Jesús Fernández Santos (II): El Libro de las memorias de las cosas

Madrid, 4 de julio de 2012. Se ha vuelto a publicar la magnífica novela del escritor madrileño Jesús Fernández Santos (1926-1988) sobre los protestantes españoles, el Libro de las memorias de las cosas -que le valió el Premio Nadal en 1970-. Aparece esta vez en una excelente edición de estudio de la prestigiosa editorial Cátedra, introducida, anotada e ilustrada por Patrocinio Ríos Sánchez. Su trabajo es excepcional, bien documentado, brillantemente escrito y realmente apasionante. Como su nuevo libro sobre la literatura, dentro de la serie Huellas del cristianismo en el arte, sea igual de bueno, va a ser una auténtica delicia.
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Reconozco que en el tema de Fernández Santos, no soy nada objetivo. Como deja constancia la bibliografía de esta obra, ya escribí sobre este autor en 1988, la madrugada en que la Vieja Dama de la que tanto hablaba - ′la que no tiene nombre′ -, se lo llevó para siempre. No pude evitar recordar aquel día el momento en que le conocí: una fría mañana de invierno, en su casa, al lado del Paseo de la Castellana. Era entonces un crío, pero hacía una revista literaria llamada Aura, con estudiantes de bachillerato de diferentes institutos de Madrid, que vendíamos al lado de la Cuesta de Moyano.

Allí publiqué mi primer artículo, nada menos que sobre la Praga del 68 y la Carta 77 de los intelectuales checos disidentes, a la vez que un breve comentario sobre mi héroe de adolescencia: Hemingway. En el último número de aquella revista, apareció una larga entrevista que hice a Fernández Santos en el salón de su piso, compitiendo su voz con el ruido de la máquina de escribir eléctrica, que estaba arreglando en su casa un técnico.

JESÚS FERNÁNDEZ SANTOS

El escritor nació en Madrid en 1926, pero su padre venía del pueblo donde murió, Cerulleda, en las montañas de León que dan con Asturias. Quedó huérfano de madre cuando tenía apenas año y medio. Había ido al mismo colegio que mi padre, la escuela de los Maristas de la calle Fuencarral. Vivió toda su infancia en el barrio de Chamberí, entre la soledad de su casa e interminables sesiones de cine. Es allí donde tiene su primer contacto con los protestantes españoles. Ya que vivía en Eloy Gonzalo, cerca de la capilla de los Hermanos en la calle Trafalgar, que luego visitaría durante un tiempo, para preparar la novela.

De hecho, aunque el libro comienza con la descripción del edificio de la Asamblea de Jiménez de Jamuz en León, los letreros que imagina al frente son los de la calle Trafalgar -así como la placa dedicada a los fundadores ingleses-. Con la guerra civil, sería evacuado a Segovia, que luego recreará en muchas de sus novelas. Curiosamente, la guerra le sorprende en San Rafael, donde yo pasé de niño algunas vacaciones de verano. Al volver a Madrid, su padre muere de repente. El mundo infantil se desvanece entonces bruscamente, para comenzar una nueva etapa que culminará con su paso por la Universidad durante los años cuarenta.

En la Complutense conocerá a Ignacio Aldecoa y Carmen Martín Gaite -que vienen de Salamanca, así como su futuro esposo, Sánchez Ferlosio, de donde vivía también mi familia-. En aquella época empieza a hacer teatro universitario -representando obras de Tennessee Williams y uno de sus autores favoritos, Eugene O’Neill-, pero se dedicará al cine. En la Escuela conocerá a Carlos Saura y hará sus primeros cortos. La mayor parte de su obra cinematográfica es documental -rodada mucha de ella para TVE-. De hecho sólo hizo un largometraje en los años sesenta, Llegar a Más -basado en uno de sus cuentos-, pero fue un desastre comercial. Era el crítico de cine en El País durante los años setenta -su sucesor, por cierto, Ángel Fernández Santos, no es familia suya, a pesar del apellido-.

