Richard Ford: Pecados sin cuento

Madrid, 11 de enero de 2008. Richard Ford es tal vez el mejor escritor norteamericano de su generación. Nacido en Jackson, Mississippi, en 1944, es autor de grandes novelas como El periodista deportivo o El día de la Independencia , recientemente reeditadas por Anagrama en su colección de bolsillo. Su último libro acaba de ser ahora publicado por esta misma editorial. Se trata de una impresionante colección de relatos llamada Pecados sin cuento , que nos confirma a Ford como un verdadero maestro del cuento. Sus poderosas narraciones nos recuerdan el realismo sucio de Raymond Carver, ante un mundo de pérdida de valores, magistralmente descrito por una serie de parejas en crisis, que viven la infelicidad del desencanto, Sus historias nos muestran unos personajes para los que la infidelidad parece ser la única salida.
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Como al protagonista de las novelas que le valieron el Pulitzer en 1996, ese increíble antihéroe americano que es Frank Bascombe, los personajes de Pecados sin cuento sufren también una cierta anestesia emocional. Si aquel divorciado periodista deportivo parecía vivir su vida sin amistad, amor o dolor, la pasión parece aquí también desvanecerse como la llama de una vela, en una crisis sin tragedia. El desapego de aquel escritor de una sola novela, que había sido profesor universitario durante año, se intuye que puede venir de la muerte de su hijo mayor, cuando tenía sólo nueve años. Así también el personaje del primer cuento de este libro, Intimidad, parece recordar una época en que su matrimonio era todavía feliz, pero sin embargo lo sorprendente de su relato es que evoca cómo se deleitaba entonces observando a una vecina desnudarse, mientras su mujer dormía plácidamente. Es como si la infidelidad acompañara a sus personajes, incluso en los momentos más felices de su vida.

Este incomprensible deseo de evasión se presenta en estos relatos como un hecho inevitable. Por lo que es inútil preguntarse sobre las razones o el proceso que nos lleva a semejante huída. Es como si no hubiera motivo alguno para la infidelidad. Por eso el autor se centra en el momento mismo de la traición, como ante la revelación de una verdad profunda. Ya que sus personajes no entienden de dónde viene el vacío que les empuja continuamente a buscar nuevas ′compensaciones′. Son seres confusos, que presentan una apariencia de solidez, pero sufren una completa pérdida de valores. Estos relatos nos presentan así el instante del engaño, generalmente un adulterio, aunque también en relación al abandono de animales u otras personas con las que nos sentimos comprometidas sentimentalmente, pero a las que inexplicablemente fallamos.

Estas narraciones podrían ser muy bien por eso las historias de un moralista, sino fuera porque el autor deja siempre que el lector saque sus propias conclusiones. Ya que no se juzga nunca la conducta de sus personajes, sino que se asiste como un testigo objetivo, al impulso de un deseo que desencadena toda una serie de cataclismos en la vida propia y la de los demás, no por previsibles, menos terribles. Estos ególatras no reflexionan en ningún momento sobre el daño profundo que van a causar. Lo único que piensan es en eludir sus posibles responsabilidades.

En este mundo es como si las debilidades o desgracias no fueran sino meros accidentes de funcionamiento, ya que nadie parece percatarse de la magnitud de la tragedia que está viviendo. No hay ni siquiera conciencia de fracaso. A pesar de su evidente desastre, todos se repiten que es normal lo que les sucede. No tenemos por eso comprensión para su engaño, abuso o deserción. Al leer que la mujer atropella al marido ofendido, que el hijo es usado como objeto de diversión por el padre que le ha abandonado, o que el cachorro es llevado a morir en la perrera, al verse amenazada la comodidad de su matrimonio por aquel animal abandonado en su jardín, no sentimos más que desprecio por sus decisiones. Mientras ellos dicen ′lo siento, pero hicimos lo correcto, probablemente estará bien′‚Ķ

Esa increíble capacidad de autoengaño es la que nos hace justificarnos una y otra vez ante la clara realidad de nuestro egoísmo. Razones nunca nos faltan. Tenemos explicación para todo. Pero si viéramos la realidad de nuestra vida objetivamente, con la mirada que Ford asiste impasible a las miserias de sus personajes, sentiríamos el mismo rechazo que nos produce su conducta. Jesús se enfrenta así a la moral de personas que piensan que porque no roban, ni matan, no hacen por eso mal alguno, cuando basta una palabra para matar o una mirada para engañar ( Mt. 5:21-28). Todos somos culpables ante Aquel que todo lo ve y lo conoce. A Él no le podemos engañar.

