Mad Men: La verdad oculta de Mad Men

Madrid, 3 de junio de 2009. Cuando parece que ya se ha visto todo en televisión, hay series que a veces nos sorprenden. Mad Men es la última obra del creador de Los Soprano, Matthew Weiner. Este curioso cuadro de América a principios de los años sesenta, se centra en torno a una oficina de publicidad en Madison Avenue, describiendo la vida familiar de un grupo de personas en el ambiente relativamente acomodado de las zonas residenciales que hay en torno a Nueva York. Tras este aparente ejercicio de nostalgia surge sin embargo una realidad desoladora, oculta tras el humo de los continuos cigarrillos, el imponente vestuario y la imagen de anuncio de una familia feliz. Mad Men nos presenta la otra cara del sueño americano.
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Nada en esta serie, es lo que aparenta. La colorida estética de los años cincuenta nos lleva a escenarios mucho más desgarrados que aquellos maravillosos melodramas de Douglas Sirk. El vacío existencial de las novelas de Richard Yates o los relatos de John Cheever irrumpen en este mundo deliciosamente retro, desvelando las miserias de unos personajes que se esconden en este ambiente gris de ejecutivos, lleno de enredos amorosos y mezquinas ambiciones, con la cotidianeidad de la vida misma.

El misterio de la serie reside sin embargo en el extraño papel de antihéroe del protagonista Don Draper (un personaje atractivamente interpretado por el desconocido Jon Hamm), que tras una imagen de elegancia clásica a lo Cary Grant, muestra una personalidad realmente desagradable. Pocas veces se ha visto a un galán tan desorientado e inestable, que esconda un pasado tan vergonzoso como Draper. El extraño efecto de atracción y rechazo que produce este hombre emocionalmente castrado, es sin lugar a dudas el gran enigma de esta historia.

EL HUMO QUE CIEGA TUS OJOS

El titulo del poderoso episodio piloto de la serie - que hizo Weiner, justo antes de Los Soprano, aunque no la haya podido desarrollar hasta ahora -, nos revela el carácter profundamente engañoso de la publicidad. ′El anuncio se basa en una sola cosa: la felicidad′, dice Draper. ′Y ¿sabes lo qué es la felicidad? Es el olor de un coche nuevo, la libertad del miedo, un anuncio al lado de la carretera que te grita con seguridad, diciéndote que hagas lo que hagas, está bien, ¡tú estás bien!′.

Ante semejantes discursos, su amigo Roger no sabe si Don está inspirado o borracho. ′Lo saqué de la levedad del fino aire que viene de arriba′, dice indicando el cielo. A lo que su compañero le contesta: ′Estás mirando en la dirección equivocada′.

Como se pueden imaginar, tales diálogos nos muestran algo más que estos personajes estereotipados que solemos relacionar con los motivos básicos del mundo del trabajo. Este es un ambiente creativo, donde en los años cincuenta y sesenta se presenta a la emergente clase media norteamericana algo más que un producto de consumo para una sociedad cada vez más próspera. Lo que aquí se vende es el sueño americano.

Según el director creativo de la prestigiosa agencia Ogilvy & Mather, ′toda la noción del sueño americano consiste realmente en pasar de una sociedad industrial a una sociedad de ocio′, Según el sociólogo Bernard McGrave, ′el sueño americano se nos presenta para que compremos′, ya que ′es una aspiración comercial′. El problema es que ′a un nivel fundamental, la publicidad nos desconecta de la realidad′, dice McGrave. Ya que ′nos hace buscar un sueño′. Es por eso que ′lo experimentamos como una ilusión, no de una forma consciente′.

EL ARTE DE VENDER MENTIRAS

La serie de Weiner muestra claramente cómo ′el primer cliente es el anunciante′. Lo importante aquí es conseguir un contrato. El ejecutivo de publicidad es por lo tanto un gran encantador de serpientes. Hay un auténtico arte en estos hombres, que roza la locura. De ahí el título de la serie, una combinación de Hombres de Madison - en referencia a la avenida neoyorquina donde se establecen estas agencias -, y Hombres Locos - que es como se solía describir el ambiente liberal que reina en estas oficinas desde los años sesenta -.

Es entonces también cuando comienza el trabajo en equipo. Hay toda una revolución creativa en Estados Unidos en 1967, al unirse una serie de publicistas judíos con directores de arte italianos. Son ellos por ejemplo, los que crean la imagen de los Kennedy en la Casa Blanca. La política se vuelve un juego publicitario - como muestra la serie -, y vemos hasta la actualidad, en cada campaña electoral.

Se trabaja ahora al servicio de una nueva ′mística femenina′, que hace que la publicidad se oriente entonces a una nueva generación de amas de casa jóvenes, que se identifica con el glamour. ′Lo más genial de la publicidad′, dice el sociólogo McGrave, ′es que la mayoría de nosotros - que estamos tremendamente influenciados por la publicidad -, no somos conscientes de ello′. Pocos se paran a pensar y analizar qué vende un anuncio, mientras estamos expuestos a unos tres mil mensajes al día, según los expertos.

LA CULTURA DE BABEL

La crítica que ha exaltado y premiado esta serie, coincide en presentar el sexto episodio de la primera temporada, Babilonia, como un capítulo clave. Se introduce allí el tema judío que une al creador de Mad Men con una campaña promocional del estado de Israel y la fascinación de Draper por una mujer judía llamada Rachel, que administra el negocio familiar de unos grandes almacenes. El final del episodio es de una fuerza lírica realmente excepcional. La canción Babylon - que popularizó Don McLean en su famoso disco American Pie -, basada en el Salmo 137, es reinterpretada aquí por el compositor de la serie, David Carbora, como si fuera un músico folk de los que actuaba en los cafés del Village en la época de la generación beat.

