Sydney Lumet: La implacable conciencia de Lumet

Madrid, 11 de abril de 2011. Este fin de semana ha muerto en Manhattan el director Sidney Lumet, que retrató el lado oscuro de la sociedad americana. Sus películas hacen un cuadro de la corrupción en Nueva York, que alcanza la policía, la justicia y el seno de la familia misma. Era el último representante de la llamada generación de la televisión, que tras formarse en el medio que aparece en los años cincuenta, se convierte en la conciencia crítica que produce los grandes thrillers de los setenta.
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Nacido en Filadelfia en 1924, sus padres eran actores judíos que hacían teatro en yiddish. Hizo papeles desde niño en la radio, el cine y los escenarios de Broadway, donde representó a Jesús en una obra de 1940 llamada Viaje a Jerusalén. Tras estudiar en la Universidad de Columbia, va a la segunda guerra mundial. Actúa y dirige teatro en Nueva York, hasta entrar en la televisión, donde trabaja con futuros grandes cineastas, como John Frankenheimer, Robert Mulligan o Arthur Penn. Juntos hacen un retrato corrosivo de la sociedad norteamericana de los años setenta, pero también una de las visiones más desesperanzadas de la condición humana.

HOMBRES SIN PIEDAD

Su primer largometraje es todavía hoy una de sus más famosas películas. Doce hombres sin piedad (1957) parece una obra de teatro, pero se hizo originalmente para la televisión, que obviamente en aquella época era otra cosa. ¡Nada que ver con el deplorable espectáculo de nuestros días! Para muchos españoles, está de hecho unida a la versión que popularizó Estudio 1 de TVE -recientemente publicada en DVD- con actores como José María Rodero, que hacía el papel de Henry Fonda en el cine.

Toda la historia se desarrolla dentro de una habitación. La sensación claustrofóbica que eso produce, hace que el espacio parezca cada vez más pequeño. Esa sensación de ahogo eleva la tensión a límites inimaginables. La maquinaria de administración de justicia es puesta así en tela de juicio, cuando los doce miembros de un jurado tienen que juzgar a un muchacho, supuestamente culpable de asesinato. Un solo jurado discrepa de la mayoría, no porque crea que sea inocente, sino por la duda razonable, que está en la base misma del sistema de justicia norteamericano. El juicio se convierte así en un proceso a la comodidad de una sociedad sin conciencia.

El prestamista (1964) es para algunos su obra más completa y devastadora. Interpretada por Rod Steiger, relata la historia del dueño de una casa de empeños en el barrio neoyorquino de Harlem. Es un superviviente del Holocausto, que ha perdido la confianza en el ser humano y se enfrenta a las profundas contradicciones que le provoca su oficio. Es un film sobre la injusticia, la soledad y el egoísmo, con un final que nos aboca a un abismo sobrecogedor.

CORRUPCIÓN TOTAL

El tema de la corrupción de la justicia va unido desde los años setenta, en la filmografía de Lumet, a su reiterado cuadro de la corrupción policial. La película Serpico (1973) es una de sus más famosas colaboraciones con Al Pacino. Basada en la historia real de un agente de policía de Nueva York, nos presenta a un hijo de emigrantes italianos que se hace detective de paisano. Su barba y su melena le hacen irreconocibles en un mundo del crimen, que conoce a pie de calle.

Serpico es uno de los más claros ejemplos del llamado cine de soledad de los años setenta. El personaje de Pacino es un hombre sensible que acaba solo, tras la ruptura de varias relaciones sentimentales y su progresivo aislamiento, por su negativa a participar del soborno policial. No tiene ya más compañía que la de un perro y unos ratones blancos, ante el desprecio de unos compañeros, que se sienten acusados por su resistencia a la corrupción. Lo duro es que, lejos de convertirse en un héroe, Serpico acaba en una auténtica desolación.

Tarde de perros (1975) es tal vez el robo de un banco más extraño que hayamos visto en la historia del cine. La figura del patético homosexual que representa Al Pacino, está tan lejos de lo políticamente correcto, que en su cuadro satírico de la sociedad americana no deja títere con cabeza. En él adelanta el creciente papel manipulador de la televisión, que denuncia en Network, un mundo implacable (1976).

El presentador de noticias de una cadena es despedido a causa de su baja audiencia. Para evitarlo, aprovecha su penúltima aparición para anunciar que se volará la tapa de los sesos en directo. La jefa de programación interpretada por Faye Dunaway, le propone al director de la televisión (Robert Duvall), darle a este hombre un programa donde descargar su locura, para alcanzar los mayores índices de audiencia… ¡Un claro anuncio de lo que habría de venir!

CATÁLOGO DE INJUSTICIAS

A principios de los ochenta Lumet conserva todavía gran parte de su vitalidad. Tras la tristemente olvidada El príncipe de la ciudad (1981), un extraordinario cuadro sobre la corrupción policial -que acaba de salir en DVD en una edición para coleccionistas-, hace otra obra maestra con Veredicto final (1982). La increíble actuación de Paul Newman produce una de las películas más estremecedoras sobre la falta de justicia humana.

La degradación del sistema abarca aquí también al individuo, que es un abogado alcoholizado que se aprovecha de las viudas en sus momentos de dolor. Su fracaso matrimonial le lleva a una soledad sólo interrumpida por un amor, que finalmente le traiciona. Las injusticias claman al Cielo en esta historia de las manipulaciones de la archidiócesis católica por ocultar un caso de negligencia médica en un hospital religioso. Una triste historia, que te deja realmente hundido. Cine para adultos, por lo tanto, donde no hay concesiones al espectáculo banal de la frívola industria actual.