NI REALISTA, NI SOCIAL

Fernández Santos pertenece, con Ferlosio y Aldecoa, a la generación que se dio en llamar realista en los años cincuenta. Se dieron a conocer por los cuentos que publicaban en la Revista Española (1953-1955), que hacía Rodríguez Moñino. Aunque han llevado siempre la etiqueta de ′realistas sociales′, aquellos narradores no creían que eran realistas, ni sociales.

A pesar de ser un habitual de la tertulia del Café Gijón, el escritor era alguien más bien introvertido y enfermizo. Su primera novela, del año 54, Los Bravos, trata la misma soledad y aislamiento que vemos en el Libro de las memorias de las cosas. Se desarrolla además en el mismo escenario, el pueblo de Cerulleda, que hay en León en las montañas lindantes con Asturias. Todavía recuerdo la madrugada en que lo acabé de leer, en la cantina de la estación de tren donde se cambiaba de vía para ir a Francia.

Como en su quinta novela -sobre los protestantes españoles que vivían dispersos por esa zona-, Los Bravos tiene un protagonista colectivo y utiliza una técnica de construcción de acciones paralelas y simultáneas. La obra, que está ahora también publicada en una edición de estudio de Cátedra, fue especialmente bien acogida por la crítica. En los años sesenta, su literatura se hace cada vez más intimista con Laberintos y El hombre de los santos, que recibirá el prestigioso Premio de la Crítica.

LOS PROTESTANTES EN LA GUERRA CIVIL

Como muy bien explica Fernández Santos en un artículo publicado en El País, la novela nace de tres encuentros con Lutero en el reino de León. El primero, el hallazgo de unas lápidas en un prado, donde estaba enterrada una familia convertida a la fe evangélica en Argentina. Me contaba en aquella entrevista que venía de hacer un documental sobre románico en la aldea leonesa de Peñalba de Santiago, cuando encontró aquellas tumbas, que supuso que eran de maquis -guerrilleros antifascistas de la postguerra-. No salió de su asombro cuando le dijeron que eran protestantes.

Al allí enterrado, Martin de la Cal, se le acusa en 1938 de ser comunista, aunque el verdadero motivo de su encarcelamiento era la enemistad del cura por ser evangélico. Tras cuatro semanas de cárcel fue puesto en libertad, para ser víctima de los maquis, que le golpearon brutalmente, falleciendo poco después en 1946. Este fue el personaje en que se inspira el molinero protestante de Los jinetes del alba (1984) -llevada a la pantalla por Vicente Aranda, para TVE-, fusilado por el ejército de Franco, después de ser rechazado por los republicanos. Movido por la curiosidad, empieza a visitar la capilla de Trafalgar.

Poco se podían imaginar los evangélicos que aquel hombre alto con gafas, que asistía a los cultos, iba a describirlos de la forma en que lo hace en el Libro de la memoria de las cosas. Aunque era agnóstico, Fernández Santos quiere entender su fe, lo que le lleva a investigar sus creencias y la situación de discriminación que viven en nuestro país. Particular impresión le hace un entierro en el cementerio civil de Madrid, cuyo muro pretende derribar con la novela -me dijo en aquella entrevista-.

SOLEDAD Y AISLAMIENTO

El libro hace referencia a tres momentos distintos de la Historia de los evangélicos en España. En primer lugar, la obra de los fundadores -Cecil y Sedano en la novela-, que son una combinación del matrimonio de Luis de Wirtz -constructor de la capilla en Marín, que tiene una entrevista con el Primer Ministro para obtener el permiso que le niegan las autoridades locales y provinciales- y la familia de Eduardo Turrall -cuyas hijas son la inspiración de las dos hermanas solteras que protagonizan la historia, Margarita y Virginia-.

Es un retrato intimista, bastante oscuro, en que la soledad y la frustración sexual se mezclan con las grandezas y miserias de esta pequeña comunidad. Esto es lo que no entendieron sus críticos evangélicos, que se fijaron sobre todo en sus errores y el legalismo de las normas, con las que comienza la novela. A muchos les parecerá exagerada la hipocresía y los excesos de la disciplina de esta comunidad, pero recuerdo que el autor me enseñó en aquella entrevista el libro de actas del consejo de una Asamblea -algo que era inusual ya entonces-, que él había conseguido y transcrito literalmente, en el relato del proceso de excomunión de Molina.

