Philip Kerr: Hacerse el duro: Violetas de marzo

Barcelona, 14 de mayo de 2011. Me niego a pensar mal de una novela tan bien escrita, pero lo cierto es que lo único que siento ahora mismo es la necesidad del abrazo gélido y acogedor de una novela de John Connolly. Me he abrazado a Los amantes, que lleva en mi montón de pendientes de leer cerca de año y medio. He cumplido mi ritual antes de empezar un libro: he pasado sus páginas con mi pulgar, he buscado un separador que se adecúe a su peso, tamaño y color y lo he colocado entre la última página y la contraportada. Y he estado descansando un poco la mente antes de ponerme a escribir esto.
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Es cierto que llevo unas semanas un poco sensible, es verdad. Posiblemente, si hubiera leído esta novela hace un mes, primero, no la habría leído (porque es ahora cuando me ha dado por leer compulsivamente novela negra) y, segundo, no me habría afectado tanto su violencia.

Me acabo de dar cuenta de que ha cambiado mi perspectiva de la vida radicalmente, y no consigo coincidir con los gustos de los demás, sobre todo con los gustos de algunos escritores que pretenden congraciarse con los lectores no sé muy bien por qué: el sexo no debe ser atropellado ni desconocido, los asesinos a sueldo deben ser amables y la violencia requiere una justificación.

No soy de las que piensan que la violencia no es necesaria nunca. Hay muchas clases de violencia. Por ejemplo, no hubiera estado mal darle un par de collejas a Stalin de pequeño. O a Hitler. Quién sabe. No creo que se hubiera llegado a mucho en la conquista de Jericó con diálogo y diplomáticos. Y el mismo Dios se llama a sí mismo Señor de los Ejércitos. No es por nada.

Pero aunque la violencia, en su justa medida, tiene su lugar en el mundo, lo que no entiendo hoy, ahora mismo, conmocionada por Philip Kerr, es su absoluta falta de redención. Ni consigo quitarme de encima la extraña sensación de que Kerr se ha esforzado mucho por hacerse el duro. No tiene nada que ver con contar una historia difícil de contar. Uno puede ser duro, puede ser extremadamente honesto e incluso desagradable, pero eso no tiene por qué significar que los personajes se muevan por el mundo como si el alma no fuera más que un invento de los centros comerciales. Es cierto que ambientando una novela en la Alemania de 1936 llena de agentes de la SS y de la Gestapo se puede esperar encontrar crueldad, dureza y muerte. No critico el argumento, ni la narración. Son impecables y originales. Su narración no deja de tontear con uno de esos monólogos tan modernos de la stand-up comedy estadounidense, lo cual es algo que funciona asombrosamente bien para ser una historia ambientada en la Alemania próspera de antes de la guerra, donde los nazis corrían a contrarreloj en su ferviente empeño de erradicar todo lo impuro de sus fronteras: corrupción, mafias, prostitución, pobreza, judíos. Hay que tener muy buena mano para construir una historia así, y sin duda Philip Kerr la tiene. Pero aun así, le falta algo.

Lo que me pasa en realidad es que uno no puede volver a leer novela negra después de Charlie Parker. Lo siento, pero Bernie Gunther nunca me caerá tan bien como Parker. Es imposible. Aparentemente los dos son detectives privados problemáticos que siempre, tarde o temprano, reciben golpes de más. Pero la diferencia es que aunque los dos son dos grandísimas mentes investigadoras insaciables a la hora de buscar la verdad, Gunther se merece los golpes. Y los de Parker te duelen. Eso, y que John Connolly, a mi entender, es uno de los maestros vivos de la literatura, que dentro de no mucho tiempo recibirá los laureles que se merece.

Philip Kerr ha escrito una buena novela, pero aún le queda un poco para llegar hasta Connolly. Llamadme exagerada ahora mismo si queréis, si os habéis dejado embaucar por el resplandor de los premios nobeles y los literatos con cara de intelectuales que publican libros sesudos de muchas páginas. A veces la literatura se esconde en otros sitios más insospechados, la literatura de verdad que te hace imaginar, creer, disfrutar y que te transforma. Las más de las veces no están en el duro trabajo intelectual de un escritor que quiere convencer a sus lectores, sino en el imperfecto trabajo de imaginación de un escritor que quiere compartir con sus lectores.

Sí, Violetas de marzo es impresionante; si podéis, no dejéis de leerla. Pero pensad bien lo que vais a recibir. Pensad bien en que vais a enfrentaros al mundo sucio y desangelado del autor. La Alemania de Hitler, antes de la guerra, tuvo que ser el peor lugar de todos donde vivir. Te obligaban a convivir con el terror y la incertidumbre, la falta de libertad y la violencia cotidiana.

Pero la versión de Kerr no debe parecerse mucho a lo que tuvo que ser en realidad. La cotidianidad de la muerte que relata Kerr roza lo obsceno y lo inmoral, y es triste. Pero no triste en el sentido de la pena que provocan las vidas sesgadas, sino triste porque no parece que el punto de vista del narrador esté muy lejos del punto de vista de sus personajes más sádicos. Tanto unos como otros parecen coincidir en que la vida es un bien relativo que unos pocos tienen derecho a impartir, y que la muerte (la de los demás) es una insignificancia.

Los malos y los buenos se mezclan, no ya en sus circunstancias, en sus decisiones, en su poca libertad para actuar en una sociedad como esa; se mezclan porque no hay ninguna diferencia moral entre unos y otros, lo único que nos posiciona es el punto de vista del autor. Demasiado relativo para mi gusto.
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