Franz Kafka: El transporte desde la vieja celda

Barcelona, 23 de enero de 2011. Como le ocurría a Caín al principio del relato bíblico, Franz Kafka parecía sufrir por las marcas que le identificaban como un ser fuera de lo normal. El sensible autor de Metamorfosis comienza ésta su obra más conocida con un personaje que después de un sueño agitado, se encontró en su cama convertido en un insecto monstruoso.
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Franz Kafka es considerado uno de los escritores más influyentes del Siglo XX a pesar de que, debido a su prematura muerte, dejó la mayor parte de su obra inacabada. Muchas de sus más importantes obras han llegado a nosotros gracias a que su propio amigo Max Brod desobedeció su último deseo: ′Querido Max, -le escribió personalmente- mi último deseo: todo lo que dejé detrás, los diarios, los manuscritos, las cartas, las mías y las de otros, bocetos y todo lo demás debe ser quemado completamente sin haber sido leído′.

Torturado por el desamparo, el insomnio y una salud frágil, muy a menudo se lamentaba de la misma existencia: ′Una primera señal de conciencia incipiente es el deseo de morir -escribía en uno de sus Aforismos de Zürau- Esta vida parece insoportable; otra, inalcanzable. Ya no nos avergonzamos de querer morir; pedimos ser trasladados de la vieja celda, que odiamos, a una nueva, que apenas aprenderemos a odiar. Un resto de fe continúa operando, por si acaso durante el transporte apareciera el Señor por el pasillo, mirara al prisionero y dijera: "A éste ya no lo vuelvan a encerrar. Éste viene conmigo"

Más allá del mundo de los sentidos

Franz Kafka pasó los últimos años de su vida profundizando en los libros sagrados del judaísmo. Abundan en sus apuntes las consideraciones acerca del pecado y la culpa. En sus relatos, siempre nostálgico de un paraíso perdido, describe mundos oníricos dónde los límites entre la realidad y la fantasía son prácticamente imperceptibles.

Algunos, como el escritor alemán Thomas Mann, han visto en sus relatos reflexiones alegóricas de Dios. Otros han querido ver alegorías políticas, sociales, filosóficas o psicológicas, normalmente en beneficio de sus propios intereses. Todos, sin embargo, deberíamos evitar las simplificaciones pues en cualquier caso creo que la clave la da él mismo: las alegorías, decía él, son necesarias cuando lo que se quiere expresar va más allá de los sentidos. Más exactamente Franz Kafka escribía: ′Para todo aquello que va más allá del mundo de los sentidos, no podemos acudir al lenguaje más que en forma puramente alusiva′.

En novelas como El Castillo la solución a la desdicha suele estar exclusivamente en manos de seres inaccesibles y sin su apreciada e inalcanzable ayuda todo se sucede en un delirante sin sentido. El protagonista de Ante la Ley, por ejemplo, un hombre llegado de lejos es impedido durante años a cruzar la puerta de la Ley hasta que cuando el hombre agoniza, el Guardián le dice al oído con voz atronadora: "Ninguna otra persona podía haber recibido permiso para entrar por esta puerta, pues esta entrada estaba reservada para ti. Ahora me voy y cierro la puerta".

El hacha para el mar helado que hay en nosotros

Por la envergadura y constancia de su obra, entendemos que su perfil no responde al de una persona incapaz de asumir retos. Más bien corresponde al de una persona privilegiadamente capaz de ver más allá, y de valorar correctamente el precio que tomaría llegar hasta ese más allá. Lejos de lo que le puede parecer a muchos que juzguen superficialmente a Franz Kafka, analizándolo psicológicamente o reduciéndolo a una formula conductista, lo que le llevaba a dar esa desafortunada descripción del mundo no era un supuesto derrotismo sino precisamente un enorme vitalismo.

En un mundo que consideraba hostil y caído en desgracia para todos, Franz Kafka trabajaba esforzadamente en escribir libros que no complaciesen los sentidos. ′En definitiva, -decía- creo que sólo deberíamos leer libros que nos desgarren y quemen por dentro. Si el libro que estamos leyendo no nos agita y nos despierta como un golpe en la cabeza, ¿por qué deberíamos molestarnos en leerlo?... Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como la peor de las desgracias, como la muerte de un ser al que queremos más que a nosotros mismos, que nos hacen sentir como si hubiéramos sido desterrados a los bosques, lejos de cualquier presencia humana, como el suicidio. Un libro debería ser el hacha para el mar helado que hay en nosotros ′.

Su biblioteca personal incluía títulos de Gustave Flaubert, Miguel de Cervantes, Fiodor M. Dostoievski, Arthur Rimbaud y por supuesto del danés Sören Kierkegaard, padre del existencialismo. A pesar de considerar a este filósofo cristiano como a un amigo, con quien creía compartir ′la misma parte del mundo′, quiso también mantener con él las distancias. A diferencia de Franz Kafka, Kierkegaard era notablemente más dado a la ′decisión′ que a la ′perpetua sucesión del cálculo′ -como lo definía el propio Max Brod.

A pesar de haber estudiado derecho en su biblioteca sorprende la ausencia de libros sobre ciencia; apenas un único libro sobre leyes. Por el contrario abundaban títulos relacionados con el sionismo, el judaísmo o los profetas del Antiguo Testamento de la Biblia. No es por tanto coincidencia que la descripción del género humano que hace Franz Kafka recuerde muy a menudo la descripción del profeta bíblico cuando dice: ′Palpamos la pared como ciegos, y andamos a tientas como sin ojos; tropezamos a mediodía como de noche; estamos en lugares oscuros como muertos. Gruñimos como osos todos nosotros, y gemimos lastimeramente como palomas; esperamos justicia, y no la hay; salvación, y se alejó de nosotros′ (Isaías.59:11). Según la Biblia el pecado nos separa de nuestro sentido original como seres humanos y pocas personas sin fe han sido capaces de describirlo tan elocuentemente como lo ha hecho Franz Kafka.

A éste ya no lo vuelvan a encerrar.

Su muerte por tuberculosis a los 40 años le evitó de un casi seguro viaje a la cámara de gas con sus hermanas. Allí habría podido confirmar una vez más cuán a menudo, fuera del paraíso, la realidad puede superar las peores pesadillas.

Por nuestra tendencia a juzgar con facilidad, pocas veces reparamos en el drama que supuso para Caín su condena a ser ′errante y extranjero en la tierra′ (Génesis 4:14). Si lo hiciésemos, descubriríamos que tampoco hay tanta diferencia entre nuestro estado natural y el estado de Caín.

El apóstol Pablo decía: ′A la verdad, como éramos incapaces de salvarnos, en el tiempo señalado Cristo murió por los malvados. Difícilmente habrá quien muera por un justo, aunque tal vez haya quien se atreva a morir por una persona buena. Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros.′ (Romanos 5:6)

Quiera Dios que seamos capaces de verlo a tiempo; capaces de ver cómo, efectivamente, en el camino a nuestra nueva celda aparece el Señor por el pasillo, y mirándonos, nos dice: "A éste ya no lo vuelvan a encerrar. Éste viene conmigo′.

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