There will be blood: Pozos de ambición

Madrid, 2 de marzo de 2009. Ya está en DVD la mejor película del año pasado, según las listas que suelen hacerse en enero con las opiniones de críticos y aficionados al cine. Aunque la verdad es que Pozos de ambición se estrenó ya en Estados Unidos a finales del 2007, consiguiendo el Oscar al mejor actor para su protagonista, Daniel Day-Lewis. Su titulo en inglés es Habrá sangre (There Will Be Blood). Por él recibió también el año pasado su director, Paul Thomas Anderson, el principal premio del festival de Berlín, el Oso de Oro. Es una historia desasosegante, que te lleva a un abismo de locura y oscuridad, que desvela la negrura de los pozos de ambición del alma humana.
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Es una película que, tanto para la crítica europea como norteamericana, es una obra maestra. Inspirada por la primera parte del libro de Upton Sinclair, Petróleo (1927), es un nuevo intento de hacer ′la gran novela americana′, por medio de un enfrentamiento entre un petrolero y predicador, que acaba en una auténtica pesadilla.

La ′gran novela americana′ es el proyecto al que aspiran muchos artistas estadounidenses, cuando intentan dar forma en una obra a la realidad del sueño americano. El personaje de Daniel Plainview lleva el nombre claramente simbólico de Visión Clara en la película, aunque tiene otro nombre en la novela, donde se le conoce simplemente como Papá, Dad. Parece el ′hombre duro y estoico, que lleva un asesino en su interior′, que describe D. H. Lawrence como el mítico ′americano medio′. Aparece enraizado en un paisaje agreste, intentando sacar plata y oro, en la oscuridad de un pozo en el desierto de California.

Su historia es la de un hombre que se construye a sí mismo (selfmade man), pero que se sustenta sobre píes de barro, enajenado en sus delirantes sueños de poder. Este nuevo anti-héroe no viene de ninguna parte, no tiene raíces familiares, amantes o confidentes. No conoce a su padre, su hijo no es en realidad su hijo, y su hermano es un falso hermano. Esa ausencia de pasado le obliga a proyectarse al futuro, pero la soledad del pionero le lleva finalmente a la soledad del magnate, en un auténtico descenso a los infiernos de la ambición humana. Su éxito resulta el pasaje más corto a la locura.

¿Insinúa Anderson que el dinero pudre el alma de las personas?, ¿o acaso es que el alma de los capitalistas está podrida desde el principio? ¿Fue el experimento americano una equivocación desde el comienzo?, ¿o los abusos del capitalismo se han producido porque nosotros nos hemos quedado cruzados de brazos?

VISIONES DE AMERICA

Quien crea que esta película nos va a dar las respuestas, es que no conoce el cine de Anderson. Su estilo nunca es aseverativo, sino inquisitivo. Más que afianzar nuestras opiniones, cuestiona nuestras certezas. Nos obliga a replantear nuestras posiciones. Es como si al observar sus personajes, no entendiéramos realmente sus motivaciones. Vemos su progresivo ensimismamiento, pero nos preguntamos cómo hemos llegado hasta allí, o si es que nos hemos perdido algo en el camino que conduce a esta tragedia.

Desde su debut en 1996 con Sidney, el director nos presenta un cuadro de la ambición humana, desde un relato claroscuro de tahúres, venganza y redención, en ese lugar tan paradigmático que es Las Vegas. Tras enfrentarse a unos productores que le cambiaron el titulo y remontaron el film, tras su presentación en Cannes, Anderson consigue el extraño privilegio en Hollywood de tener la última palabra sobre sus películas (final cut), desde su segundo largometraje.

Boogie Nights (1997) explora las ideas que desarrolló en su primer corto, siguiendo el auge y caída de un actor porno, desde la autorización de la pornografía por los republicanos en los años setenta, hasta su transformación en una importante industria de los Estados Unidos, con la irrupción del video en los ochenta. La película se convierte en todo un cuadro generacional de la inocencia corrompida del baby boom americano, que tras el sueño de los setenta se encuentra con la pesadilla de los ochenta. No es casualidad que muchos de los personajes sobre los que se inspira esta película, como John Holmes, murieran a causa del SIDA en esa década.

