, que ha hecho del invento de los Lumière símbolo de una cultura, necesitada también de la redención que viene de la compasión. Porque ¿quién podrá salvarnos de nuestro terrible orgullo?

LA SEDUCCIÓN DEL ÉXITO

En la seducción del éxito, uno se encuentra como Madonna que ′aunque he llegado a ser alguien, todavía tengo que demostrar que soy alguien′. Quien se mantiene en la fama no es porque disfruta de ello, sino porque está dominado por el miedo: el temor al fracaso. Nuestros logros no pueden dar respuesta a las grandes preguntas de la vida: ¿quién soy?, ¿qué valgo? y ¿cómo me enfrento a la muerte?

Como ningún otro ídolo, el éxito y la fama nos llevan a creer que somos dioses. Nuestra seguridad y valor descansan en nuestra inteligencia, fuerza y actuación. Uno se da cuenta que ha hecho del éxito un ídolo, cuando tiene esa falsa seguridad que se viene abajo cuando llegan las dificultades. Al divinizar nuestros logros, esperamos que ellos nos libren de los problemas de la vida como sólo Dios puede hacerlo.

Como le ocurre a Valentín, la fama distorsiona la visión de uno mismo. Al basar tu valor en lo que puedes conseguir, tienes una percepción inflada de tus capacidades. Porque has logrado algo en cierto aspecto de la vida, crees que la dominas, pensando que eres experto en todo -como esos famosos que opinan de todo-. Esa ceguera a la realidad acompaña siempre la idolatría, como muestra el Salmo 135:15-18 o Ezequiel 36:22-36.

AMOR REDENTOR

El cuidado y la compasión de Peppy nos muestran un amor redentor, que nos habla de la única fuerza que nos puede librar de nuestro tremendo egoísmo. El éxito no puede darnos la satisfacción que promete. Estamos buscando nuestro valor en el lugar equivocado. Como Naamán, tenemos que descubrir que la fama, el dinero y el poder no pueden ′matar y dar la vida′ (2 Reyes 5:7). Nuestras vidas están en las manos de un Dios que no podemos controlar.

El hombre intenta por su religión y moralidad que Dios contraiga una deuda con nosotros, pero Él es el Dios de gracia, con el que todos tenemos una deuda. No podemos ganar su favor, merecerlo o conseguirlo. Hasta que no conocemos a Dios como un Dios de gracia, cuya salvación no se puede ganar, sino recibir, seguiremos siendo esclavos de nosotros mismos. Creemos que podemos lograr seguridad y sentido, cuando nuestro talento, capacidad y oportunidades vienen de Dios, y no de nosotros. Aquellas cosas de las que nos sentimos orgullosos, son finalmente dones de Dios.

Dependemos de su gracia, aunque no podamos verla. Tal misericordia tiene sin embargo un gran coste. Dios nos muestra su favor, sacrificándose a sí mismo en forma de Siervo sufriente (Isaías 53) por la persona de su Hijo. En la cruz Dios ha pagado nuestra deuda. Cuando entendemos lo que Jesús ha hecho, comprendemos que la salvación no consiste en que hagamos grandes cosas, sino en recibir lo que Él ha hecho. Para eso no hace falta poder, sino admitir nuestra debilidad y necesidad. ¡Cristo lo ha hecho todo!
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