La Guerra de los Mundos: La amenaza extraterrestre

Madrid, 3 de mayo de 2005.

De pronto estalló el pánico en Nueva Jersey. A la gente le temblaban las piernas, y gritaba. Mujeres se desmayaban, y hombres se echaban a las calle esa noche, según dice el New York Times. Las líneas de teléfono estaban colapsadas, y a las dos horas la Cruz Roja y la Guardia Nacional se movilizaba en muchas zonas del este de Estados Unidos. Todo esto ocurrió el 30 de octubre de 1938, a causa de una emisión por radio de la CBS, que hizo Orson Welles en un teatro de Nueva York, dando la impresión que los marcianos estaban invadiendo en la Tierra. El texto se publica ahora en un libro, acompañado de un CD con el sonido original de esta broma, que destapó los temores más secretos de una sociedad turbada.


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El texto dramatizado por Howard Koch estaba basado en la novela clásica de ciencia-ficción, La guerra de los mundos (1898) de H. G. Wells (1866-1946), que interpreta Orson Welles en la grabación que se distribuye con el libro La emisión del pánico, que ha editado ahora en Cuenca el Centro de Creación Experimental de la Universidad de Castilla- La Mancha. Desde entonces, aquel suceso ha alimentado todo tipo de reflexiones sobre la influencia de los medios de comunicación en la sociedad moderna. Ya que bajo la forma y lenguaje de un informativo, los actores de la CBS, convertidos en locutores de noticias, anunciaron la llegada de una avalancha de platillos volantes, con conexiones a hipotéticas unidades móviles que narraban el aterrizaje de las naves y describían a aquellos temibles extraterrestres. Se calcula que casi dos millones de oyentes creyeron que la invasión era cierta, lo que da mucho que pensar... Pero otra perspectiva con la que podemos considerar aquella mítica sesión de radio es cómo ha evolucionado el mito del extraterreste.

La obra de Wells presenta a los marcianos como aguerridos invasores, que no dudan en freír con sus rayos a cualquier ser humano que se encuentren. Son "intelectos poderosos, fríos y crueles", que toman la carne y la sangre de otras criaturas para inyectarla en sus cuerpos frágiles, que "no tenían un sistema muscular desarrollado". Pero si la visión que nos da La guerra de los mundos de los extraterrestres es la de seres terribles que "devoran y conquistan sin razón", su perspectiva de los humanos no es mucho mejor. Masas enloquecidas, egoístas e insensibles al sufrimiento del individuo, son capaces de aplastar a cualquier niño que tropieza. Ya que en su lucha por la supervivencia, el hombre aparece dominado por una avaricia desmedida, que hace que uno muera por no ser capaz de soltar unas monedas de oro. Por lo que su huida de esta amenaza no demuestra más que la bajeza de la condición humana. La tierra se presenta así como un territorio desolado, y el personaje del vicario anglicano no muestra más que la desesperación de una religión incapaz de enfrentarse a lo desconocido. El terror de la ciencia-ficción se basaba desde las leyendas del judaísmo de Praga sobre el Golem, en la soberbia humana que llega a crear un ser artificial como un homúnculo, carente de alma, y por lo tanto incapaz de amar. Este producto de laboratorio se convierte así en un Mesías siniestro y tiránico, que busca vengarse de la humanidad, dispuesto a encabezar las más violentas revoluciones. Tal pesadilla suele ser resultado de un doctor loco, que trasplanta el cerebro y las manos de asesinos como en Orlac, o por medio de una fecundación artificial como en La Mandrágora, una popular novela adaptada muchas veces al cine a principios del siglo XX. Pero El doctor Mabuse de Lang (1922) no utiliza su maligno poder para su provecho personal, sino que su móvil es el puro placer de convertirse en motor del caos.

Esa tragedia adquiere mayor complejidad en Metrópolis de Lang (1927), cuando los hombres-máquina que viven esclavizados en aquella ciudad industrial, reciben el mensaje de María sobre el futuro advenimiento de un Salvador, y el científico aliado al capital, construye una réplica robótica de María, que provoca una oleada de destrucción. Así también en El fin del mundo de Abel Gance (1930), dos hermanos intentan salvar a la humanidad, ante la inminente colisión de un cometa sobre la Tierra, pero uno lo hace desde la fe, y el otro desde la ciencia. No es extraño también que sea en esa década de los treinta cuando la Universal resucita el moderno Prometeo de Mary Shelley en las sucesivas adaptaciones de Frankenstein, ilustrando la locura de la criatura que quiere imitar al Creador. Así como el doctor Moreau de Wells, que intenta acelerar el proceso evolutivo a través de la transformación de los animales de su isla en hombres. Pero a raíz de la transmisión de Orson Welles, las historietas de cómic de Buck Rogers (1939) son eclipsadas por la popularidad de una nueva serie de Flash Gordon, en la que Marte ataca la Tierra. En los años cuarenta aparecen por eso las viñetas de superhéroes como el Capitán Maravillas, Batman, Superman o el Capitán América. Pero será en la década de los cincuenta cuando la ciencia-ficción se haga inmensamente popular por medio del cine. A la hora de analizar el sentimiento de paranoia que invadió aquella época, es importante entender que no todos los extraterrestres de estas historias son metáforas del llamado terror rojo, por el que la sociedad americana se enfrenta al comunismo.

