Jiménez Lozano: Jiménez Lozano y los protestantes españoles

Madrid, 3 de mayo de 2005. José Jiménez Lozano es uno de los pocos escritores verdaderamente católicos que hay en España. La verdad es que es más católico que romano, y tal vez por eso sea el autor más cerca del protestantismo que haya habido en nuestro país desde la época de Unamuno. Consagrado ahora con el Premio Cervantes, Jiménez Lozano recibe no sólo el galardón más prestigioso de las letras hispanas, sino que se da a conocer al gran público, que desconoce en gran parte sus libros.
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Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930) es uno de esos intelectuales españoles cuya obra ha sido marginada por estar lejos de las modas que mueven los círculos culturales de nuestro país. Su pensamiento muestra un denso contenido conceptual de naturaleza filosófica y teológica, que ha sido uno de sus principales obstáculos para llegar a muchos lectores. Además escribe poesía, novelas y ensayos, en los que abundan los temas religiosos y bíblicos, algo que interesa muy poco hoy en día. Hablar de Dios, la naturaleza y la muerte son cuestiones demasiado trascendentales para las preocupaciones superficiales que tenemos en nuestro tiempo. Y para colmo, es un escritor como se decía antes de provincias. Ni siquiera de la capital, ya que vive en un pueblo de Valladolid, llamado Alcazarén, lejos de las tertulias y fiestas de nuestros supuestos pensadores.

El nuevo Premio Cervantes es un autor prolífico, pero de obra muy diseminada. Sus textos se encuentran en múltiples volúmenes que recogen sus cuentos, poemas, diarios, artículos y novelas cortas. Pero como dice Miguel Delibes, ′la alta calidad de sus libros se hace evidente en cualquiera de sus escritos′. Su último libro El viaje de Jonás, ′se trata de una fábula′, dice Jiménez Lozano, ′cuyo protagonista es esta fascinante figura bíblica′. El mal llamado profeta menor, sobre el que también ha escrito otro autor evangélico residente en Valladolid, Stuart Park en La señal, cuyos libros lee también Jiménez Lozano. Ya que no es alguien extraño a la realidad protestante, como demostró ya en su obra de 1979 sobre Los cementerios civiles y la heterodoxia española.

El escritor castellano redactó de hecho hace poco el programa para una exposición evangélica de Biblias españolas del exilio, cuyo texto se puede leer en el numero 18 de la revista de teología de la Alianza Evangélica Española, Alètheia. Allí hace su particular homenaje a Don Audelino González, ′un Pastor evangélico de tierras leonesas, para el que sin duda tal colección no fue un puro hobby, sino cosa de los adentros, en un tiempo además muy oscuro y bravo de la post-guerra civil en el que ser protestante, en España, podía tener, si se enredan un poco las circunstancias, casi tantos riesgos como en el XVI.′ Ya en su Meditación española sobre la libertad religiosa (1966) recuerda que no sólo había ′evangélicos españoles erasmistas′ en los tiempos de Valdés, sino que ′ahora también hay un partido evangélico en nuestra Patria′.

Jiménez Lozano sin embargo constata que hay un prejuicio anti-protestante en nuestro país, por el que ′un católico moralmente muy deficiente sigue teniendo más amplia consideración que un protestante intachable′. Es ′el mito de que el español es católico o no es nada′. Pero la intransigencia religiosa lo que desvela para el Premio Cervantes es la radicalidad de la fe. Ahora bien esa fe no está exenta de luchas y dudas. Las reflexiones del judío Ben Yehuda en Parábolas y circunloquios, el cardenal Noailles en Historia de un otoño, y Olavide o el Gran Inquisidor en El sambenito, se caracterizan por la problemática del misterio de Dios y del sufrimiento humano. ¿Cuál es la postura de Dios frente al mal en el mundo?, ¿puede hacer algo para evitarlo?, ¿lo permite?, o ¿es Dios el causante?. Y junto al problema del dolor siempre la terrible realidad de la muerte.

El cardenal Noailles dice en Historia de un otoño que ′la santidad resulta atroz, a la hora de la muerte, muy al contrario de lo que acostumbran a decir nuestros predicadores′. Ya que ′el libertino muere contento hasta cierto punto′. Eso sí ′con un sabor agridulce en la boca, como despedimos una tarde del primer verano o nos levantamos de una agradable tertulia o cerramos un bello libro o acabamos de comer un plato delicado′. Puesto que ′el goce de la vida es tan codiciado porque pasa′. Pero ′el cristiano mediocre muere confiado en que encontrará a un Dios con los brazos abiertos, como a su madre cuando era pequeño′. Aunque ′el deísta filósofo se imagina que se hunde en Dios como en un sueño′. Sin embargo ′sólo el santo sabe que Dios es terrible, el Tres veces Santo, Dios del Sinaí que devora a una zarza silvestre con el solo resplandor de sus ojos′. Ya que ′no hay carne humana que soporte esa cercanía′.

′La filosofía vale para prepararnos a bien morir′, dice el cardenal. Pero ′la cruz, la santidad, sólo valen para estar crucificados′, aunque ′afortunadamente con Cristo′. Una simple cruz es lo que queda, aunque semidestruida y pisoteada, después de la demolición del monasterio. Es el verdadero fundamento de la fe. Así cuando en El grano de maíz rojo un pastor luterano en Dinamarca se enfrenta a la pérdida de la fe, no quiere continuar su ministerio. Se siente mal, pero todos sus padecimientos se deben, según el médico de la aldea a una enfermedad teológica. Los miembros de su consejo parroquial piensan sin embargo que debe seguir desempeñando una tarea litúrgica, como el cura de Unamuno en San Manuel Bueno Mártir, puesto que se acerca el Viernes Santo. Pero al final el pastor Martensen se suicida colgándose de una cruz. Hace así de su propia muerte una afirmación de fe para una congregación que vive ya indiferente hacia la cruz.

Como buen jansenista, Jiménez Lozano ve la gracia como nuestra única esperanza. En El sambenito, como Unamuno en Abel Sánchez, contrapone la salvación por la fe, gratuita, con la mentalidad que cree que con el esfuerzo humano se pueden resolver las cuestiones básicas y profundas de la existencia. Los protagonistas de Historia de un otoño, reconocen así la pequeñez humana frente a la majestad de un Dios que es en definitiva quien salva. Su teocentrismo contrasta con la superficialidad de un mundo evangélico cada vez más antropocéntrico. Me impresiona por eso la actitud del cardenal, por la que si tiene que elegir entre la felicidad y Cristo, escoge a éste último. Es como cuando Pascal dice que entre la verdad y Cristo, prefiere elegir a Cristo.

La obra de Jiménez Lozano es en definitiva una gran apuesta en favor de Dios en tiempos en los que parece haber triunfado el hombre. Y se basa en la cruz que al final de Historia de un otoño nos muestra la esperanza de la resurrección. Hasta los judíos de Parábolas y circunloquios están abiertos en medio de todos sus padecimientos, a una vida más allá de la muerte. Es la fe que se levanta sobre todos los males en La muerte del enano. Por eso Yakunin dice a su hijo en El jubilado que no morirá. El ateísmo no podrá acabar con su fe. Es la mirada de Machado ante un futuro incierto en La masía, dispuesto a seguir a Jesús resucitado, caminando por el mar, más allá del Calvario.

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