Nick Norby: Cómo ser buenos

Madrid, 3 de mayo de 2005. Nick Hornby es ya todo un clásico de la literatura popular inglesa. No es extraño que la mayor parte de sus novelas hayan sido llevadas al cine (como la que acaba de protagonizar Hugh Grant, Érase una vez un padre), ya que conecta con toda una generación que vive la crisis de los cuarenta con la insatisfacción del que ve sus sueños hechos pedazos. Su última novela, Cómo ser buenos (que acaba de publicar Anagrama) es una tremenda sátira sobre uno de los valores menos discutidos de la sociedad contemporánea. En ella se destroza el sueño de ese ideal de santidad laica que alienta y explica, por ejemplo la actual proliferación de las ONG, para dejar al descubierto las miserias de la realidad humana.
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La protagonista de Cómo ser buenos, Katie es una mujer que ejerce la medicina en la Seguridad Social inglesa, y vive en un acomodado barrio londinense. Está casada con un energúmeno que aprovecha su columna en un periódico local para prodigar todo tipo de calumnias e improperios, mientras sus hijos viven absorbidos por las series de televisión y los videojuegos. Durante un congreso ella conoce a un hombre más joven, y tiene una aventura con él. La novela comienza con la conversación por la que solicita el divorcio a su marido por medio de una extraña llamada de móvil. La respuesta del marido no puede ser más inesperada...

Tras conocer a GoodNews (literalmente Buenas Noticias), un toxicómano rehabilitado que se atribuye poderes curativos, su esposo abandona el periodismo para dedicarse a promover actividades filantrópicas. Todo lo que antes ella odiaba de él, se cambia en una insólita transformación por todo lo contrario. Su egoísmo se vuelve solidaridad, llegando a alojar personas sin techo en su propia casa, empeñado en compartir sus propiedades. Y el cinismo de su discurso se convierte en un empalagoso lenguaje de libro de autoayuda, como el que está ahora escribiendo bajo el titulo de Cómo ser buenos. Su fanática lucha contra el consumismo le lleva de hecho a hacer regalar a sus hijos sus juguetes preferidos, algo que los niños asocian vagamente con ir a la iglesia. Pero un santo laico como GoodNews lo que hace es instalarse en su casa para iniciar una campaña en el barrio, que acabara haciendo a Katie odiar semejante exceso de buenos sentimientos. Pero las vibraciones de este sanador espiritual han convertido a su marido en ′una versión cristiana y progre del Ken de la Barbie′. Aunque su marido ′no cree en el cielo ni en nada, pero quiere ser una persona que, si el cielo existiese, mereciera entrar en él′.

La conclusión de Hornby nos recuerda a Viridiana: la caridad desemboca en el desastre. Tras semejante actitud de amor humanista no hay más que la patología de una experiencia terriblemente inhumana. La filantropía nace para el autor como respuesta a un omnipresente sentimiento de culpa. Pero su insistencia en practicar la caridad universal amenaza en realidad con trastornar definitivamente toda humanidad. Es como si cada vez que el hombre acometiera el proyecto de cambiar el mundo para crear el sueño ideal de una humanidad feliz, todo se convirtiera en una pesadilla tan ridícula como insoportable. Los grandes benefactores destrozan así la vida de todos, empezando por los que tienen más cerca, como la familia de Katie.

Esta trama hilarante e ingeniosa no resta sin embargo la menor verosimilitud a la situación. El humor y la mordacidad con que Hornby se enfrenta a esta historia no están reñidas con la sensibilidad de una extraordinaria penetración psicológica, que da a sus personajes una excepcional profundidad. En esta divertidísima novela nunca faltan los diálogos chispeantes, pero tampoco la compasión de lo que significa la verdadera humanidad. El autor ha logrado así establecer un delicado equilibrio entre la parodia, el relato psicológico y el testimonio social. En sus páginas hay en realidad un admirable cuadro de la inabarcable complejidad del alma humana.

La protagonista es medico, no ha llevado una mala vida. Aunque dice: ′Tampoco creo que mi historial criminal sea absolutamente desdeñable. Échenle una ojeada. Adulterio. Ocasional explotación de amigos. Falta de respeto hacia mis padres, que nada han hecho salvo intentar seguir manteniendo una relación estrecha conmigo. Bueno, he ahí dos de los diez mandamientos vulnerados, y dado que... ¿cuántos?, tres, cuatro de los diez tienen que ver con las horas laborables de los domingos y con imágenes y estatuas, me encuentro ante una crasa transgresión del treinta y tres por ciento de ellos, lo cual, para qué negarlo, me parece demasiado.′

Katie recurre entonces a la religión para encontrar perdón, pero se encuentra con un absurdo culto anglicano, donde una amable pastora canta fragmentos del musical El rey y yo, en una escena auténticamente destornillante. Ella, que lo que quiere es sentarse al fondo con su hija, para escuchar a una mujer ′sacerdote afable, liberal y dubitativa, que pronunciara un sermón sobre, pongamos, solicitantes de asilo y sobre emigrantes económicos, y luego se disculpara por abordar el tema de Dios′, encuentra el párroco que busca: ′Una bondadosa dama de mediana edad que parece claramente avergonzada de sus creencias′. Pero el resultado es sorprendente: ′todo parece bastante lejos de Dios′. El culto parece más ′un rastrillo benéfico′, en que ′todo te produce una sensación de tristeza, de agotamiento, de derrota′. Da igual lo actual de sus referencias a los éxitos de moda, lo divertido de sus expresiones, o la extravagancia del exhibicionismo de esta pastora. ′No es fácil que pueda convertirme en una buena cristiana escuchando números de musicales′, dice Katie. Su conclusión es verdaderamente solemne: ′Puede que en un tiempo ésta fuera la casa de Dios, pero es obvio que Él se ha mudado y ha cerrado el negocio, y se ha ido a alguna parte con más demanda de este tipo de cosas′.

Pasajes como éste me han conmovido profundamente. Me hacen sentir profunda tristeza por el deplorable estado en el que efectivamente se encuentra el anglicanismo contemporáneo, pero también me llenan de esperanza cuando veo el impacto que produce la lectura bíblica que hay después del sermón, en la protagonista. La Palabra es poderosa, y me hace anhelar con todas mis fuerzas que el Evangelio vuelva a resonar en tantos púlpitos inundados por el entretenimiento y el moralismo. ¡Qué ocurriría si Katie escuchará el escándalo de la Buena Noticia de que Dios justifica al injusto!. Porque la felicidad para ella, al final se basa en que ′no hay nada, absolutamente nada′, salvo las defectuosas relaciones de unos seres humanos con otros. Sin embargo dice: ′Cuando miro mis pecados, puedo entender el atractivo que ejerce el cristianismo sobre los conversos. Aunque sospecho que no es el cristianismo en sí lo que resulta tan tentador, sino la promesa de un nuevo nacimiento. Porque ¿quién no desearía volver a empezar desde cero?′. Pero esa es la Buena Noticia al fin y al cabo: ¡no cómo ser buenos, sino nuevos!.
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