Yo, Claudio: La obra de Robert Graves

Madrid, 3 de mayo de 2005. Tras su paso por los festivales de verano, ha llegado a Madrid la obra de Robert Graves, Yo, Claudio, representada en el teatro por el actor Héctor Alterio. En este montaje dirigido por Carlos Plaza, el artista argentino se mete en la piel de un emperador romano, que al final de sus días está haciendo un balance de su vida. Las novelas de este escritor inglés, afincado en Mallorca, son adaptadas así al escenario por José Luis Alonso de Santos, para el que ′la odisea de Claudio es un terrible espejo de toda la historia de Occidente: terrible, circundada de muerte, enfermedad y monstruosidad′.
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Claudio se convierte en emperador de Roma, entre Calígula y Nerón, a la edad de 50 años por un extraño giro de la Historia. Suetonio nos lo describe en su Vida de los doce Césares como un hombre débil y huidizo. Su miedo a ser asesinado le lleva a no mostrar ningún interés por la cosa pública, siendo coronado contra su voluntad. Este cojo de nacimiento (Claudio viene de claudicante), aparentemente tonto, fascina al escritor inglés Robert Graves a finales de los años veinte. Su idea era hacer ′una novela histórica o biografía interpretativa′, sobre un personaje que ha sido un misterio, tanto para los historiadores, como para sus contemporáneos. Tras muchas lecturas, hace dos novelas en los años treinta, que luego serán llevadas a la televisión en una popular serie británica, interpretada por Derek Jacobi, que no deja de reponerse y distribuirse en vídeo o DVD. Pero ¿cuál es el secreto de Yo, Claudio?, ¿por qué, tantos años después, sigue fascinando su historia?

Por un lado, es evidente que Yo, Claudio es una cruenta aproximación al poder. Este relato duro y salvaje, muestra cómo no hace falta recurrir a la razón de Estado, para ver que no hay poder sin violencia. Esta es la gran lección que nos da el personaje de Livia, la abuela de Claudio. Por ella entendemos cómo puede acceder Calígula al poder con toda la serie de embustes y traiciones, que rodean a este crápula desvergonzado. Pero hay como un destino imponderable que hace que la corona recaiga finalmente en las sienes de Claudio. Para Graves, La Calabacización de Claudio, por la que Séneca satiriza a este emperador como un idiota tartamudo, esconde a una persona inteligente, que logra sobrevivir a todas las purgas y degüellos, ′mostrando públicamente sus defectos físicos, fingiendo gustos vulgares y una estudiada mente débil′. Todo ello con la esperanza republicana de devolver un día el poder al Senado, una vez que haya sido desprestigiado el cesarismo.

La sorpresa que nos desvela el final del relato, es que la inercia del crimen e interminables recelos, hacen que finalmente sea ′peor una tiranía con apariencia de gobierno del pueblo que la tiranía pura′. La decadencia y caída de Claudio nos dejan la conclusión de que ′la República ha muerto para todos′. El pesimismo de Graves hace que su amigo Shaw, más conocido como Lawrence de Arabia, describa su obra como una verdadera cámara de los horrores. Le pregunta entonces en una carta: ′Entre tanta naturaleza humana, algún buen ejemplar habría, ¿no crees?′. Pero nadie se salva en este catálogo de vicios humanos que constituye Yo, Claudio. Lawrence pone el ejemplo de una inocente joven de catorce años, que en la novela tiene que ser violada por su verdugo, antes que la ejecute, ′para evitar la mala suerte que recaería sobre la ciudad si el verdugo la ejecutara siendo todavía virgen′. ¿No es todo esto demasiado monstruoso?

En la apasionante biografía de Richard Graves, sobrino del escritor (publicada en Barcelona por Edhasa en 1992), leemos como el personaje de Livia está profundamente influenciado por la relación que tenía entonces con Laura Riding, una poeta americana, con la que se instala en Mallorca. El estaba casado con otra mujer, Nancy Nicholson, con la que tuvo cuatro hijos. Pero su obsesión por Laura le llevó a compartirla con otros dos hombres, hasta que ambos se tiran de un cuarto piso. Los dos sobreviven milagrosamente, iniciando en Deyá una extraña relación de amor y odio, con todo su increíble poder de atracción y destrucción.

Cuando en 1934 se publica Yo, Claudio, fue reconocida de inmediato como una obra excepcional. Las críticas fueron muy buenas, ya que apenas se apuntaron un par de errores en detalles de erudición. Su argumento es muy sólido, y el uso de la primera persona actúa como un eficaz contraste con los horrores que llenan la novela. Claudio nos habla directamente, como si fuera un contemporáneo, pero ¿por qué nos interesa tanto su testimonio? La historia de su tragedia es al fin y al cabo la de cada uno de nosotros. Vivimos llenos de grandes ideales, pero no tardamos en descubrir que este mundo está lleno de monstruos. Y lo terrible es que no hay que buscarlos fuera. El hombre es un lobo para el hombre.

La Biblia es un libro que ha perdurado también a lo largo del tiempo por su extraordinario realismo. No se hace ilusiones sobre la humanidad. Aunque al religioso y moralista le gusta pensar que en el fondo, todos tenemos un corazón de oro, la verdad es que no hace falta profundizar mucho para darse cuenta que el mal está dentro de mí. Es por eso que la buena noticia del Evangelio, es que por medio de Cristo podemos ser libres, incluso de nosotros mismos. Porque siendo como éramos, incapaces de salvarnos, Cristo murió por los malos (Romanos 5:6). ¡Qué mayor prueba hay del amor de Dios!, que el hecho de que cuando aún éramos pecadores, Cristo murió por nosotros (v. 7). ¡Ese es el escándalo del Evangelio! La buena noticia de que Cristo no ha venido a buscar gente buena, sino a dar una esperanza que no defrauda (v. 5), a personas tan miserables como yo.
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