Los Comulgantes: Luz de invierno

Madrid, 3 de mayo de 2005. Se edita ahora por primera vez en DVD la película Luz de invierno, más conocida en España como Los comulgantes (1962), dentro de una nueva colección que ha comenzado el sello Manga para dar conocer la obra del hoy, un tanto olvidado, director sueco Ingmar Bergman. Este cineasta ha dicho más de una vez que esta es la historia que más le gusta de toda su larga carrera. Habla de un pastor en crisis llamado significativamente Tomás, y nos enfrenta al misterio del silencio de Dios. Es una obra sobrecogedora, que merece la pena revisar en estos momentos en que volvemos a enfrentarnos al dilema de la fe en un mundo que se siente aterrado ante el poder del mal, y se pregunta de nuevo dónde está Dios.
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El pastor Ericsson lee las Escrituras fría y monótonamente en el culto principal de una pequeña iglesia de pueblo, ante un escaso puñado de feligreses un gélido Domingo de noviembre, mientras suena la música de Bach al órgano. Al acabar la reunión una mujer le dice que tiene que hablar con su esposo, que siente vacilar su fe ante la amenaza nuclear que domina el mundo en plena guerra fría, a principios de los años sesenta. Este pescador llamado Jonás, presa del pánico, se pega luego un tiro ante la impotencia de un pastor, que no puede darle ninguna palabra de esperanza.

Este ministro luterano está viudo y tiene relación con una maestra llamada Marta, que quiere casarse con él e intenta inútilmente ayudarle. Ella no es creyente, pero desde su humanismo intenta entender las dudas de este hombre, que confiesa atormentado ante Jonás, justo antes de su muerte:

′Yo me hice pastor y creía en Dios. Un Dios poco probable, completamente personal, paternalista. Que amaba a la humanidad, por supuesto, pero que sobre todo me amaba a mí. (…) Un Dios que me garantizaba todas las seguridades imaginables. Contra el miedo a la muerte, contra el temor a la vida. Un Dios en quien me había sugestionado que debía creer. Un Dios que había pedido prestado en varias partes, que había fabricado con mis propias manos. ¿Entiendes Jonás?, ¡qué error más terrible había cometido! ¿Puedes darte cuenta que mal ministro puede salir de un miserable tan egoísta, tan encerrado en sí mismo, tan ansioso, como yo?′.

Su sinceridad es impresionante. Nos muestra a un pastor que llora ante Dios con las palabras del Hijo que clama: ′Dios mío, ¿por qué me has abandonado?′. Por eso nos choca la ′peculiar indiferencia′ que observa Marta que tiene Tomás por los Evangelios y Jesucristo. Su descuidada apariencia y los eczemas que cubren sus manos, le dan a esta mujer un aire crístico, como estigmas que muestran su sacrificio, en un amor que sólo recibe el abuso y el desprecio como respuesta. La falta de comunicación, evidenciada en el silencio de una banda sonora que no va acompañada de música alguna, produce una inquietud tal que hay momentos en que uno se siente realmente dolorido ante la amargura y crueldad de esta vida traspasada por esa dura luz invernal.

Es interesante en esta época, que tanto se ha hablado de La Pasión por la controversia que ha rodeado la película de Gibson, escuchar las palabras que dice ese personaje jorobado que cuida de la iglesia. Este hombre le comenta a Tomás que ha estado leyendo en los Evangelios el relato de la Pasión y se ha dado cuenta que los sufrimientos físícos de Cristo fueron relativamente cortos, ya que no pudieron durar más de cuatro horas. Por lo que su mayor dolor tiene que haber sido el llamado el silencio de Dios. Pero ¿qué experiencia ha tenido Bergman de Dios?

Nacido en la vieja ciudad de Upsala en 1918, este director es hijo de un pastor luterano. Acompañaba a su padre en sus viajes como predicador por todo el país, hasta que se trasladan a Estocolmo, donde acabará siendo capellán de la Corte, hasta su muerte en 1970. Aunque muchos creen que tuvo una educación muy estricta, al ver películas como Fanny y Alexander, no fue así en realidad. Él dice: ′Mi padre me ha dejado siempre enteramente libre de pensar como yo quisiera′. Su recuerdo de él es de ′un hombre profundamente piadoso′, que manifestó ′una cierta indiferencia hacia la mayor parte de sus primeros films, aunque le gustaba mucho El septimo sello′, dice en una entrevista con Cahiers du cinéma.

El director, que ahora tiene 85 años, declara: ′Yo creo en Dios, pero no en la iglesia protestante, ni en ninguna otra′. Su creencia es ′en una idea superior′, para él ′absolutamente necesaria, porque un completo materialismo puede conducir a la sociedad y a toda la humanidad a un callejón sin salida en la vida′. La obra de Bergman nos muestra por eso lo inútil de un humanismo romántico sin sentido, incapaz de superar la desesperación del hombre. Si el hombre ha de ser librado de su miedo y soledad, tiene que ser por la intervención sobrenatural del Todopoderoso. Esto se entiende muy bien ante el majestuoso tronar de la catarata que ahoga todo las palabras de compasión humana ante la desolación del cadáver del suicida. La última frase de la película es una de los conclusiones más sorprendentes de la obra de Bergman: ′Santo, Santo, Santo, Señor Dios Todopoderoso, toda la tierra está llena de su gloria′.
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