Los Soprano: La doble moral y la culpa

Barcelona, 13 de marzo de 2010. Muchos espectadores aguardan con inquietud que se confirmen los rumores sobre una posible producción cinematográfica de David Chase, el autor de la serie con más éxito comercial de la historia. Los Soprano, que es además considerada por la crítica como una de las mejores series de televisión de todos los tiempos, ha ganado 21 Emmy y 5 Globos de Oro.
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David Chase se acerca en Los Soprano a la normalidad de la vida de una familia del crimen organizado ayudando al espectador a identificarse con una dramática paradoja que todos vivimos en nuestras propias vidas. Todos estamos obligados a observar cómo en nuestra cotidianidad comparten el protagonismo las buenas y las malas intenciones.

Siendo honesto nadie debe ser capaz de terminar de ver la serie señalando la maldad de sus personajes sin sentirse al mismo tiempo señalado por la suya misma. No en vano su autor declara que la única diferencia que encuentra entre el protagonista y todas las demás personas que conoce es que Tony Soprano es el amo de New Jersey.

Tony Soprano no sufre ninguna transformación entre los momentos en los que le vemos luchando por una buena educación para su hijo y entre los momentos en los que le vemos quitándole la vida a un familiar con sus propias manos. En esta serie, donde confluyen con total naturalidad los asuntos entrañables de cualquier familia con una crueldad extrema, no se justifica ni sataniza a los personajes. No es ningún tipo de alienación o alguna forma de circunstancia adversa lo que lleva a los personajes a tener una doble moral sino la propia naturaleza de cada uno de ellos.

Tampoco es una cuestión generacional. Esa dicotomía mostrada con especial maestría en el padre se muestra en los últimos capítulos reproducida en su propio hijo Tony:

--Esta es su sangre- -le confiesa el padre a su psicóloga. -Esta miserable y maldita existencia. Mis malditos genes podridos han afectado el alma del chico. Ese es mi regalo para mi hijo-.

Después de un largo silencio entre él y su psicóloga durante el cual a Tony Soprano le comienzan a brillar los ojos, ella dice finalmente:

--Sé que esto es difícil… Pero me alegro de que tengamos esta conversación-.

--¿En serio?..., ¿en serio?. Porque para ser honesto creo que la terapia apesta (...) En serio, ambos somos adultos ¿no?. Entonces después de todo lo dicho y hecho, después de todas las quejas, y las lágrimas, y toda la maldita mierda,.. ¡¿es ésto todo lo que queda?!-

David Chase presenta a unos personajes desesperados que consiguen ocultar su angustia la mayor parte del tiempo pero que sufren a menudo sobrecogedores cataclismos emocionales. Los miembros de la familia Soprano viven una vida que tratan de ocultar a la sociedad y de la que no están seguros si deben sentirse culpables o no. A menudo se sienten culpables pero entienden que su deber es engañarse a si mismos y continuar sin prestar atención a su propia responsabilidad.

El personaje de Carmela Soprano, que es profundamente religiosa, ilustra perfectamente esta idea cuando acude a un psicólogo buscando ayuda y consuelo por la aflicción que le produce el desagradable trabajo de su marido. Carmela, sorprendida, descubre que el psicólogo no presta tanta atención al trabajo de su marido como a la colaboración que hace ella apoyándole y utilizando su dinero para permitirse hasta una pretendida terapia.

El personaje del psicólogo judío al que acude ella, que la despide inmediatamente sin aceptar su dinero, me hace recordar algunas historias de profetas en la Biblia. Me recuerda especialmente al momento en el que el profeta Natán se presenta delante del rey David y saca a la luz el vergonzoso crimen que había cometido contra uno de sus propios siervos. El rey David, que es a menudo un ejemplo de fe y valentía, es sorprendido aquí por la evidencia de una doble moral que según la Biblia es común a todas las personas.

La Biblia enseña que el mal y el sufrimiento no es propio de unas pocas personas señaladas sino de todas y cada una de las personas. Cuando más adelante en la historia bíblica Jesús aparece en los evangelios comentando con sus contemporáneos dos episodios sangrientos que eran de actualidad en su tiempo, Jesús les dice: "¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque sufrieron esto? Os digo que no; al contrario, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. ¿O pensáis que aquellos dieciocho, sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, eran más deudores que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo que no; al contrario, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente" (Lc 13:1-5).

Esa mala noticia que les daba Jesús a sus contemporáneos, sobre la imposibilidad de todas las personas de encontrar salvación en cualquiera de las formas de escapismo que ofrece la vida, incluida la psicología o la religión, es la mala noticia que nos traen también Los Soprano. Jesús, a diferencia de David Chase, llama a las personas al arrepentimiento porque Él sí está en disposición de dar perdón y salvación. Que un hombre esté en disposición de perdonar pecados no es más escandaloso hoy que en los tiempos de Jesús, sin embargo una de las personas que acompañaron a Jesús en vida escribía abiertamente esto años más tarde: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad." (1 Jn.1:8-9).

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