Terrorismo en el Cine: Enemigo invisible

Madrid, 8 de abril de 2005. Hace tan solo unas semanas, ¿quién podía pensar que el terrorismo islámico pudiera llegar a ser un problema algún día en España? El 11 de septiembre ha traído el lado oscuro de la globalización no sólo a Norteamérica, sino también a Europa con los acontecimientos del pasado 11 de marzo en Madrid. Esta nueva perspectiva nos enfrenta a una geopolítica del mal, bastante desconocida hasta ahora en España. Ya que estábamos acostumbrados a ver el terrorismo en el contexto del problema vasco, pero el 11-M nos enfrenta a un enemigo en cierto sentido invisible. De él nos habla también el cine con su mirada ausente.
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Se dice que Hitchcock fue el primero en tratar en una película, dramáticamente el tema del terrorismo. La historia de Sabotaje (1936) se basa en una novela del escritor polaco Joseph Conrad (1857-1924), que escribió en inglés algunas aventuras marinas especialmente conocidas por los dilemas morales que planteaban sus personajes en medio del proceso de colonización que él mismo vivió como capitán de la flota mercante. Su libro El agente secreto (1907) es convertido por el mago del suspense en el relato de cómo un saboteador que pone una bomba en el centro de Londres no en realidad más que un dueño bonachón de una salita de cine, que vive con su joven esposa y su hermano pequeño al lado de una sencilla tienda de verduras. El choque emocional de tan improbable asesino es sólo comparable a la tensión que tiene el espectador al saber que el paquete que el niño transporta en el autobús es en realidad una bomba. El público no perdonó a Hitchcock la muerte de ese niño que todos queremos salvar... El cine ha tenido siempre dificultades para encontrar a alguien reconocible en ese enemigo invisible que está detrás de toda acción terrorista. Sus peripecias al planear un atentado en películas como Domingo negro (1976) de John Frankenheimer o Cuatro días de septiembre de Bruno Barreto , toman un giro sorprendente en la historia que sobre Patty Hearst (1989) hizo el director norteamericano que estudió teología en el Seminario Calvino de Grand Rapids, Paul Schrader. La hija de este magnate de la prensa, secuestrada por el estrambótico Ejército Simbiótico de Liberación en 1974, se convierte en terrorista tras ser sometida a todo tipo de abusos en esta increíble versión del síndrome de Estocolmo, por la que el raptado llega a simpatizar con sus secuestradores. La pesadilla interior de Patty hace que el problema de cómo cambiar el mundo se una a la búsqueda personal de redención de la protagonista. Su final ambivalente nos deja en la duda de si ella aún vive sometida a la voluntad de otro.

Muchos han trazado en el cine americano de los noventa elementos que parecen anticipar el terror del 11-S en películas como La jungla de cristal (1988), donde el terror llega a los rascacielos, o Estado de sitio, donde se plantea la amenaza islámica sobre una ciudad norteamericana. Lo mismo podríamos decir sobre el 11-M en ese siniestro subgénero ferroviario que vemos en Pelham, 1, 2, 3 o Pánico en el Tokio Express (1975). Las similitudes se quedan sin embargo en el anecdotario, ya que nada sabemos en estas historias de ese enemigo invisible. Uno de los más interesantes intentos de entender al terrorista ha sido la original aproximación del genial director italiano Nanni Moretti a este tema en La segunda vez. En ella el superviviente de un atentado se encuentra años después con la terrorista que le puso la bomba. Para nuestra decepción, en la conversación que entablan, la principal pregunta queda sin respuesta:¿por qué?

En nuestro país el cine sobre el terrorismo está indisolublemente unido al asunto vasco. Imanol Uribe es tal vez el director español que más ha intentado comprenderlo, desde su identidad como vasco viviendo en Madrid. Primero desde la simpatía que muestra con ellos en La fuga de Segovia y El proceso de Burgos, pero luego desde la trama negra de Días contados o asociaciones tan exóticas como su relación con la homosexualidad en La muerte de Mikel. Otras veces la cuestión queda en la sombra, como en la figura amenazada de Plenilunio, o en el mundo personal de Mario Camus en Sombras de una batalla y La playa de los galgos. Ese dilema interior lo encontramos sobre todo también en la mirada femenina de Yoyes de Helena Taberna o El viaje de Arián de Eduard Bosch. Pero las últimas polémicas sin embargo las han protagonizado dos documentales, la ambigua Pelota vasca de Julio Medem y la controvertida programación de TVE de Asesinato en febrero de Eterio Ortega.

Esta última, emitida sin advertencia la noche del 11-M, nos da sin embargo una nueva luz sobre ese enemigo invisible. La mirada de Ortega se dirige aquí a un lugar vacío, puesto que el personal principal está ausente, ya que ha sido víctima de un atentado. Se trata del político socialista Fernando Buesa, muerto junto a su escolta por la banda terrorista ETA, cuyo nombre no se menciona en toda la película. El documento se centra por eso en los que lloran su ausencia. La historia que ha escrito y producido Elías Querejeta intenta reconstruir los pedazos rotos de una vida de la que sólo queda el recuerdo. El resultado es un dramático relato sobre las víctimas sin otra fisura que el dolor y el rastro que deja el escenario desolador que produce ese enemigo invisible.

El mal es siempre un misterio incomprensible, pero al mismo tiempo tan profundamente humano que Pablo descubre en los enemigos de los que hablan los Salmos a cada ser humano, en el capítulo 3 de su carta a los Romanos. La pregunta no es: ¿cómo pueden pasar cosas malas a gente buena?, sino ¿cómo puede venir algo bueno de gente mala? Ya que aunque las víctimas siguen siendo víctimas, nadie está libre de toda inocencia. El peligro por lo tanto es pensar que esta injusticia revela una injusticia aún mayor, por parte de ese Dios que permite de esta forma el mal a gente buena, como siempre pensamos que somos todos nosotros. Comparados con otros, en este caso los terroristas, nos puede parecer que no somos realmente tan malos. Al fin y al cabo, la mayor parte no hemos matado a nadie. Pero la cuestión es: ¿con quién nos comparamos?, ¿con aquel que es puro y perfecto?, ¿o con aquellos que imaginamos que esos si que tienen que ser los realmente malos?

Sucesos como este te dejan siempre lleno de preguntas, pero en primer lugar deberíamos considerar la realidad de nuestra fragilidad ante una vida sobre la que no tenemos control. ¿Estamos en las manos de alguien, a quien de verdad le importamos?, ¿o somos simplemente víctimas del azar y la causalidad? La buena noticia que nos da Jesús es que el Todopoderoso es un Padre bueno. Su gracia alcanza a quienes incluso le ignoran y desprecian. Por lo que no hay mayor señal de su amor que el sacrificio de su Hijo amado, que fue abandonado en una cruz, para que ya nunca más nosotros tengamos que ser abandonados. En sus manos podemos estar seguros.
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