La Zaranda: ANTE LA PUERTA ESTRECHA

Barcelona, 22 de enero de 2011. Los montajes teatrales de La Zaranda (Teatro Inestable de Andalucía la Baja) siempre siembran el suelo del escenario de arena, o bien de texturas formadas por una materia incontable. Así es su obra desde hace treinta y tres años, algo incierto que ocurre en el vértigo del estómago del pobre espectador que tenga la dicha de acudir a cualquiera de sus montajes.
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Mientras cursaba el primer año de arte dramático, un profesor nos propuso saltarnos la clase para acudir a la representación de La puerta estrecha (fue en el apocalíptico 2000), en un centro cívico donde éramos muy pocos. Para este que escribe estas líneas, que dejó a medias su formación teatral, a día de hoy no sigue habiendo otro teatro que no sea el de la compañía jerezana, y es muy probable que el hecho determinante de dejar esa carrera fue quedar herido de muerte tras aquella noche a principios de noviembre en que los vio en acción, y comprendió la incapacidad de lograr algo ni remotamente parecido. Les ha caído el yugo del Premio Nacional de Teatro de 2010, y esa cifra de 33 parece la mejor para hacer un balance de su trayectoria y de su continuo acercamiento al cristianismo profundo, a la imaginación andaluza y la memoria de los objetos.

La escenografía de sus montajes tiene predilección por la madera cochambrosa e hinchada, por instrumentos mecánicos, por la tela de arpillera o una silla flamenca, por todo lo perecedero, aunque no por lo inservible. A menudo es como si un cuadro de Tàpies tomara primero forma tridimensional, y vida después, y la paja se esparciera como sal por el mundo; como si se abrieran las cremalleras de las bocas diciendo verdades tamizadas por la repetición propia de un rezo medio bostezado. La puesta en escena se desarrolla entre lo grotesco y lo litúrgico, las frases más vacías cobran sentido por su disposición a lo largo de una historia siempre alejada de los estereotipos existentes sobre el teatro del absurdo, o las reflexiones acerca de la cultura autóctona, de la que Juan de la Zaranda y Eusebio Calonge, autores de los libretos, llevan bebiendo desde ′los años de trance′ (así lo llaman ellos) de nuestra sociedad convaleciente de ansiedad.

′Su trayectoria tiene como constantes teatrales: de los objetos, el expresionismo visual, la depuración de textos y la creación de personajes límites; y como método de trabajo, un riguroso proceso de creación en comunidad.′ Este texto de su página web resume su incansable y rigurosa labor, y para comprobarlo, hay que verlos. Lo que sí podemos señalar sin temor a equivocarnos es lo insólito de su apuesta debido a que en lugar de huir, renegar o esconderse de sus raíces, han sido capaces de transformarlas en algo sólido, en un espacio que da lugar al misterio, una palabra clave. Para Paco Sánchez, director de la compañía, ′el teatro es un misterio y explicarlo sería traicionarme′. Con sus representaciones llegan al fondo del hecho teatral exacerbándolo, pero también nos conducen a ese momento íntimo y espiritual del alma sin ropa puesta. Conocen bien el sentido de la espiritualidad y no la confunden jamás con las burdas performances con absurdos ecos de los sesenta, ni es mezclada con la también teatral procesión propia de la semana santa. Hablan de cosas mucho más profundas que la política o el análisis apresurado de la estructura religiosa: "reflexionamos sobre los momentos extraordinarios de la vida. No nos interesa la actualidad, que es basura, ni los discursos sociales. Ya hay mucho beato de lo social, de la justicia, y no se dan cuenta que el teatro no hace justicia. El teatro es viejísimo, como el vino y los besos", confiesa en una entrevista con Liz Perales en El Mundo. Este aspecto, esta intención (el teatro es intención) es lo que les ha permitido obtener reconocimiento en medio mundo… pero un reconocimiento ganado con sudor, pues sus elementos, mal empleados, no pasarían de localistas, y casi serían como la flecha habitual del rastreo antropológico; acuden al teatro religioso, al folclore, a la expectación de los ritos populares. Podrían utilizar la matanza de un gallo, o el instante del jabón sobre el rostro antes de afeitarse con una guadaña; podrían hablar de las hojas de olivo ardiendo en el corpus, o de la viuda observando por la ventana el paso de la aurora… todo eso lo congelan en el escenario.

Homenaje a los malditos (2006) retoma el texto de Lucas 11:47 para no olvidar a las víctimas verdaderas de la atrocidad; Cuando la vida eterna se acabe (1997) habla de la muerte, de dentro a fuera; Futuros Difuntos (2008) nos dice que todo es vanidad. Cuesta realmente en la actualidad encontrarnos con una temática que generalmente se considera fuera de tiempo, se rechaza por anticuada. La Zaranda le quita el polvo y nos sopla con él sobre el rostro, como si nos vertieran ceniza para el dolor.

El cristianismo ha dado pie a incontables obras teatrales, y se recurre a menudo a la Biblia como fuente de inspiración constante. El teatro tiene mucho que ver con la solemnidad del Antiguo Testamento y con las parábolas de Jesús, no digamos ya con los largos soliloquios y lamentos de los profetas. Pero el cristianismo es mucho más que una serie de símbolos, va más allá que una sucesión de historias de las que la historia del arte se ha servido y ha ido adaptando como ha querido a lo largo de los siglos. Es una cuestión de certeza en lo que no se ve, es un momento junto al abismo, un dificultoso transcurso hasta cruzar la puerta estrecha. La Zaranda nos ha puesto delante del umbral, nos sitúa en ese instante extraordinario, a nosotros nos corresponde dar el paso.
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