El cuadro que encontramos aquí es la situación después de 1968 -tras la aprobación de la ley de libertad religiosa del año anterior y el debate en torno al Registro, que provoca una división entre los protestantes-. Encontramos acontecimientos reales, como el Congreso Evangélico de Barcelona del año 69 -al que yo mismo asistí con mis padres de niño- narrados en la novela con todo detalle. Lo que más dolió al lector evangélico, es sin embargo la crisis en la que se encuentran ya estas comunidades en los años setenta. La segunda (Molina y Margarita) y tercera generación (Adela y Alfredo), están ya a punto de abandonar la iglesia.

LECTURA IMPRESCINDIBLE

Es por esto que considero esta novela imprescindible para entender la situación evangélica en España, tras la ley de libertad religiosa de 1967 y el comienzo de la secularización que viene con la Transición. Como me recuerda mi hija -que está leyendo estos días la novela, que le regalé por su cumpleaños, este curso que ha acabado la carrera de filología en Edimburgo-, es particularmente expresiva la conversación sobre la fe entre Muñoz y sus hijos -que encontramos en la pág. 300 de la anterior edición-. Después de que él predique sobre el pecado y el infierno, el hijo le dice que ya no puede creer en "la fe absoluta, cerrar los ojos y no pensar ya más".

Le explica el joven a su padre que "no existe esa fe de la que se hablaba en tiempos antiguos, sino la otra, que llega y vive y se mantiene, llena de dudas, que son las que, a fin de cuentas, te sostienen y ayudan." Dice: "Yo creo que ya pasaron los tiempos de decir, de afirmar: Esto es así, esto no, esto es verdad, esto es pecado. Yo te aseguro -Arturo se ha puesto la mano un poco dramáticamente sobre el pecho- que antes de condenar a nadie, tanto de entre nosotros, como de los que no lo son, de esos que llamamos del mundo, lo pensaría mucho, me andaría con tiento". El conflicto de estos jóvenes no puede ser más actual.

Como creyente, te sorprende especialmente cómo domina nuestro lenguaje el escritor, después de tres años frecuentando nuestros círculos. La jerga evangélica, lejos de disminuir, no ha hecho más que aumentar. Seguimos hablando en clave. Y nuestras expresiones piadosas dicen tan poco entonces como hoy. Las dos características que más resalta Fernández Santos, en su retrato de los protestantes españoles -el aislamiento y la influencia foránea-, siguen siendo rasgos distintivos de nuestro ámbito.

La intención del autor no podía ser mejor: ′A mí personalmente no me gustan las vallas ni los muros, nada, en resumen, que separe a unos hombres de los otros, y me preguntaba cuánto tardaría aún esa tapia en caer′ -en referencia al muro que separaba al cementerio civil del llamado ′campo santo′, símbolo que utiliza en una de las escenas más poderosas del libro, que incluye la predicación en un entierro evangélico-. ′Como yo soy narrador, quise hacer, y acabé haciendo, una novela, contada desde el lugar justo de esa misma valla, ni más allá ni más acá, desde la huella que dejará en la tierra un día, ese día que como tantos otros muros en España quede borrada y demolida y, lo que es más importante, definitivamente olvidada′.

No sabemos si ha llegado ya ese día, pero sin duda la novela de Fernández Santos ayuda a crear esa sociedad sin barreras. Su lectura será enormemente sugerente para todo el que se pregunta por qué se marchan los hijos de los creyentes de la iglesia. Nos habla con la honestidad del que ha intentado entendernos, más allá de nuestra jerga. Y como dice el profesor Sobejano, debe ser leída tanto por el hombre laico como por el preocupado por la religión. Otra cosa es el Evangelio, eso parece que no lo entendió Fernández Santos. Aunque, por lo menos, se asomó por encima de la valla.

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