La dama de hierro: La vejez de La dama de hierro

Madrid, 13 de marzo de 2012. Meryl Streep ha conseguido su tercer Oscar -después de casi treinta años, que hizo Kramer contra Kramer o La decisión de Sophie- por su papel espectacular como Margaret Thatcher. En ella se mete en la piel de la ex primera ministra británica para mostrar no sólo el lado más humano del poder político, sino la diferente perspectiva que da la vejez. Es por eso que la película dirigida por Phyllida Lloyd -La dama de hierro-, va más allá de los biopics que han acercado a la monarquía inglesa -como La reina y El discurso del rey-, para entrar en la omnipresente tragedia de la mortalidad, que yace en el fondo mismo de la condición humana.
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Una señora mayor camina encorvada y vacilante, con la cabeza rodeada de una bufanda, a la tienda del barrio para comprar un paquete de leche. Al escuchar el precio, comienza a refunfuñar, molesta por los titulares de los periódicos y la rudeza de los clientes. Vuelve arrastrándose a casa, sin que nadie en el comercio o en la calle la reconozca, a pesar de ser una de las figuras icónicas del Reino Unido en los años ochenta: Margaret Thatcher.

Encontramos aquí a La dama de hierro como una anciana vulnerable que conversa con el fantasma de su marido, mientras recuerda su vida en flashbacks. Es ese tiempo presente el que te sorprende, más que su origen humilde y su papel pionero como mujer en el partido conservador. La película elude los aspectos más escabrosos de la política de Thatcher, para presentarnos a una señora decrépita que muestra ya síntomas de senilidad, mientras es vigilada por su hija, enfermeras y asistentes.

QUIEN CREÍAS CONOCER

Ver La dama de hierro fue una extraña experiencia emocional. Primero, por la pequeña sala donde se proyectaba en Madrid, un lugar que me trae muchos recuerdos, donde estábamos esa noche sólo yo y mi esposa. Segundo, porque fue en la época de Thatcher (1975-1990), cuando más tiempo pasé en el Reino Unido, después de haber estado allí los primeros años de mi vida. Las imágenes de las huelgas de hambre y los conflictos con los mineros, las bombas del IRA y la guerra de las Malvinas me son tan familiares como el nacimiento del punk o la boda del Príncipe Charles y Lady Di -cuando estudiaba inglés en Londres, enfrente del estudio de los Beatles en Abbey Road-.

Sin duda, la grandeza de esta película no está en los fragmentos de la vida de Thatcher, sino en el retrato inmisericorde de la crueldad de una edad avanzada. Esta melancólica historia de una dependencia casi senil, nos muestra la perspectiva que da el paso de los años a personas que creías conocer, al descubrir la impotencia a la cual nos enfrentamos todos, tarde o temprano.

EL CULTO A LA JUVENTUD

Tras la impresionante actuación de Meryl Streep como una anciana casi todo el metraje -que no se ve en las fotos de promoción, porque sería casi irreconocible con sus espectaculares prótesis faciales, alucinantes pelucas, las manchas, la papada y el siseo de un inglés tan británico como el de La dama de hierro- o el inquietante personaje de su marido -un Jim Broadbent cuyos sosegados comentarios no pueden ser más desafiantes-, está la realidad de la vejez. Tan perturbadora, porque nos recuerda nuestra mortalidad, limitaciones y debilidad.

La película de Phyllida Lloyd hace lo imposible para que podamos simpatizar con alguien que tuvo menos de benévola matriarca condescendiente que de airada madrastra brutal. Lo hace por la compasión que produce la debilidad. Vivimos una sociedad obsesionada con la juventud, que ha puesto todo al servicio de individuos que no tienen la edad ni la experiencia para ponerse en el lugar de otros.

Todos tenemos nuestros límites, pero hay un tiempo en que parece que no tenemos conciencia de ellos. La vida se nos antoja llena de posibilidades. No nos damos cuenta de que en cierta forma es un largo día de viaje hacia la noche -como nos recuerda Eclesiastés-. La sabiduría bíblica habla por eso de la necedad de la juventud. Uno de los mejores ejemplos es sin duda Eliú, el joven consejero de Job, que tanto nos confunde con su correcta teología, hasta que el propio Dios le corrige…

EL PODER DE LA AMBICIÓN

Lo que el personaje de Thatcher extraña, no es sólo el vigor y la salud. Es la pérdida de su amado esposo, pero sobre todo el poder que le daba sentido y trascendencia. No hay duda que La dama de hierro fue una persona ambiciosa. Desde su adolescencia -interpretada por Alexandra Roach-, está convencida que el trabajo duro es el que cambia las cosas -tanto personal, como políticamente-. Es por eso que enfatiza la inteligencia sobre las emociones, como dice al médico que interpreta Michael Maloney:

Doctor: Tiene que ser un poco desorientador. Se va a sentir…

Thatcher: ¿Qué?, ¿Qué voy a sentir?... La gente ya no piensa; sólo siente. ¿Sabe? Ese es uno de los grandes problemas de nuestra época, que somos gobernados por gente que le importa más sus sentimientos, que sus pensamientos e ideas. Pensamientos e ideas, eso me interesa. ¡Pregúnteme qué es lo que pienso!′

Doctor: ¿Qué está pensando, Margaret?

Thatcher: ¡Cuide sus pensamientos!, porque se convierten en palabras. ¡Cuide de sus palabras, porque se convierten en actos! ¡Cuide sus actos!, porque se vuelven hábitos. ¡Cuide sus hábitos!, porque conforman un carácter. ¡Cuide su carácter!, porque se vuelve su destino. Lo que pensamos, en eso nos convertimos. Mi padre siempre decía eso. Y yo pienso que estoy bien…

EL SENTIDO DE LA VIDA

Ese desprecio de los sentimientos es lo que hizo fuerte a Thatcher, frente a todas las críticas que recibía. La dama de hierro sugiere que esa virtud, esencial para su éxito, fue sin embargo su mayor debilidad. Es así como suele ocurrir en la vida. Aquello de lo que nos enorgullecemos, es lo que nos puede también hundir. Es por su fidelidad a sus principios que la Primera Ministra desafía a todo el mundo, pero es por su falta de sensibilidad que tiene conflictos con todos. La película muestra eso, tanto en las reuniones de gabinete, como en las conversaciones en la cocina.

Si lo que somos, depende de lo que hacemos, todo se convierte en un esfuerzo fútil. Porque lo que hacemos, un día acabará, nuestra influencia cesará y nuestros seres queridos pasarán. No hay nada que pueda dar una satisfacción y un sentido trascendente, si nuestra identidad no está basada en una relación eterna con Dios. ¿Qué sentido tiene la vida, cuando se pierde todo lo demás?

Volviendo a Job, ¿por qué corrige Dios a Eliú? Los comentaristas no se ponen de acuerdo, pero yo tiendo a pensar cada vez más que el problema no era su teología, sino su completa falta de compasión por la agonía humana. Y ese es, por supuesto, un error de juventud. Creemos que sabemos todo, pero no entendemos al que sufre. Sentimos el poder de nuestra mente y cuerpo, pero no nos damos cuenta de nuestras limitaciones. Tal vez por eso dice Pablo que los ancianos gobiernen la iglesia, no por la fuerza que sienten, sino por la conciencia de su debilidad. Porque ′cuando soy débil, entonces soy fuerte′ (2 Corintios 12:10).
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