Las Horas: ¿Alguien tiene que morir?

Madrid, 3 de mayo de 2005. ′Alguien tiene que morir para que los demás aprecien el tesoro de la vida′, dice el personaje de Virginia Woolf en la frase clave sobre la que gira la novela y la película Las Horas, interpretada por Nicole Kidman. Ese efecto que produce la muerte en la gente que está cerca de una persona que va a morir, es lo que le interesa también a Isabel Coixet, la directora catalana que presenta también estos días su película Mi vida sin mí. En ella una madre joven con pocos recursos se da cuenta de que no le ha dado tiempo para vivir, cuando le informan de que sólo le quedan unos meses de vida. Estas dos historias nos muestran cómo la muerte hoy es el gran tabú de nuestro tiempo.
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Si el sexo era el gran tabú de la era victoriana, no hay duda que eso es la muerte en nuestro días. ′La que no tiene nombre′, una realidad de la que intentamos vanamente escapar, viviendo de espaldas a ella. Aquello de lo que nunca se habla, y se prefiere callar, porque es ′la losa de los sueños′. Todo en torno nuestro nos habla de salud, belleza y seducción. Cuerpos jóvenes parecen anunciar desde la publicidad por todas partes, que vamos a vivir para siempre. Pero la muerte está ahí, una cita ineludible a la que todos debemos enfrentarnos. La única seguridad que traemos al fin y al cabo, a este mundo. Hay muchas incertidumbres aquí, ya que nadie sabe qué será de su vida el día de mañana, pero una cosa sabemos: todos tenemos que morir.

La señora Dalloway es una dama de la alta sociedad londinense, cuya vida transcurre apaciblemente y sin sobresaltos. Está preparando una fiesta para un viejo amigo que regresa de la India, cuando comienza la novela que Virginia Woolf escribió en los años veinte. Es la historia de un día en la vida de una mujer, que recuerda lo que pudo ser y lo que fue, intercalando su presente con su pasado. Sobre ella basa Michael Cunningham III la narración premiada con el Pulitzer en 1998, Las horas, adaptada luego al teatro por David Hare. Narra otras 24 horas, pero esta vez de tres mujeres, en los años veinte, la posguerra y la actualidad, respectivamente, todas ellas entrelazadas por un beso, un hijo y una muerte. Este es el argumento que ha escogido el director inglés Stephen Daldry para su segundo largometraje, después del enorme éxito recibido por su debut con Billy Elliott.

Si Woolf comienza su novela con la señora Dalloway comprando flores, un radiante día de sol, Daldry prefiere arrancar su película con el suicidio de la escritora en el río Ouse. A partir de ahí recupera una discusión con su paciente marido Leonard, acerca de la decisión de eliminar o no a un personaje del libro, por medio de su suicidio. Es en esta conversación, ocurrida en 1923, cuando aparece por primera vez la frase de que ′alguien tiene que morir para que los demás aprecien el tesoro de la vida′. Este es el epicentro del terremoto emocional en que se encuentran las tres protagonistas: la propia Woolf, interpretada por Nicole Kidman; una feliz ama de casa californiana en 1945, representada por Julianne Moore; y una editora neoyorquina en la actualidad, que es Meryl Streep. Todas ellas están al borde del abismo, frente a la locura de la muerte, en un impresionante cuadro, extrañamente ambientado por la inquietante música de Philip Glass.

La productora de Almodóvar ha hecho la nueva película de Isabel Coixet, Mi vida sin mí, una obra rodada en inglés en Vancouver con la actriz del cine independiente americano Sarah Polley. Vuelve así la directora catalana al mundo anglosajón donde tuvo su formación, con esa sorprendente presentación que fue Cosas que nunca te dije (1996), aunque siguió trabajando con actores extranjeros en A los que aman (1998). Se trata ahora de la dura representación de una agonía, la llegada de la muerte observada por la conciencia alertada de una mujer moribunda, que quiere poner orden en el desorden de un mundo que se va a ver devastado por su viaje sin vuelta. Es una historia sensible y conmovedora, que te emociona por su sencillez, entregándote a un llanto que no se basa en la lágrima fácil.

En Las horas como en Mi vida sin mí se habla de la muerte indirectamente. Las dos películas evitan las escenas de entierros o cementerios, pero se preguntan qué significa la muerte para la gente que se queda cuando alguien muere. Todos sus personajes mantienen de hecho la muerte en secreto. Deciden conscientemente no hablar de ella, aunque está siempre presente. El productor de la película de Coixet, Pedro Almodóvar, ha dicho: ′Yo con la muerte tengo un problema serio, no acabo de entenderla, ni aceptarla. He madurado en todos los aspectos de la vida (¡o por lo menos eso cree él!), pero en la aceptación de la muerte, no. En ese terreno sigo siendo un niño asustado que no entiende nada.′

John Richardson recuerda en su biografía de Picasso cómo cuando comían en su estudio, tenían docenas de pájaros en un gran jaula, revoloteando a sus espaldas. Pero cuando alguno caía desplomado, Jacqueline aprovechaba que estaban hablando, para llevárselo discretamente, y traer otro vivo, idéntico al anterior. Picasso tenía tal pavor a la muerte, que no podías ni mencionar su nombre en su presencia. No era capaz de soportar ni la pérdida de un pájaro. Aunque un día le dijo a Richardson, ′¿sabes?, tengo la sospecha de que mis pájaros son inmortales′. Sabía perfectamente lo que hacía Jacqueline a sus espaldas.

Si la muerte nos parece algo tan terrible, es porque nos habla de una realidad que está profundamente mal en nuestra vida. Es la consecuencia de esa tragedia que la Biblia llama pecado, la negación de todos nuestros sueños sobre una bondad innata del hombre, que nos muestra que hay algo profundamente torcido en nuestro interior. Algo que está en la raíz misma de todos nuestros problemas, y que tiene en la muerte su más clara evidencia. Ya que ′como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron′, dice Pablo en Romanos 5:12.

El cristianismo es la única esperanza que puede dar seguridad al hombre de una vida más allá de la muerte. ′Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna′ (Juan 3:16). Uno murió para que tengamos vida, pero también resucitó para hacernos ′renacer para una esperanza viva′ (1 Pedro 1:3). Porque él vive, podemos vivir también nosotros. Nuestra fe está anclada así en el pasado (¡Jesús resucitó!), pero es una realidad ya presente (¡Él vive!), aunque se completará en el futuro (¡Jesús vuelve!). ¿Qué mejor noticia queremos?.

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