Philip Roth: Orden y sentido

Barcelona, 6 de octubre de 2009. Por mucho que insista una amiga mía en que los alimentos están hechos para ser comidos crudos, uno mira una patata cruda y no se le hace la boca agua. Sin embargo, uno mira una tortilla de patatas y la tripa le empieza a rugir. Lo del principio antropológico, eso de que el Universo existe porque nosotros lo miramos, parece una estúpida tautología, y sin embargo, cabe preguntarse: ¿existirían las patatas si no pudiéramos cocinarlas? ¿Están ideadas para que una civilización inteligente, millones de años después de su génesis, las hiciera pedacitos y las friera en aceite?
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A veces me da la sensación de que no hay una combinación mejor que la de patata-aceite, pero de igual manera, se puede pensar que no existe una combinación mejor que la de ser humano-planeta Tierra, que ambas combinaciones han surgido para su existencia conjunta, y sin embargo puede que todo esto sea, sencillamente, que nos hemos acostumbrado a verlo así y eso es lo que nos hace felices: su irrevocable causalidad. Lo del huevo y la gallina. En el planeta Tierra ha podido crecer la vida porque la vida que crecía ha ayudado a crear un planeta viable. Porque una cosa existe, existe tal otra, pero siempre nos quedará la duda, porque en algún momento tuvo que existir una gallina o un huevo primigenios. No hay que olvidar que la criatura Golum, de El Señor de los Anillos, detestaba el conejo cocido después de siglos de degustar carne cruda. Al final uno se termina preguntando si es que todo aparenta tener sentido delante de nuestros ojos porque nos hemos acostumbrado al orden en que suceden los hechos, aunque en realidad, el orden podría ser distinto y seguir teniendo sentido si nosotros siguiéramos viendo esos hechos uno detrás de otro.

Lo de la irrevocable causalidad es mucho más fácil de explicar si nos adentramos en el terreno de la Historia. En una vida diaria nadie se percata de esto, porque nuestro sentido del tiempo es lineal: una sucesión interminable de causas y efectos. Cuando echamos la vista atrás, esas pocas veces que nos paramos en la vereda de la autopista, vemos en perspectiva los sucesos que nos han arrastrado hasta donde estamos y caemos en pensar, alguna vez, todos nosotros, qué hubiera pasado si la Historia hubiera seguido otro camino.

Qué hubiera pasado si Hitler hubiera sido admitido en la Academia de Bellas Artes y no se hubiera dedicado a la política. Qué hubiera pasado si Franco hubiera muerto como un valiente soldado en África. Si Julio César hubiera sobrevivido a los idus de marzo, o si Beethoven hubiera muerto de niño. Si la central de Chernóbil no hubiera explotado, si la primera expedición a América la hubieran financiado los ingleses en vez de los Reyes Católicos. O los franceses. Todos estos hechos parecen inevitables, la Historia que se escribe con mayúsculas solamente admite una opción posible, y ésta es la línea recta que hemos seguido. Pero todos los que vivimos el presente sabemos que las opciones diarias son infinitas, las casualidades intermitentes y la decisiones se toman a veces por motivos caprichosos. Y sin embargo, cabe pensar que la Historia hubiera seguido el mismo camino que ahora aunque sus circunstancias hubieran sido diferentes, porque hay quienes entienden la Historia no como un cúmulo de casualidades al azar, sino como un río que, aunque desviado, siempre quiere volver a su cauce natural.

Philip Roth es uno de esos que creen que la Historia debe estar escrita de antemano en algún lado, aunque no descarta fantasear con la idea del universo paralelo. En La conjura contra América (2004) nos invita a imaginarnos una América, en los albores de la Segunda Guerra Mundial, gobernada por un presidente pro-nazi. Mi edición de El Círculo de Lectores tiene la sugerente portada de un sello de un centavo americano con la esvástica nazi encima. No es su obra más famosa, no desde luego antes de Pastoral americana (1997) o La mancha humana (2000), pero fue elegida como una de las obras más importantes escritas en Estados Unidos en los últimos 25 años.

