Juan José Sebreli: El lado oscuro de las vanguardias

Madrid, 3 de mayo de 2005. Varïos libros han coincidido últimamente en desvelar una cara bastante poco conocida de los vanguardismos artísticos. Así el historiador argentino Juan José Sebreli hace una impresionante lectura de estos movimientos en una obra publicada por la editorial Sudamericana de Madrid sobre Las aventuras de la vanguardia. Su visión desmitificadora concuerda con el testimonio de primera mano que nos da Claire Goll, en las memorias que ha traducido Pre-Textos, A la caza del viento, con algunos recuerdos sobre algunos de los más importantes artistas del siglo XX. Otra escritora alemana, la hispanista Mechtill Albert ha estudiado a cuatro Vanguardistas de camisa azul en un riguroso y documentado libro que ha hecho Visor sobre la relación de la literatura española con la Falange.
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Lo que caracteriza para Sebreli a la vanguardia, es su aprecio por lo efímero y lo oscuro. Son corrientes para él condenadas al olvido, ya que desprecian, ′no sólo a quienes comprenden únicamente lo superficial, sino a todos aquellos que pretenden racionalmente entender lo que es profundo′. La valiente obra de este estudioso argentino nos muestra la necesidad de un mayor sentido crítico al considerar la historia de las artes plásticas y la cultura en general. Su lectura es francamente demoledora, ya que aunque no te aclara en ningún momento lo qué es el arte hoy, te quita muchas dudas sobre lo qué desde luego no lo es. En este libro hay páginas estremecedoras, que te dan una visión terrible sobre algunas figuras míticas de las vanguardias del siglo XX. Así vemos a Gauguin, prisionero de su propia leyenda, moribundo en una choza de Tahití, rodeado de estampas de Rafael, Holbein o Rembrandt, sin poder regresar a Europa, por consejo de su marchante, mientras pinta su último cuadro sobre una aldea nevada en Francia.

A uno le cuesta imaginar que textos como De lo espiritual en el arte de Kandinsky, que difundieron la abstracción más aún que sus pinturas, no fueran en realidad más que un ′pasaporte a los museos norteamericanos′, basado en unas cuantas ′trivialidades sacadas de la teosofía′. Pero es cierto que no faltan referencias al ocultismo, desde Yeats hasta Pessoa, los dos en relación con esa oscura figura que dió lugar al satanismo moderno llamada Aleister Crowley. Pero hay algunas preguntas que te vienen una y otra vez a la cabeza al leer estas biografías: ¿se puede juzgar finalmente una obra por la ideología del autor?, o ¿es que no se puede hacer gran arte con ideas perversas y dañinas?.

Yo, la verdad es que nunca me había preguntado quién diseñó el campo de concentración de Auschwitz. Pero es increíble saber que fue un profesor de la Bauhaus, la escuela de arquitectura que nació para defender el derecho de todo ser humano a una vivienda digna. Y es que una cosa son los ideales, y otra son los hechos... Por un lado, Sebreli reconoce que ′los muralistas mexicanos eran buenos pintores′, pero por otro no hay duda que era ′malas personas′. De hecho dice que ′con los mejores sentimientos suele hacerse, con frecuencia, arte malo′. Su perspectiva de la escena contemporánea no puede ser por eso más desoladora. Para él, tras la exposición del urinario de Duchamp todo vale en arte. Desde obras con humo a construcciones con grasas. Lo mismo sirven cadáveres que automutilaciones, o hasta excrementos. El único valor es la sorpresa, y el problema es que ésta por su propia naturaleza es breve.

Si hay una mujer que estuvo en primera línea de las vanguardias artísticas no hay duda que fue Claire Goll (1891-1977). Sus memorias A la caza del viento presentan toda una galería de monstruos que representan lo más granado de la cultura europea del pasado siglo. A pesar de todo resentimiento o interpretación interesada, hay una verdad evidente en todo lo que ella cuenta, que nadie puede negar. Su narración en este sentido, independientemente de los detalles, resulta convincente, ya que nos muestra el lado humano de unos artistas cuyo ego y vanidad les llevó a un desprecio tal de su prójimo, que la vida en torno a ellos fue un verdadero infierno. Aparecen aquí por eso sorprendidos en su intimidad con una mirada implacable, que nos muestra cómo fueron en realidad aquellos hombres cuyos nombres han pasado ahora a la Historia del Arte.

Según Goll, era un tormento convivir con Rilke, de quien llegó a estar embarazada. Odia por eso también a Joyce, del que su marido Yvan fue secretario (antes que Beckett, que trata más compasivamente). El cuadro que nos hace de Chagall es de un auténtico tacaño miserable. Algo más misericordiosa se muestra con Mayakovski, pero describe con tremenda crueldad a Alma Mahler. Vemos aquí el carácter repulsivo de Lacan y Henry Miller, así como denosta a Dalí, aunque sin embargo le admira por su talento comercial. Más fuerte aún reacciona a la rapacidad de mujeres como Gala, ya que éste es un libro apasionado, lleno de temperamento, pero que resulta fascinante porque descubre las facetas ocultas de esas figuras turbias que llamamos genios.

La obra de Albert (1956), aparecida en alemán en 1996, ha precedido en realidad a otros estudios, como los del profesor Domingo Ródenas, que muestran la influencia fascista en la vanguardia literaria española entre 1925 y 1940. Según esta catedrática alemana, la evolución ideológica y estética de autores como Ernesto Giménez Caballero (1899-1988) les lleva en un momento de crisis a la Falange. Este movimiento ofrece a un hombre desarraigado un proyecto comunitario, que presenta todo un sistema redentor de valores. Hombres como Tomás Borrás (1891-1976) desarrollan de esa forma toda una ′estética de la crueldad, que constituye su aportación específica al lenguaje de la modernidad′. Autores más jóvenes como Ximénez de Sandoval (1903-1978) o Samuel Ros (1904-1945) representan toda una generación que buscó compensar ′la pérdida de un sistema de orden, la fragmentación de la realidad y el cuestionamiento del principio de identidad′, mediante ′la búsqueda de una alteridad capaz de constituir un nuevo yo y de fundamentar un nuevo sentido existencial′.

Cuando uno lee estos libros descubre que el arte no puede ser neutral, porque nada en esta vida lo es. Las normas que sirven para el arte no deben ser diferentes a las que rigen el resto de nuestra vida, porque la verdad tiene que ver con toda la realidad. No puede haber libertad sin amor, igual que no hay pecado sin esclavitud (Romanos 7:2; 2 Pedro 2:19), pero Jesús ha venido a este mundo para hacernos verdaderamente hombres. El arte no puede salvarnos, pero Dios puede producir un nuevo hombre dentro de nosotros (Romanos 6), con una belleza que sea fruto de su Espíritu. Es así como el arte nos ayuda a buscar la verdad, ya que nos lleva de lo superfluo a la realidad de una vida, que sólo tiene sentido a la luz de Cristo Jesús. Ya que no nos engañemos, fuera de Él todo es oscuridad.

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