La corrupción policial continúa llenando los mejores momentos de su cine en los años noventa con Distrito 34: Corrupción total (1990) y La noche cae sobre Manhattan (1996). El oscuro papel de Nick Nolte en la primera es sustituido por la sorpresa de la decepción de Andy García en la segunda, en un relato sombrío y pesimista, que sustituye la agresividad de la primera por una desilusión final, que nos deja sin esperanza en el género humano. ¡Qué derecho podemos invocar, cuando los propios agentes del orden trastornan el más elemental sentido de justicia!

HORRORES FAMILIARES

Ante un cuadro tan devastador, uno pensaría que la familia es el único reducto donde poder refugiarse. Antes que el diablo sepa que has muerto (2007) nos demuestra todo lo contrario. El tono de la última película de Lumet es tan sombrío y duro como el resto de su filmografía. Este violento thriller está protagonizado por el genial Philip Seymour Hoffman y cuenta con veteranos actores como Albert Finney. El guión está escrito por alguien que estudió teología y quiso ser franciscano, antes de convertirse en un conocido autor teatral de Broadway, Kelly Masterson.

La historia nos sorprende con un arranque nada habitual en su larga carrera cinematográfica. Es una escena de sexo, carente de todo erotismo, que resultará ofensiva a muchos, por la visión humillante que nos da de Marisa Tomei, frente al inquietante y despreciable papel que representa Philip Seymour Hoffman. Esta mujer se nos presenta como poseída por dos hermanos, que la ven como poco más que un trozo de carne para copular. En el caso del personaje de Hoffman por vanidad, y en el de Ethan Hawke por desesperación. Como siempre en el cine de Lumet, nada es lo que parece a simple vista…

Las máscaras de la hipocresía no tardan aquí en desplomarse con facilidad. Puestos bajo presión, cada personaje desvela lo peor de si mismo. El próspero hombre de negocios es en realidad un drogadicto, que dilapida los fondos de la empresa para la que trabaja. Tras el desamparo de su hermano se esconde la cobardía. Todos ocultan oscuros matices. Hasta las victimas reaccionan con una ira cruel y primitiva, que no conoce límites ni fronteras. En esta violencia ancestral, no se repara ni en aquellos que son de tu propia sangre. Esta no es película para estómagos delicados, pero su crudeza nos desvela una radiografía moral, cuya verdad es tan real como la vida misma.

NO HAY JUSTO, NI AUN UNO

El aparente pesimismo de la obra de Lumet nos revela más bien un realismo bien informado. La lucidez de sus historias desvela una corrupción tal, que no hay aspecto de la vida humana que se vea libre de ese proceso de degradación y miseria. Difícilmente podríamos encontrar un cuadro mejor en el cine de lo que representa el diagnostico moral de Romanos 3: No hay justo, ni aun uno (v. 10). Para el apóstol Pablo, todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno′ (v. 10). ¿Es esto una exageración?

Frente al idealismo franciscano que buscaba el guionista de Antes que el diablo sepa que has muerto, se encuentra la verdad que descubre el mismo autor, cuando acaba sus estudios de teología y cuelga los hábitos, para empezar a escribir teatro. Semejante religión no era más que una evasión de la realidad. ¡Qué contraste con el pensamiento de Pablo! No son sin embargo sus prejuicios los que se expresan en estas palabras, sino la revelación de Aquel que nos conoce a nosotros, mejor que nosotros a nosotros mismos.

¿CÓMO PODEMOS ENTONCES SER JUSTOS?

La Palabra de Dios tiene esa extraña capacidad para revelar todo aquello que ocultamos en la oscuridad de nuestra vida. Nos trae en ese sentido malas noticias. No hay justo, ni aún uno. Todos estamos bajo el juicio de Aquel que considera la realidad de nuestros actos, palabras y pensamientos, que sabe incluso lo que hemos dejado de hacer… Pero hay otra justicia que se revela desde el Cielo: La justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en Él (v. 22).

Todos hemos fallado. Nadie es inocente, como demuestran los personajes de Lumet. Sus imperfecciones son puestas de tal modo en evidencia, que parece que finalmente todos reciben lo que merecen. La verdadera justicia va más allá, sin embargo, de los infortunios que podamos sufrir en esta vida. Ya que el Juez todavía no la ha manifestado, más que por medio de una cruz. Lo extraño es que quien allí derrama su sangre es el Justo, sufriendo en el lugar de los injustos.

Es así como Dios ha hecho propiciación, para manifestar su justicia (v. 25). Y por medio de la fe en la sangre del Justo, nosotros, los injustos, podemos ser justificados gratuitamente por su gracia mediante la redención que es en Cristo Jesús (v. 24). ¡Esa es la sorpresa del Evangelio! Por la justicia de Otro, nosotros, siendo injustos, podemos ser declarados justos, como un regalo de su Gracia, que triunfa finalmente sobre el poder de la oscuridad y el mal que reina en nuestra vida.
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CINE Sydney Lumet Escrito por el () y actualizado por última vez el 2011-04-11. Hasta el día de hoy esta página ha tenido 4328 visitas. Puedes seguirle también en .


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