Magnolia (1999) es una de los grandes cuadros de búsqueda de redención en el cine actual norteamericano. Una de sus grandes frases dice: ′Podemos haber terminado con el pasado, pero el pasado no ha terminado con nosotros′. Es una obra que evoca todos los fantasmas del ser humano. Se enfrenta al problema de la culpa, la enfermedad y la muerte, en un complejo entramado de historias - al estilo de su admirado Robert Altman -, en que cada escena es una pieza esencial de un engranaje que refleja el armazón caótico del mundo. El problema es que ni en la oscuridad de Magnolia, ni en el lirismo technicolor de Punch-Drunk Love (2002), hay respuestas para las preguntas que siguen planteando estos Pozos de ambición (2007).

RELIGIÓN Y CAPITALISMO

La religión americana es el otro gran protagonista de esta historia. El joven Eli Sunday (la película ha cambiado el apellido del personaje del libro de Upton Sinclair por el de un conocido evangelista de principios de siglo llamado Billy Sunday) es un predicador que se convierte en el carismático fundador de una secta llamada la Iglesia de la Tercera Revelación. Las sinuosas manipulaciones de este falso profeta convierten el cristianismo en una creencia mágica, basada en el hambre de poder. Su pretensión es utilizar al petrolero Plainview para establecer y ampliar su influencia. La verdad es que ambos compiten por el control de una sociedad, en un tremendo enfrentamiento, por el que uno busca humillar al otro, para satisfacer su ambición egoísta.

Uno no acaba de entender por qué algunos evangélicos se sienten ofendidos por esta película, como si fuera una crítica del cristianismo. El mismo nombre que recibe la iglesia nos indica su claro carácter sectario. Otra cosa es que los discursos de Sunday, sus pretendidas curaciones y exorcismos, suenen demasiado familiar a aquellos que siguen a ciertos predicadores, a los que recuerda el extraño personaje interpretado por el actor Paul Duno (conocido por la película independiente Little Miss Sunshine). Pero la película de Anderson no es una condena de la fe cristiana

Es evidente que la unión de religión y capitalismo lleva a una clara corrupción. Plainview dice aceptar a Jesucristo, llegando a ser parte de la congregación de Sunday, pero para ello tiene que humillarse en una violenta confesión pública de pecado, que acompaña un extraño bautismo a golpe de cubos de agua. La verdadera razón de su conversión es sin embargo el interés que tiene por tender un oleoducto a través del terreno de uno de los miembros de la iglesia.

El lado oscuro de Plainview está claramente presente en Eli. En uno de sus enfrentamientos, este joven predicador se siente humillado. Al volver a casa, hace que su padre pague sus frustraciones, insultándole y atacándole físicamente. Ambos están llenos de una ira que acabará consumiéndoles, en su insaciable ambición. La ciudad de Little Boston resulta al final demasiado pequeña para los dos. Como su titulo en inglés anuncia (There Wil Be Blood), la historia termina con un tremendo baño de sangre.

EL PODER DE LA SANGRE

Su búsqueda de riqueza y poder les lleva a ignorar la realidad de su vida, perdiendo toda humanidad y sentido, que vaya más allá de su ambición. El fracaso de las relaciones entre padre e hijo, que vemos en ambos personajes, nos lleva a otro de los grandes temas del cine de Anderson: la orfandad que nos hace sentirnos perdidos en este mundo, lejos de un Padre que nos ame y comprenda. Porque los problemas familiares tienen finalmente su origen en la oscuridad del corazón humano.

Cuando Plainview es bautizado, Eli le dice que clame por ′la sangre′, mientras la congregación canta al poder que hay en la sangre de Jesús. El lenguaje evangélico va acompañado aquí sin embargo de unas vidas que no son transformadas por esa experiencia, sino que llevan a otro terrible baño de sangre. La Biblia nos enseña sin embargo que la única forma de escapar a la ambición y la violencia es siendo ′lavados por la sangre del Cordero′. Tenemos que confiar que en el sacrificio de Jesús, su sangre, está el pago del castigo que nosotros merecemos. Es así cómo encontramos nuestro verdadero Padre.

Ya que Dios acepta a todos los que creen y confían en Jesucristo. Es verdad que todos hemos pecado y por eso estamos lejos de Dios, dice el apóstol Pablo a los Romanos (3:22-25), pero Él nos ama mucho, y nos declara inocentes sin pedirnos nada a cambio. Por medio de Jesús nos ha librado del castigo que merecen nuestros pecados. Ya que Dios envió a Jesucristo para morir por nosotros. Por lo tanto, si confiamos en que Jesús murió por nosotros, Dios nos perdonará. ¡No hay poder como el de esa sangre! Todo lo demás trae desolación…
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