El protagonista de la última historia de este libro, Abismo, casi una novela corta, recorre el desierto de Arizona para ver el Gran Cañón, al tener una aventura con una compañera de trabajo, que está casada como él, y es también agente inmobiliaria. Al lado de la carretera, junto a un casino, descubren una pequeña capilla con un cartel que dice: Jesú murió por tus pecados. Howard recuerda entonces que su familia un día había sido cristiana. Eran presbiterianos escoceses que emigraron a América. ′Ahora ya no eran cristianos en sentido estricto′, ya que ′el domingo era el día que todos dedicaban a sí mismos, pero eran personas estupendas′. Pero esto ′le hizo considerar que la vida, en el mejor de los casos poseía una entidad pequeña y apenas perceptible′. Por lo que ′podías echar a perder tu entidad antes de darte cuenta′. Entonces ′también se le ocurrió que, sin duda estaba en pleno proceso de echar a perder la suya′.

Aquella mañana Howard se levantó para desayunar en el motel, cuando estaba todavía su compañera en la cama, después de haber tenido esa noche una decepcionante relación sexual. Al ver aquella capilla en el desierto, se sintió ′árido, vacío, cegador, gélido, extraño, se hacía difícil respirar′. Era como si ′todo lo que le rodeaba era el verdadero infierno, y no el infierno subterráneo del que le había hablado su padre′. Aquello ′le provocó un escalofrío que le dejó rígido′. Es como si ′el simple hecho de estar allí era suficiente para ponerte los pelos de punta, y hacerte desear que Jesú estuviera de tu parte, antes de que fueras víctima de algo terrible, de una desesperación de la que no podrías escapar por ser tan pequeño e insignificante′.

La muerte de esa persona que se anuncia con el nombre incompleto de Jesús proclama que nuestras vidas no son tan insignificantes como para que nuestros actos se queden sin consecuencias. El error de nuestras decisiones supone un fracaso moral que no deja al Señor de la vida indiferente. Su indignación es tal que no dejó a su propio Hijo libre de las consecuencias del pecado. El Justo al tomar nuestro lugar, sufrió el castigo que nosotros merecíamos. Pero también anunció que aquel que no encuentra en Él su justicia, sufrirá también las consecuencias de sus propios actos. Algo terrible nos espera, si continuamos engañándonos a nosotros mismos. Pero ′si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad′ ( 1 Jn, 1:8-9). Aunque no seamos fieles, él es fiel y justo para perdonarnos, cuando venimos a él, confiados en que Jesús murió por nuestros pecados sin cuento.
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Comentario de Natalia Arnaud

"Muchos han escrito sobre ese vacío que todos tenemos y que sólo Dios puede llenar. Muchos han vagabundeado con palabras y otras artes para llenar ese hueco imposible de silenciar, de obviar. En algún momento, todos los que se han atrevido a mirarse a sí mismos alguna vez reconocen que basta un instante de silencio para descubrir que ese espacio amenazador e inllenable sigue ahí, mirándonos, impidiéndonos amar profunda y desinteresadamente, evidenciŠndonos nuestra miseria, nuestro egoismo, nuestra necesidad constante -crónica- de buscar azúcar para el alma todo el tiempo. Carver, con la mirada objetiva que tanto nos cuesta echar a nuestra propia vida, con la palabra justa que tanto nos cuesta pronunciar, con una sencillez que taladra el pensamiento, coloca un espejo delante de todo eso que somos. Buscamos, ansiosos, una y otra vez, donde nada hay, como buscar tozudamente en el bolso, una y otra vez, la cartera que perdimos."

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