Ni todos los monstruos fueron alimentados por el miedo a la bomba atómica. A veces los ovnis son simplemente ovnis. Ya que en 1947 fue cuando comienzan los llamados avistamientos, a raíz del mal entendido sobre la supuesta visión de unos platillos volantes sobre el monte Rainier de Washington por un piloto llamado Kenneth Arnold, que describió así sus movimientos a la prensa, no los objetos en sí. Nace así una nueva generación de escritores, como Isaac Asimov. Aparecen antologías de relatos en editoriales de prestigio, y se lanzan nuevas revistas especializadas. En Cuando los mundos chocan (1951) de George Pal, la única salvación es un nuevo arca de Noé. Abundan por eso las implicaciones religiosas en un ambiente catastrofista de resonancias bíblicas. Pero hay una película que anuncia ya un cambio de rumbo. Se trata de Ultimátum a la Tierra (1951) de Robert Wise, que presenta ya una manifestación espiritual de bondad extraterreste, aunque sea todavía incomprendida. Así Klaatu se presenta como un Jesús capaz de morir y resucitar, al estilo del E.T. que escribió Melissa Mathison para Spielberg (1982). La historia de Edmund North estaba basada en un relato publicado en las páginas de la revista Astounding en 1940, con la interesante diferencia de que el robot que acompañaba a Klaatu, no era en realidad su criado, sino su amo. Por lo que el nuevo orden que se propone a los humanos, no era otro originalmente que hacerlos esclavos de una civilización extraterrestre.

En 1958 el psicólogo suizo Carl Gustav Jung publicó un libro sobre los "platillos volantes", como "un mito moderno de cosas que se ven el cielo". Su tesis es que estos "rumores visionarios" tenían un profundo significado religioso que muestra una nueva forma de ocultismo místico. Las modernas historias de "contactados" utilizan así otra terminología que la del "médium" espiritista, pero los extraterrestres simplemente parecen haber sustituido a los antiguos dioses, ángeles y almas de difuntos. Lo cierto es que a partir de Encuentros en la tercera fase (1977) los alienígenas se van divinizando, aunque todavía destrozan la casa del pequeño Barry y aterrorizan a su madre, alterando la vida y la mente de Neary. Pero esta figura ha pasado de ser una amenaza, a verse como una influencia salvífica, por la que podemos entrar en contacto con un poder superior, lleno de amor y bondad.

El otro día veía con los niños en la televisión una de esas películas horrorosas que suele hacer Disney cuando deja de hacer lo suyo, o sea la animación. Se llamaba Mi marciano favorito (1999). Se trata de una de esas insulsas parodias en las que el extraterrestre se convierte en divertida mascota del ser humano, mostrando hasta qué punto hemos domesticado cualquier amenaza exterior. Si millares de americanos aterrorizados convirtieron aquella transmisión en un acontecimiento social, al caer presos del caos y el terror, hoy sin duda pensaríamos que estamos ante un espectáculo infantil. El extraterrestre, como el Dios de la antigüedad, ha dejado de darnos miedo. Si nuestros antepasados temblaban ante la posibilidad del juicio de Dios, hoy ya no piensan en él ni los viejos. Por eso cuando decimos que Dios es amor, no nos engañemos, lo que la gente piensa es que si realmente existe, será alguien totalmente inofensivo. Así que no hay nada que temer, porque no haría daño ni a una mosca. Es como un muñeco de peluche, algo suave y entrañable, que da valor y confianza en la vida, pero que no supone ningún peligro. Ya que sin conocer a Dios, no se puede saber a quién hemos ofendido. No se siente ya amenaza de destrucción, por lo que menos aún se puede entender algo como la posibilidad de salvación.

Un hombre preguntaba a una de las chicas de la centralita de la emisora de Welles si se iba a acabar el mundo. Ella le contestó: "Lo siento, aquí no tenemos esa información". Spielberg hace bien en creer que hay una presencia benefactora más allá de las estrellas, y que hace falta fe, curiosidad y aventura, para entrar en relación con ella. Hay una vida extraterrestre que se muestra a aquellos que son como niños, tras morir y resucitar, volviendo después a su casa. Pero Cristo no es E.T., y su muerte tiene un significado que va más allá de su presencia en el corazón de todos aquellos que le conocen. Jesús no es un muñeco de peluche que podamos guardar en el armario, como hace Elliot con E.T., sin que su madre siquiera lo distinga. Vemos amor en su brazo extendido, pero también la amenaza de su ira, para todo aquel que lo ignore. Aunque el abrazo de esos brazos colgados de la cruz, nos puede salvar eternamente.
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