Elmer Gantry: El fuego y la palabra

Madrid, 3 de mayo de 2005. Esta semana se ha vuelto a emitir en televisión la película El fuego y la palabra. Esta vez acompañada de un coloquio con algunos de los habituales contertulios del programa de José Luis Garci ¡Qué grande es el cine!, en ese reducto cultural que es todavía La2 de TVE. Juntos diseccionaron este sorprendente relato sobre el mundo del evangelismo popular en Estados Unidos. Basada en una novela del Premio Nobel norteamericano de los años veinte, Sinclair Lewis, esta historia se ha convertido en todo un prototipo de la manipulación religiosa que hacen algunos predicadores evangélicos.
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Curiosamente la semana pasada habían estado comentando también en ese mismo programa otra película que se desarrolla en ese mismo ámbito protestante de la América profunda, La gran prueba de William Wyler, que sigue en este caso los problemas de conciencia de una familia cuáquera al principio de la guerra civil americana. Aunque el tema del pacifismo resulta ahora algo más conocido que en la América de los años cincuenta, cuando se hizo esta película, sobra decir que las creencias y prácticas de los Amigos resultan tan incomprensibles para los contertulios de Garci como para los evangélicos hoy entender los problemas del personaje de Gary Cooper para introducir un armonio en su casa, cuando eso de cantar himnos era sólo cosa de metodistas. No es raro por lo tanto que ninguno de los participantes entendiera el título de la película, Friendly Persuasion, que hace referencia al nombre en inglés que se suelen dar los cuáqueros, Friends / Amigos. Ya que no nos engañemos, por muy pacifistas que queramos ser, el entorno lírico de esta historia rural no es suficiente para darse cuenta de los problemas de conciencia de esa familia cuáquera, sobre la que Garci no pudo menos que decir al final, que esa vida le parecía francamente aburrida, ′todo el día con la Biblia′ .

Si al director de cine Antonio Giménez Rico, las creencias de los cuáqueros le parecían absurdas e irracionales, no es extraño que tampoco pueda imaginar la atracción que pueda ejercer un evangelista tan manipulador como el que interpreta Burt Lancaster en El fuego y la palabra (1960). El crítico de ABC Oti Rodríguez Marchante y el guionista Miguel Rubio hicieron algo más de esfuerzo para entender este mundo tan increíble para los españoles como son las campañas de esos predicadores norteamericanos que recorrían el país con sus carpas, siguiendo unos métodos en realidad muy similares a los que luego usaran los televangelistas. Esta película dirigida en 1960 por Richard Brooks se basa en una novela del primer escritor en recibir el Premio Nobel de Literatura en Estados Unidos, Sinclair Lewis (1885-1951), que es poco conocido en España. Su libro lleva el mismo titulo de la película, el nombre del predicador que interpreta Burt Lancaster, Elmer Gantry (1927), que se ha convertido en una expresión habitual en Norteamérica para describir a este tipo de personajes.

El papel que interpreta el actor que ganó el Oscar por esta película, es el de un oportunista, que es una especie de vendedor ambulante. En la novela es todavía más fuerte, ya que se trata de un ambicioso pastor bautista que decide dedicarse al evangelismo, acabando como pastor de una gran iglesia metodista. Pero en la película como en el libro no cabe duda de la hipocresía de Gantry, que nunca es puesto verdaderamente en evidencia. Aunque está a punto de ser descubierto en un burdel con su amante, la prostituta que interpreta Shirley Jones, siempre parece salir airoso de todos sus problemas. Gantry es en ese sentido un solemne recordatorio de que sólo un día se verá los que realmente conocen a Jesús, aunque hablen en su nombre y hagan incluso milagros (Mateo 7:22), como pretenden los organizadores de este tipo de campañas.

Gantry es al fin y al cabo un farsante, por lo que el personaje más interesante para mí es el que representa la predicadora que hace Jean Simmons. Alguien totalmente sincera, pero que es sin embargo la verdadera responsable de todo este montaje, ya que es ella realmente la estrella del espectáculo. Esta mujer es amable y buena. Su belleza logra enamorar a Gantry, que se muestra dispuesto a abandonar la bebida, el tabaco y el juego, a causa de ella. Busca realmente el bien de las almas, pero no habla más que de amor. Su vacío mensaje se convierte así en algo terriblemente manipulador. En ese sentido aunque sigue habiendo muchos Gantry por el mundo, todavía hay más como ella, sobre todo en el mundo evangélico. Gente con las mejores intenciones, pero que traen la ruina espiritual a infinidad de personas. Aunque eso sí, lo hacen ′de corazón′.

El tercer personaje de esta historia es un observador, que hace aquí el gran actor secundario Arthur Kennedy, un periodista que sigue estas campañas, escribiendo unos artículos devastadores para los evangelistas. Es alguien que representa en cierto sentido a Lewis, el autor de esta historia, que se enfrentó a la censura en muchos lugares, llegando a desafiar al propio Dios desde un púlpito, dándole un cuarto de hora para caer fulminado. No hay duda que él buscaba publicidad y polémica, pero también es cierto que la figura de su evangelista se basa en una persona real, que provocó un gran escándalo cuando se escribió esta novela. Se trata de Aimee Semple McPherson (1890-1944), la fundadora de la Iglesia del Evangelio Cuadrángular. Esta evangelista llegó a ser una conocida predicadora pentecostal en los años veinte, haciendo sanidades como Simmons, que en la película parece que cura realmente a un sordo.

Pionera de la evangelización por la radio, McPherson era conocida entonces como La Hermana. Sus campañas fueron enormemente populares durante los dificiles años de la Depresión norteamericana, pero un oscuro episodio eclipsó su reputación, al desaparecer un día como en la película, no por un fuego, sino aparentemente ahogada en una playa, siendo encontrada después en México. Dijo que había sido secuestrada, aunque todo parece dar a entender que se marchó con uno de sus colaboradores. Esta relación la llevó entonces hasta los tribunales, siendo acusada de perjurio, soborno y obstrucción a la justicia. Los cargos del fiscal fueron desechados finalmente por falta de evidencias, pero la prensa la ridiculizó cada día, acabando con todo su reconocimiento. Su iglesia sobrevivió, a pesar del apoyo que le dió, ya que ella siempre negó las acusaciones, y ha tenido obra misionera en nuestro país desde hace muchos años.

El único personaje positivo aparece en realidad en la novela. Se trata de un viejo pastor de una pequeña iglesia de pueblo por la que pasa Gantry. Después de una larga perorata con su falso lenguaje piadoso, el anciano pastor le suelta de repente al charlatán: ′Y usted. ¿cuándo dejó de creer en Dios?′. Aquel ministro resulta ser un verdadero hombre de Dios, que capta en seguida a quién tiene delante. El fuego y la palabra es en ese sentido una serie llamada al discernimiento en medio de una credulidad evangélica que acepta las pretensiones de cualquier personaje que pretenda tener un ministerio de aparente bendición. Pero si alguna lección nos deja Pablo en 2 de Corintios es que Dios no busca éxito, sino fidelidad. A Él no le impresionan nuestras historias de triunfo y prosperidad. Dios hace su obra por medio de la debilidad, y un día se verá sobre qué fundamento hemos edificado (1 Corintios 3). ′La obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada′ (v. 13). Ya que no lo olvidemos, nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo′ (v. 11). El fuego pondrá así en evidencia la Palabra.
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