Sobre la novela de misterio (II): ¡Buh!

Barcelona, 22 de abril de 2009. Desde las narraciones ancestrales que nos contaban de niños cuando no queríamos dormir hasta las grandes historias clásicas de miedo, aquellas que empezaron en el siglo XIX con la novela gótica, todas juegan siempre en un terreno común: que el mayor misterio de todos es el mayor miedo que tenemos. La muerte, sea la nuestra propia o la de esos fantasmas que se pasan de visita de vez en cuando, nos da miedo. Y ese miedo, a la vez, nos fascina.
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Nos encanta que nos cuenten historias de miedo. Yo misma, a veces, les gasto una pequeña broma a las visitas (que a partir de contarla aquí no tendrá gracia nunca más). Cuando les enseño la casa siempre les señalo el cuarto junto al baño (que está cerrado normalmente) y digo:

- Éste es el cuarto del niño muerto.

Imagínense las caras de pavor.
- ¿Por qué? -preguntan mis visitas asustadas.
- Ah, no, por nada… -digo como quitándole importancia-, es que la primera noche que pasamos aquí se nos apareció el fantasma de un niño y dijo que él vivía en ese cuarto hace muchos años. Desde entonces intentamos no abrir mucho la puerta para no molestarle. No es agradable ver el fantasma de un niño sin piernas flotando en el salón.

Nos encanta gastar bromas macabras, y nos encanta que nos las gasten. Nos encantan las películas de miedo y los relatos de misterio y terror siempre han tenido un lugar de honor en los lectores, aunque la crítica, normalmente, se deshaga de ellos llamándolos ′subgénero literario′ o alguna otra palabrota parecida. Parece ser (sobre todo en la tradición crítica española, desde que Menéndez Pidal dijo aquello de que ′lo español en el arte es el realismo′) que nada puede ser considerado serio si no se observa desde el prisma del drama. Así, la literatura fantástica, la de terror, la policiaca, no es literatura de verdad, sólo es el entretenimiento con el que pasamos las tardes aburridas. Pero no es cierto. Y puedo demostrarlo.

Henry James escribió uno de los relatos de terror más impresionantes jamás escritos, que con la excusa del relato de fantasmas, nos adentra en una novela que cuestiona todos los límites de la verdad y la verosimilitud. En Vuelta de tuerca (1908) una institutriz, que vive en un rincón apartado de Inglaterra, debe proteger a los dos niños que cuida en esa enorme casa de campo de las apariciones de los fantasmas de unos antiguos y malvados criados que buscan a los niños para ′pervertirlos′. James quiere que nos veamos reflejados en la angustia de la institutriz, aunque el juego sea, durante toda la obra, que no tenemos ninguna certeza para creer que lo que cuenta pueda ser verdad.

El propio James, justificando sus relatos de fantasmas, dijo esto en un pequeño ensayo llamado Lo sobrenatural: ′Lo extraordinario es más extraordinario por cuanto le ocurre a ustedes o a mí, y es valioso (valioso para los demás) sólo en la medida en que consiga visiblemente que nos demos perfecta cuenta de él.′ El miedo sólo es válido cuando lo experimentamos nosotros mismos. Pero no deberíamos buscarlo. Por definición, el miedo es una emoción negativa, algo que nos pone en alerta y nos crea tensión.

Dicen los manipuladores de la televisión y de la sociedad actual que el tabú de hoy en día es el sexo. Pero no es verdad. Eso podía ser cierto hace 30 años, pero en cuanto se vio el primer pecho en la televisión, dejó de ser tabú. El auténtico tabú, del que no hablan (por eso es un tabú) es la muerte. Y que conste que por primera vez yo se lo escuché decir a Buenafuente, que mucho debe saber de lo que se debe o no se debe decir en la televisión. Por eso la sociedad tiene pánico a los ancianos, a los viejos, a los que desprecia y destierra, porque nosotros seremos algún día como ellos, y entonces, estaremos más cerca que nunca de la muerte irremediable de nuestro cuerpo. Y eso, que todo tenga que acabar, nos da miedo. Por eso, dicen, el único tesoro es la juventud, al que hay que aferrarse hasta que resulte enfermizo, con cremas caras y ropas estrafalarias, y comportamientos inmaduros. Por eso el pelo blanco es un insulto, y decir la edad, algo de mal gusto.

En las historias de fantasmas persiste constantemente la presencia de la muerte. Cuando a un personaje le acosa un fantasma, en realidad le acosa la mismísima muerte, y casi siempre, es una excusa para que el pobre protagonista acabe muerto o en el intento. Porque los fantasmas en la literatura son un símbolo, una excusa. Los fantasmas nos dan miedo, porque la muerte nos da miedo, y los fantasmas son la muerte.

Y nos acercamos al miedo de la muerte desde la literatura, porque es algo irreal, ficticio, que nos recrea el desafío del miedo, sin enfrentarnos al verdadero desafío en sí, que es nuestra propia finitud. Y entonces, la novela, o el relato, se acaba, cerramos sus páginas y volvemos a nuestra realidad, a nuestra paz cotidiana y serena, sin tener que plantearnos la duda porque ya se la han planteado otros por nosotros. Eso es lo bueno y lo malo del miedo: que en cuanto cerremos el libro, dejaremos de pensar ello. Y volveremos a una realidad donde todo tiene la falsa apariencia de ser infinito, incluidos nosotros mismos.

′Y murió Job viejo y lleno de días′ (Job 42:17)
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