Matrix: El fenómeno Matriz

Madrid, 8 de enero de 2004. Más allá de su valor cinematográfico, el fenómeno social que ha supuesto la película Matrix merece la pena analizarse espiritualmente. Ahora que se estrena la segunda parte de esta trilogía iniciada en 1999 por los hermanos Wachowski, Matrix Reloaded (2003), es un buen momento para considerar la filosofía de esta serie que ha llegado ser material de estudio en muchas universidades. Su evidente contenido teológico ha vuelto a traer las grandes cuestiones de nuestra existencia a una nueva generación que se sigue preguntando: ¿quién soy yo?, ¿por qué estoy aquí?, ¿cuál es mi propósito en la vida?, ¿es la realidad una mera ilusión?, o ¿somos acaso verdaderamente libres para elegir lo que podemos hacer?.
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La influencia de Matrix es hoy fácilmente detectable en el cine, la publicidad, la moda, el diseño, las artes plásticas, la música, los videoclips, los tebeos y la literatura de estos últimos años. Su efectividad comercial la ha convertido en todo un fenómeno de culto, comparable a 2001, una odisea del espacio, Star Wars, o Blade Runner. Cuatro años han tardado estos treintañeros norteamericanos, Andy y Larry Wachowski, en fabricar su secuela. Como el resultado superaba las cuatro horas, el productor Joel Silver ha decidido dividirla en dos entregas, la primera que se estrena ahora, y la segunda, Matrix Revolutions, que aparecerá en noviembre. Esta segunda parte lleva el titulo de Reloaded, o sea recargada, es decir vuelta a instalar en el disco duro, siguiendo el lenguaje informático que caracteriza esta analogía computerizada. Es como la última versión de un programa de ordenador que ya se hubiera quedado obsoleto.

La literatura de ciencia-ficción teológica o metafísica viene planteándose desde Philip K. Dick hasta Stanislav Lem, pasando por William Gibson y Jeff Noon, si nuestro concepto de realidad tiene más que ver con la imaginación que con una verdad comprobable más allá de nuestros sentidos. Las películas inspiradas en estas novelas se enfrentan así a los grandes presupuestos de la modernidad. Si el paradigma de la era moderna (1450-1950) era que la ciencia y la tecnología salvaría este mundo, la era postmoderna (1950-1990) ha desconstruido este sistema de pensamiento, abogando por un camino más allá de la razón. Matrix propone por eso una nueva espiritualidad que nos libre de la cultura opresiva de la generación del boom (nacida entre 1946 y1964), que controla ahora Hollywood, donde Disney se confunde con Microsoft.

En Matrix se mezcla la épica de la epopeya clásica con el universo del comic. Tras ese espectáculo de efectos especiales, heavy metal y artes marciales se esconde toda una mitología de múltiples lecturas. El punto de partida de la obra de los hermanos Wachowski es la tesis postmoderna del francés Braudillard en su ensayo sobre Simulacros y simulación, por la que ′ya no es posible partir de lo real para fabricar lo irreal′. Ahora ′el proceso será más bien a la inversa′. Por lo que ′será preciso poner en juego situaciones modelo de simulación, e ingeniárselas después para darles los colores de lo real, de los vivido′. Es por eso que ′será necesario reinventar lo real como ficción, precisamente porque lo real ha desaparecido de nuestra vida′. Este catálogo de la cultura popular que es Matrix, incluye por lo tanto la crónica de la muerte anunciada de una sociedad entregada a la virtualidad de todo sentimiento.

No sé cuanto ha absorbido Keanu Reeves, el protagonista de Matrix, de las lecturas de Braudillard que los Wachowski le recomendaron para interpretar su papel de Neo. Pero la trilogía ha logrado convertirse en toda una clase magistral de metafísica postmoderna. La realidad no es para sus autores más que un crimen perfecto, la trampa de un simulacro que el poder y la tecnología nos tiende para distraernos de nuestra esclavitud. En este universo los seres humanos vivimos en una realidad virtual generada por la inteligencia artificial de Matrix, que puede ser recargada, o sea reloaded, si el sistema que la controla corre peligro. En la ciudad oscura los hombres viven en un mundo de sueños, resultado de una mera creación informática. Cultivados como plantas, los seres humanos estamos en una realidad artificial, sin darnos cuenta que no somos más que esclavos del sistema de Matrix. Hasta que un programador descubre la Profecía por la que él puede ser Neo, El Único capaz de salvar el mundo de la ciberesclavitud.

