Stranger than paradise: Extraños en el paraíso

Madrid, 8 de julio de 2011. Esta interesante película germano-norteamericana llega a nuestro país con una promoción que la hace pasar casi desapercibida, si no fuera por los premios de los festivales europeos de Cannes y Locarno del año pasado. El (entonces) joven realizador neoyorquino Jim Jarmusch nos hace aquí su segunda proposición cinematográfica con un sugerente blanco y negro para la historia de tres extraños personajes perdidos en el paraíso de un mundo tan absurdo como ellos mismos.
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Así, Jarmusch llama a la primera parte del film ′El Nuevo Mundo′. Ahí, Willie, un chico de origen húngaro que lleva diez años en Nueva York, se encuentra con su pasado renegado en la persona de su prima, que llega a Estados Unidos al cumplir sus dieciséis años, y que tiene que estar durante unos días en su casa hasta poder reunirse con su tía en Cleveland. A pesar del poco entusiasmo con el que es recibida, Eva sobrevivirá horas lentas y angustiosas de enfrentamientos continuos, conviviendo como extraños bajo un mismo techo con la única compañía de una vieja cinta de blues que hace sonar una y otra vez. Los lamentos negros pondrán telón de fondo a los largos momentos de sueño y aburrimiento esperando un día más entre comidas rápidas preparadas para ver la televisión.

Un año más tarde, Willie y su mejor amigo tienen problemas al ser descubiertos haciendo trampas durante una partida de póker. Por capricho, y al no tener otra ocupación que las apuestas, deciden conseguir un coche prestado y marcharse a visitar a Eva. Ella pasa su vida entre la monotonía del trabajo en una triste hamburguesería, un novio aburrido y absorbente con el que pasa los fines de semana viendo películas de kárate, y una tía severa y cabezota, con la que pasa el interminable invierno del Medio Oeste jugando a las cartas.

Poco después de despedirse, acuerdan en plena autopista volver a recoger a Eva y marcharse al ′Paraíso′. Tienen que casi secuestrarla de su furiosa tía Lotte para llevarla a Miami. Nada más llegar a Florida, se hospedan en un motel de mala muerte al borde del mar, donde todo empieza a ir mal. Pierden casi todo el dinero apostando en unas carreras de galgos; Willie vuelve a maltratar a Eva, y la confusión crece en cada escena hasta el desastre final, en que cada uno desaparece por su lado una mañana en el aeropuerto del ′Paraíso′.

Esta historia, tan aparentemente intrascendente, marca una de las más profundas reflexiones de la personalidad de una juventud hastiada y aburrida, a mediados de una década en la que se encuentran a la vuelta y ′post′ de casi todo. Es curioso cómo las características evasiones del ser humano brillan aquí por su ausencia: sexo, violencia, drogas… Nada de esto parece interesarles. Viven ahí perdidos en el hondo y permanente vacío existencial de cada día.

La amargura de estos seres es impresionante. Jarmusch dice que su película habla de ′unos extraños que viven en el exilio, tanto de un país como de uno mismo, y de conexiones que no llegan a establecerse′. La alienación y soledad de sus personajes no pueden más que conmovernos al pensar en una vida sin sentido, a pesar de que nuestro mundo lo llame ′Paraíso′…

Este artículo fue publicado originalmente en la revista España cristiana (nº 13-14 / En./Feb) en 1985.
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