Junto a las aguas de Babilonia,
Nos tendimos y lloramos,
Lloramos por ti, Sión.
Te recordamos, te recordamos, Sión.

De fondo a estas palabras hay una mezcla de imágenes de los diferentes personajes, en su impresionante vacío existencial. La hipnótica música de Babylon se pega como una lapa, en un tremendo cuadro de desolación, que te acompaña durante mucho tiempo. ′Naces sólo y mueres sólo′, dice Draper, ′y este mundo sólo tira un montón de reglas sobre ti, para que olvides esos hechos; pero yo nunca lo olvido, yo vivo como si no hay mañana, porque no lo hay′.

Esta es la filosofía del protagonista de Mad Men, hijo de una prostituta, criado durante la Depresión por una madrastra evangélica, que se presenta como una fanática que ha traumatizado a este hombre ′hecho a sí mismo′. Ascendido al poder como ejecutivo de esta compañía de publicidad, conocida como Sterling & Cooper, Draper esconde otra personalidad, tras un oscuro suceso en la guerra de Corea. No quiere hablar nunca de su infancia con su deprimida y preciosa esposa. Ya que ′como la política, la religión o el sexo, ¿para qué hablar de eso?′. Ante su silencio, ella se pregunta ′¿quién está ahí?′, mientras le observa dormir a su lado en la cama.

UNA VIDA VACÍA

El pretendido matrimonio ideal de Draper con esta antigua modelo, se presenta como la imagen misma de la felicidad familiar de los años cincuenta, en una escena de anuncio, en la que aparecen los dos, rodeados de sus hijos en el jardín de su casa. Tras esta apariencia respetable, no hay más que la tremenda soledad de unas vidas vacías, faltas de calor y cariño, que ocultan la torturada psicología de Don y Betty

Es como si se nos quisiera presentar el sueño de una pareja deslumbrante, impecablemente vestida e instalada en la mayor comodidad familiar, que pueda lograr el éxito profesional, para reventar a continuación ese ideal, con la fría realidad de una vida que en el fondo es una auténtica pesadilla.

Tal vez el personaje con menos alma de la televisión actual no sea Vic Mackey de The Shield, el doctor Gregory House o el asesino en serie Dexter Morgan, sino Don Draper, que anda, habla, bebe y fornica en un agujero negro de un vacío sin emoción. Ve a su esposa, hijos, compañeros y vecinos. Sabe lo que tiene que sentir por ellos. Y hay momentos que parece que está a punto de experimentarlo, pero no es más que por un instante. Se mueve al nivel de la nada, totalmente roto y sin reparación posible.

Mad Men explora el tremendo coste de una vida humana basada en las apariencias. Nos revela el vacío de una existencia en la que uno sólo intenta cumplir con su función social, la soledad que se intenta calmar con un sexo impersonal, hambrientos de una intimidad, que nos de una autenticidad liberadora. Son personajes tristes, pero cuya falta de felicidad, sólo les lleva a intentar guardar lo que tienen, como si la vida finalmente sólo consistiera en esas apariencias.

VENDER A JESÚS

El patético personaje de Roger vive envuelto en una aventura sexual con una ambiciosa secretaria, intentando evadirse del vacío de su existencia. ′Cuando Dios cierra una puerta, abre un vestido′ - dice a Don, al perder un contrato, mientras desliza la cremallera de una aspirante a modelo. Y a continuación se derrumba de un ataque coronario. En el hospital le dice a su amigo: ′Don, ¿crees en la energía?′. Extrañado, le pregunta: ′¿Quieres decir lo que te hace levantarte y salir?′. Roger dice ′no, como una energía humana; no sé, como un alma′. Draper le pregunta entonces a su moribundo amigo: ′¿Qué es lo que quieres oír, Jesús?′. Y Roger prorrumpe en un llanto desolador, exclamando: ′¡Dios, quisiera ir a algún sitio!′…

En uno de los primeros episodios, Draper está intentando conseguir un contrato de lápices de labios, cuando le dice al empresario: ′Yo no estoy aquí para hablarte de Jesús′. Y a continuación añade: ′Uno sabe sobre Jesús, si vive en tu corazón, o no′. La verdad de Jesús no se puede vender como la publicidad. En un sentido por eso la Biblia es un libro para creyentes, que permanece cerrado, si no lo ilumina el Espíritu Santo. Ya que ′el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente′ (1 Corintios 2:14).

Esa incapacidad no es sin embargo un problema intelectual, sino moral. Ya que nuestra ignorancia es culpable. Dios nos ha hecho para encontrar nuestra felicidad en Él, pero nosotros nos hemos apartado de él, para hacernos ′hombres hechos a sí mismos′, como Draper, perdidos en un profundo egocentrismo. No queremos otro Dios que el que satisfaga nuestras necesidades. Pero como decía esa canción de Luis Alfredo: ′Jesucristo no lava más blanco, no es más bonito, ni más barato′.

No podemos manipular a Dios, para convertirlo en un objeto a nuestro servicio. Ante Él sólo podemos admitir que somos rebeldes de corazón y mente, que no merecemos su favor y que nuestra única esperanza se encuentra en su gracia perdonadora y transformadora.

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