Las analogías son evidentes. Tras el cumplimiento de algunas señales que confirman el carácter mesiánico de Neo, que se llama en realidad Thomas Anderson, pero tiene esa doble naturaleza que le hace Único. Este Nuevo Hombre encuentra en Morpheus (Yo soy el que soy) el Padre (interpretado por Laurence Fishburne), que desde la ciudad de Sión va a liberar este mundo por su Elegido, aunque veces parece simplemente su precursor, como un Juan el Bautista de Neo. Y si Neo es el Hijo, Trinity (la fascinante Carrie-Anne Moss) es el Espíritu de esa Trinidad, en un trío inseparable. Su nombre puede estar también inspirado por un personaje de los spaghetti-western de los setenta, pero la verdad es que actúa como una nueva María Magdalena en su amor a Neo. Aunque en ellos el misticismo se mezcla con la sexualidad en una celebración de la pasión por la humanidad liberada. Pero las similitudes no acaban aquí...

La nave del ejército de Sión lleva el nombre bíblico de Nabucodonosor, el más poderoso de los reyes de Babilonia. La Inteligencia Artificial a la que se enfrentan, lleva el nombre abreviado de AI en inglés, curiosamente escenario de la derrota y posterior victoria de Josué en el Antiguo Testamento. Y si al final de la primera parte, Neo ha muerto de un disparo, ahora resucita de nuevo en otra clara analogía de redención. Su resurrección parece sin embargo la de la Bella Durmiente, porque es por medio de un beso de la princesa Trinity. Un ejército de centinelas se dirige ahora con sus máquinas inteligentes a Sión, para conquistar este último bastión en el que aún viven seres de carne y hueso. Neo, el Mesías anunciado por El Oráculo, planea entrar en el disco duro, mientras Morpheus y Trinity buscan las claves para burlar el sistema defensivo del enemigo. La esperanza de Sión está en que El Único pueda cumplir así La Profecía.

El problema que plantea esta segunda parte es que la capacidad de elección no es más que una ilusión. Aunque haya exiliados como el Agente Smith (Hugo Weaver) que se rebelen contra el sistema, usando armas como su capacidad de poder clonarse, Neo se enfrenta ahora al hecho de que en realidad no puede ya elegir. La decisión ha sido ya tomada. La cuestión ahora es entender por qué lo ha hecho. ¿Y si no puede seguir?, ¿qué ocurre si ahora fracasa?. Entonces Sión caerá... Pero mientras tanto más humanos despiertan de la Matriz, para descubrir el mundo en esta teología de la liberación.

Jesús dice que la verdad nos hará libres (Juan 8.32). Pero ¿qué es la verdad?. Él dice ′Yo soy la verdad′ (Jn. 14:6). Pero lo dice, no porque todo lo demás sea ilusión, como pretende Buda, sino porque nuestra vida se basa en la mentira de pretender que no somos esclavos de nadie (Jn. 8:33). La realidad es que somos esclavos de nosotros mismos, de lo que hacemos (v. 34). Pero en Matrix la esclavitud viene de una ilusión, cuando nosotros no vivimos una ilusión. Nuestro mal es algo real, por lo que nuestras decisiones tienen en realidad profundo significado. Hay un Dios soberano, pero nosotros también somos responsables. Podemos seguir el camino de la mentira, o la verdad que está en Aquel que es ′el camino y la vida′ misma, Cristo Jesús (Jn. 14:6). ′Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos′ (Hechos 4:12). ¡Él es el Salvador anunciado por la Profecía!.


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