Todo un ejercicio literario, Philip Roth cuenta la historia del alzamiento del pro-nazi Charles A. Lindbergh (el primer aviador que cruzó el Atlántico en solitario, famoso por la desaparición y muerte de su hijo siendo aún un bebé, detalle que después Agatha Christie utilizaría como guión para su Asesinato en el Orient Express), una historia paralela, falsa, enmarcada dentro de la verdadera historia real del Philip niño, que es el que, poniéndonos en perspectiva histórica, nos relata la historia. Un Philip Roth alternativo comienza la novela. El temor gobierna estas memorias, un temor perpetuo, nos dice el alter-ego del autor, uno con su misma edad, su mismo aspecto, pero diferente Historia.

Si algún día tengo que escribir mi biografía, creo que también lo haré así. La novela transcurre en la cotidianidad de una familia judía americana, demócrata y devota del presidente Roosevelt que ve cómo inevitablemente sus destinos comienzan a escribirse con los de los millones de judíos europeos bajo el dominio nazi. Roosevelt cae derrocado por la fuerza arrolladora de Lindbergh, antiguo héroe, orador preciso que reclama el cese de las hostilidades contra los alemanes, que no quiere entrar en guerra. Muchos americanos, descontentos con el belicismo de Roosevelt, también apoyan ese no a la guerra sin saber lo que se les estaba viniendo encima. El odio hacia los judíos se extiende como una mancha de tinta sobre un pañuelo de seda, y llega a los rincones profundos de Estados Unidos, donde empiezan a ocurrir altercados racistas auspiciados por el nuevo presidente, por la cerrazón humana y por la ira contagiosa.

La Historia paralela, sin embargo, no parece tan paralela. Roth hace un análisis precioso y preciso de la estupidez humana y de la inevitabilidad de nuestros actos, a pesar de que al final de la novela la Historia regresa al cauce conocido, como un río perdido. Su novela se llevó un premio de los historiadores americanos por el ejercicio de imaginación puesto al servicio de la divergencia, porque nadie como él podría haber escrito una Historia falsa que pareciera tan real y tan cimentada, precisamente porque juega a poner encima de la mesa toda esa suerte de pequeñas variables, de remotas posibilidades que juegan su papel en el día a día y que cuando son rechazadas son tomadas por imposibles, aunque no sea del todo cierto. Philip Roth, en su conjura, se carga de lleno ese principio temporal de causalidad irrevocable, y lo hace por medio de aquello que parece lo más inevitable de todo: el propio pasado de cada uno. Para hablar de los hechos que pudieron haber sucedido pero no lo hicieron, no se inventa un personaje irreal que le salve del aprieto, sino que echa mano de todos los recursos verídicos a su alcance, y eso, si cabe, hace aún más impresionante la historia.

La Historia, creo, como dice Philip Roth, no es inevitable, aunque ciertamente nos lo parezca. Ahí están decenas de Historiadores que a diario trabajan para descubrirnos otro factor, de los cientos de miles que existieron, que hicieron posible el mundo tal y como es hoy. Las causas y los efectos, muchas veces, no son más que ilusiones ópticas, trampantojos. La Historia, en realidad, no existe más que en nuestras cabezas y en nuestras sociedades humanas, porque somos los únicos seres de la creación que tenemos necesidad de Historia. Tenemos la necesidad de narrar y de que nos narren, de ordenar los sucesos, ponerlos en orden, hacer que concuerden y que tengan sentido. Buscamos, siempre, el sentido y el destino detrás de los sucesos cotidianos, a veces inconexos.

Los psicólogos saben que la mejor manera de superar un suceso es contarlo, porque así, lo reordenaremos en nuestras conciencias y le daremos orden y sentido. Toda nuestra vida parece enfocada a buscar ese orden y sentido, siempre mirando hacia delante sin perder la vista de dónde hemos dado nuestros últimos pasos.

Hay quienes, agoreros, piensan que la vida no tiene más orden ni sentido que el que le queremos dar nosotros falsamente. Pero yo creo, como Philip Roth, que se equivocan. Aunque nuestra necesidad de narración está ahí y es cierta, al final Roosevelt fue valiente y llevó a América a la Guerra, y esa fue nuestra salvación, en realidad, aunque el futuro le estuviera velado a los ojos de aquel que tomó la decisión seguramente de noche, y con muchas dudas. Al final las cosas sucedieron como debían suceder, como solamente pueden suceder para que tengan orden y sentido, aunque confesarlo sea, en sí mismo, otra de tantas paradojas que pueblan la Historia.
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