John Connolly: El dilema del bien y del mal

Barcelona, 10 de mayo de 2010. Parece que fue hace siglos cuando, sentado a pocos metros de dónde estábamos nosotros, vimos a John Connolly, con el pelo un poco más blanco de cómo le recordábamos (que le recordábamos de las viejas fotos de sus libros), un poco más bajo de cómo le imaginábamos, y un poco más dicharachero de lo que nos esperábamos. Yo dije: ′A ver si va a ser no es tan jocoso y que, para evitar los nervios, se ha puesto ciego de chupitos tras la comida′. Me lo desmintió mi acompañante con mucha solemnidad, pero para mí que también lo pensó por un momento.
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Pues eso, parece que fue hace siglos, y ocurrió a principios de este año. Conseguimos escaparnos de nuestros trabajos como pudimos un miércoles por la tarde para acudir a la cita. Al llegar al lugar, una antigua iglesia del Raval de Barcelona reconvertida en centro de arte (es un lugar que impresiona), obsesionados por ver si llegábamos tarde al acto, pasamos por delante del Sr. Connolly, a quien estaban haciendo una entrevista en la entrada, sin verle siquiera. Y cuando volvimos atrás más aliviados, nos lo encontramos a menos de dos metros. Le decía ′sácame guapo′ en un horrible castellano a una mujer que se acercó para sacarse una foto con él. Luego, en la charla, parecía más un showman que un entrevistado. E incluso, en cierto momento, se dedicó a jalear a los asistentes como un mal telepredicador ("Que levante la mano quien haya leído El Código DaVinci, sí, venga, yo sé que lo habéis leído, levantad la mano...").

Habría que conocerle en primera persona, tal vez, y cambiaríamos de idea, pero John Connolly parece de esos personajes que si te invitan a comer a su casa te reciben en chándal mientras terminan de echarle el arroz a la paella, y te dicen: ′pasa, pasa… deja tus cosas por ahí, donde quieras′, y mientras te preguntan si quieres tomar una cerveza a la vez que te la plantan en la mano, te sueltan que si no te importa ir poniendo la mesa.

Digo esto porque, viendo al hombre, es complicado hacerse a la idea de que ha sido el creador de una de las sagas de novela negra más originales, rompedoras, renovadoras y siniestras de la última década. Él mismo contó la anécdota de que al poco tiempo de que le dejara su novia, justo cuando salió su primera novela, Todo lo que muere, uno de los amigos de ella le comentó que había hecho bien en abandonar a Connolly, que poco bueno se puede esperar de un hombre que aparenta ser afable y luego imprime tal oscuridad en lo que escribe. Y es cierto, uno sospecha: cuando el moderador del encuentro comentó que con la sangre derramada en sus novelas ′se podrían rellenar un buque de carga′, Connolly, todo simpatía, sonrió con dulzura.

Toda la extraña conversación del encuentro con el escritor versó acerca del bien y del mal que atraviesa su obra, una dicotomía que a veces desaparece, cuyos extremos se alejan y se juntan a capricho, dejándonos dudosos, extrañados y pensativos. A la pregunta: ′¿Usted cree que el mal existe por sí mismo?′, Connolly no supo qué contestar; o, más bien, sí que contestó, pero con palabras prestadas: ′Como dijo Einstein, el mal es la ausencia del bien tanto como la oscuridad es ausencia de luz′. ¿Responde eso a la pregunta? Seguramente no, pero así son los escritores muchas veces: crípticos y enrevesados.

A pesar de que en su vida no lo representa, la obra de John Connolly nos acerca a esas realidades intangibles que de alguna u otra manera parecen dominar (y dominan, de hecho) nuestras existencias. Vivimos muy lejos de poder comprender un mundo en el que existe algo parecido al mal en estado puro, una representación del eterno dilema, herencia de la más exquisita dialéctica medieval. Nuestros días están llenos de personas que se esfuerzan por sobrevivir, y con eso les basta. Si acaso, los peores de ellos se esfuerzan de una forma retorcida en procurarse alguna clase de bien posible para sí mismos o para los suyos; y a veces, esos peores resultan ser más víctimas de un pasado traumático que verdugos, y aún siendo responsables de su miserable destino, no llegan ni por asomo a aproximarse a la personificación del dilema del bien y del mal que Connolly explora en sus obras. Secuaces con sentimientos, asesinos con principios, malvados con moral, valientes que no tienen miedo de cometer un pecado y pecadores con un estricto código ético: sujetos extraños que pueblan las obras de Conolly y que nos plantean los verdaderos límites a los que no estamos acostumbrados a enfrentarnos.

Si alguien, un día, en una adversa circunstancia, se topara por desgracia con Louis, el asesino a sueldo amigo de Charlie Parker, si tuviera que enfrentarse a su sangre fría y a su impavidez, sería incapaz mostrar empatía. Y sin embargo, cuando leemos Los hombres de la guadaña deseamos con todas nuestras fuerzas que Louis se escape del granero, que consiga cumplir su misión (aunque esa misión signifique sangre y muerte), y que Charlie Parker pueda dar con él antes de que sea demasiado tarde. Si en la vida real nos enfrentáramos al verdadero Louis, solamente desearíamos poder estar en casa, tapados con una manta, al lado de nuestros seres queridos. Y sin embargo, cuando leemos el libro, solamente deseamos estar allí, donde sucede la acción, para echarle una mano. La magia de la literatura, al fin y al cabo. Y Connolly sabe hacerlo como nadie.

En el tira y afloja de su obra, en la experimentación, nos apiadamos del que empuña el arma y dispara a la cabeza, y no del que en el último momento pide clemencia de rodillas. ¿Qué nos está enseñando Connolly con ello? Que, en realidad, desde su punto de vista, el bien y el mal existen, y son dos realidades bien diferenciadas (como buen católico que es), pero en nuestro caótico mundo perdido son indisolubles. Que la condenación del hombre sin Dios es, precisamente, que ya no hay manera de separar el bien y el mal, que se han ido mezclando y colando, día a día, desde el primer día en que fuimos expulsados del Edén, en los sustratos más básicos de nuestra existencia. Ahora es imposible ir grano a grano separándolos, e impregnan todo lo que tocamos.

En un mundo sin redención aparente, Connolly sonríe al finalizar la charla, y se presta educado a firmar todos los libros que hagan falta. Deja atrás el momento en que nos contó cómo fue el primer asesinato que cubrió como periodista (cuyos asesinos, a pesar de ser hallados, quedaron impunes), de cuya frustración nació la idea de sentarse a escribir una novela en el que él fuera quien dictaminara justicia. Deja atrás el momento en que, inspirado, nos habló de cómo no podremos llevarnos nuestras lecturas a la tumba, pero que éstas harán que seamos mejores personas mientras estemos vivos. Deja atrás la tímida confesión de que es consciente de que su relación con Charlie Parker se tendrá que acabar algún día, pero que aún no lo ha aceptado del todo e intenta no pensar en ello, porque el tipo le cae bien.

Porque, en realidad, a pesar de su oscuridad (o tal vez precisamente por su causa) a nosotros también nos cae bien Parker; y aunque sepamos que es un tipo peligroso, autodestructivo y pecador (o tal vez porque lo sabemos), nos identificamos con él.
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