Hegel: ¿Ha llegado el arte a su fin?

Sevilla, 6 de diciembre de 2014. Para muchas personas, la obra de arte es un objeto casi sagrado cuyo estatus artístico es incuestionable y eso lo convierte en un objeto superior a otros cualesquiera, lo cual hace que la praxis del artista sea también incuestionable
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Hace unos meses en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) en Sevilla ocurrió un pequeño revuelo. El artista chino Ai Weiwei trajo hasta el museo sevillano una muestra de algunas de sus obras más famosas. Entre ellas se encontraban varias toneladas de las famosas ′pipas de girasol′, su ′lámpara descendente′ o algunas vasijas del neolítico que datan de entre el 5000 y el 3000 a.C. que el artista había embadurnado de pintura industrial de colores para sorpresa de los más conservadores. La idea con esta última obra era cuestionar el valor de la obra de arte, y de hecho no es la primera vez que hace algo parecido: muy conocida es la tríada de fotografías en la que se ve a Weiwei arrojando al suelo y rompiendo en pedazos un jarrón chino de la dinastía Han con fecha de unos 200 años a.C. Con ello el artista nos hace reflexionar sobre qué valor tiene realmente una obra de arte e incluso sobre si tiene sentido que estos jarrones sean vistos como obras de arte.

Lo curioso es que en la exposición de Ai Weiwei en Sevilla, una anciana tropezó en una de las salas rompiendo sin querer una de las vasijas pertenecientes a la obra llamada ′El fantasma Gu bajando la montaña′ que originalmente estaba formado por 96 vasijas de porcelana. Finalmente el seguro del museo se hizo cargo del coste de la obra destrozada, pero es curioso que algo así le ocurriese a Ai Weiwei, habitual crítico del arte y de la historia del arte. Desde luego, si buscamos ser consistentes con su visión del arte, no tendría por qué reponerse el valor económico de la vasija, puesto que él ha destrozado otras obras y las ha utilizado como reclamo artístico.

Para muchas personas, la obra de arte es un objeto casi sagrado cuyo estatus artístico es incuestionable y eso lo convierte en un objeto superior a otros cualesquiera, lo cual hace que la praxis del artista sea también incuestionable. En varias ocasiones, de hecho, he escuchado que los museos podrían ser entendidos como iglesias laicas en las que el artista realiza en cierto modo el papel que tiene el sacerdote en una catedral (de ahí la imposibilidad de cuestionar lo que haga un artista). Ésta es una idea atrevida que podría ser discutida, pero si hay algo en lo que el arte nos recuerda hoy a la religión es que, a pesar de los vaivenes de sus varios milenios de existencia, el arte ha mantenido en sus cimientos ciertos rasgos religiosos.

Hegel, en sus obras sobre estética y filosofía del arte, hace referencia a aquellos años en la Grecia clásica en la que el hombre reflejaba su forma de vida en el arte. Para los griegos había tres aspectos que se ven resumidos en la obra de arte clásica: lo ético, lo artístico y lo religioso. Mientras que hoy, para nosotros, es difícil realizar un ejercicio de abstracción para ver a través de los ojos de aquellos habitantes de la Grecia clásica, sí que podemos comprender que para ellos arte y religión estaban identificados en la misma cosa, es decir, que por ejemplo para ellos la estatua de Zeus en Olimpia no representaba a Zeus, sino que era Zeus.

Hegel explica que desde el origen del arte las obras han estado dirigidas a mostrar la esencia de lo divino, puesto que el arte debe revelar la realidad espiritual del mundo, pero que una vez que pierde esta conexión con el ámbito espiritual (a lo que él llama ′lo absoluto′, que estaría formado por el arte, la religión y la filosofía), entonces el arte está condenado a finalizar. Esta tesis sobre el fin del arte no quiere decir, de todas maneras, que se haya llegado a un fin fáctico del arte, es decir, no quiere decir que la producción artística se detenga, sino que hay un cambio radical en todos los aspectos del desarrollo artístico, ya que hoy el arte parece estar condenado a tener que justificar su existencia continuamente. En la antigüedad, el arte era prácticamente autoevidente para toda persona que contemplaba una obra y tenía un papel social claro. Hoy, sin embargo, casi ninguna persona de a pie comprende el arte contemporáneo (más bien es habitual escuchar feroces críticas a los pintores y escultores surrealistas, por ejemplo) y los artistas necesitan proponer manifiestos u ofrecer explicaciones varias para que la persona media pueda entender su obra.

Heidegger, en su obra El origen de la obra de arte planteaba una idea parecida a la teoría hegeliana del fin del arte. Afirmaba que el templo griego era una obra de arte en el pasado, pero que ya no lo es, puesto que el arte es arte en la medida en que figura un mundo, y si ese mundo falta, entonces la obra deja de ser arte. Es más, el arte supondría un punto orientador fundamental de un pueblo, el griego en este caso, y en torno a la obra de arte se organizarían las orientaciones básicas del pueblo, que son el destino y la identidad.

El año pasado tuve la oportunidad de escuchar en Granada a Georg W. Bertram, profesor de la Universidad Libre de Berlín, hablar sobre estos asuntos y afirmaba que el arte siempre hará referencia, en este sentido, al pasado, a algo que ya no puede tener un desarrollo, es decir, hará referencia el antiguo papel social y a la conexión que el arte tenía para con el pueblo, una conexión que probablemente jamás llegue a recuperar.

Siempre me ha llamado mucho la atención la tesis hegeliana: se puede decir que a grandes rasgos el arte ha perdido su quehacer, su sentido, una vez despojado de la realidad espiritual. Lo cierto es que esto es una analogía al caso del ser humano: una vez que el hombre pierde la conexión con la realidad espiritual, pierde también su sentido y anda como gallina sin cabeza. Me recuerda a aquello que decía Isaías, ′¡Dejen de confiar en el hombre, que es muy poco lo que vale! ¡Su vida es un soplo nada más!′ (Isaías 2:22), y también a lo que decía Jesús en el evangelio de Juan, ′Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada′ (Juan 15:5). Y es que si no fuese por Dios, me pregunto qué es lo que daría sentido al ser humano.

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ARTE Hegel Escrito por Miguel Palomo el () . Hasta el día de hoy esta página ha tenido 2635 visitas.


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