Juan Carlos Somoza: La caverna de las ideas

Madrid, 3 de mayo de 2005. En la Grecia del siglo IV, después de la guerra del Peloponeso, está enseñando Platón en la Academia de Atenas, cuando uno de sus alumnos aparece en el bosque aparentemente devorado por los lobos. El cuerpo mutilado de este joven y bello efebo es el primero de una serie de crimenes inexplicables. Uno de sus maestros, el filósofo Diágoras de Medonte, intenta descifrar el enigma con la ayuda de un detective. En esta intrigante historia que nos propone el autor cubano Juan Carlos Somoza en La Caverna de las Ideas, nada es lo que parece. Esta novela que ahora publica Punto de Lectura en edición de bolsillo, nos lleva a la inevitable realidad del misterio del mal.
Escrito por .



Este escritor nacido en La Habana en 1959, vive en Madrid, donde trabaja como psiquiatra. Su pasión por la literatura ha sido ya reconocida con varios premios, habiendo sido incluso finalista del Premio Nadal el año 99 por su Dafne desvanecida. Sus novelas suelen girar en torno al mundo de la escritura, y su capacidad para crear mediante el lenguaje. Son libros que usan la literatura como metáfora, por lo que nos llevan a las últimas preguntas sobre el sentido de la vida. Así también La caverna de las ideas, dice el autor, se inspira en unos acontecimientos históricos, pero nos enfrenta a ′una época de pérdida de los valores fundamentales del hombre y búsqueda de nuevas alternativas, muy similar al siglo en el que vivimos′.

En esta obra el autor crea dos argumentos paralelos, diferentes en el inicio, pero que confluyen al final. Por una parte hay una historia clásica de suspense con un Descifrador de Enigmas que lleva el nombre de Heracles Póntor, en claro homenaje al inolvidable detective bélga de Agatha Christie, Hércules Poirot. Pero al mismo tiempo encontramos la voz de un narrador contemporáneo que toma el papel de Traductor, añadiendo sus notas a pie de página, en un juego textual al estilo de lo que hoy llamaríamos metaliteratura. La cuestión es si hay ideas más allá de las palabras, que revelen la existencia de un Traductor, que pueda descifrar nuestras acciones y pensamientos, descubriendo claves ocultas en el texto de nuestra vida, que muestren un sentido final, que nosotros desconocemos.

Es curioso que fueran los griegos, y no los hebreos, los creadores de la palabra teología. Es de hecho Platón, el autor del mito de la caverna, el primero que utilizó esta palabra. El fundador de la Academia concibió a Dios como la idea suprema del bien, ya que creía en la existencia de un ser perfecto e inmutable, que era al mismo tiempo suma bondad y belleza. La pregunta de La caverna de las ideas es si realmente existe ese bien. Porque ¿dónde está ese mundo platónico, bondadoso, razonable y justo?. El problema es que Heracles ′sólo resuelve los enigmas que puede contemplar′, ya que ′sólo puede traducir lo que sus ojos pueden leer′. Mientrás que su compañero, el filósofo platónico Diágoras, cree que hay algo más allá, puesto que ′nuestro pensamiento también tiene ojos′. Pero para el Traductor, ′debe existir una idea final que no dependa de nuestra opinión′.

Si ′te limitas a observar las cosas materiales, juzgarlas y concluir: esto ocurrió de este modo o de este otro, por tal o cual motivo, no llegas, ni llegarás nunca a la Verdad en sí′, dice Diágoras. Pero cuando uno se marcha de Atenas, como Crántor, descubre que ′no hay una sola verdad: todos los hombres poseen la suya propia′. Aunque entonces ′sólo distingues la negrura del caos′. Pero ese caos es para Diágoras solamente nuestra ignorancia, hasta que descubre que sus alumnos ′por las mañanas quieren pensar como hombres y por las noches gozar como animales′.

Nuestra época ha heredado de Platón un intelectualismo moral, por el que se cree que todos los problemas de nuestro mundo se pueden resolver con la prevención que da la información y el conocimiento. ′La ignorancia es el origen de todos los males′, decía ya Diágoras. Por eso cuenta al Descifrador que ′en la Academia, educamos a los adolescentes para que amen la sabiduria sobre todas las cosas y rechazen los placeres peligrosos que sólo conllevan un beneficio inmediato y breve′. El problema es que su alumno Trámaco conocía la virtud, pero la ignoraba en la práctica. Ya que no basta conocer el bien para hacerlo. Porque el hombre no se guía siempre por la razón, sino también por su deseos. Eso nos enseña, no solamente la experiencia, sino también el apóstol Pablo en Romanos 7:15: Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago.

La sorprendente conclusión de esta novela nos muestra los terribles resultados de buscar ′la inmensa felicidad que otorga la liberación de tus instintos′, cuando ′dejas de tener miedo, de preocuparte, de sufrir′, y ′te conviertes en un dios′. Esa es sin duda la tragedía del hombre desde Génesis 3. Pero La caverna de las ideas muestra también ′la fragilidad de tu omnipotente Razón′, que ′tan fácilmente imagina los problemas que ella misma cree solucionar′. Este libro nos invita por eso a dejar de buscar ideas ocultas, claves finales o sentidos últimos. ′¡Dejad de leer y vivid!". Porque detrás del rostro del Traductor no hay más que una máscara, que no esconde sino la oscuridad. Pero la cuestión es ¿por qué seguimos entonces gritando por qué?.

Los personajes de esta obra descubren que ′los monstruos acechan dentro de ti′. Porque ′los hombres no escogemos lo más malo por ignorancia sino por impulso, por algo desconocido que yace en cada uno de nosotros y que no puede ser razonado ni explicado con palabras′. Es ahí de donde parte la buena noticia de Pablo: Los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden (Romanos 8:7). Pero ahora aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (3:21-24).

Ciertamente que hay dos ámbitos de realidad, uno visible y temporal, y otro invisible, pero eterno. Por eso no debemos mirar las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas (2 Corintios 4:18). Pero ese orden no viene de ningún demiurgo, intermediario entre el mundo de la materia y de las ideas, como creía Platón. Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos (1 Timoteo 2:5-6). Esa es la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, y venía a este mundo (Juan 1:9), para iluminar esta oscura caverna, alejando las sombras de una vez y para siempre.
Entrelíneas

LITERATURA Juan Carlos Somoza Escrito por el () . Hasta el día de hoy esta página ha tenido 4665 visitas. Puedes seguirle también en .


PALABRAS CLAVE:

TRADUCCIÓN AUTOMÁTICA DE GOOGLE:

Escucha y descarga cientos de PODCASTS


DÉJANOS TU OPINIÓN



ESCRIBE AQUÍ TU COMENTARIO (ÚNICO CAMPO OBLIGATORIO)

TU NOMBRE

EMAIL (NO SE MOSTRARÁ)

ENVIADME NOTIFICACIÓN DE OTROS COMENTARIOS:
NO

Por razones de seguridad, por favor, escribe las letras y los números de la imagen anterior en el siguiente recuadro.

¡Gracias!