Fleur Jaeggy: EL TEMOR DEL CIELO

Barcelona, 2 de noviembre de 2009. ′Un grupito se puso de pie y empezó a cantar. En rededor. Voces bellas y suaves. ‘Los sueños ya no existen’. La voz del pastor parece más lejana, como lejanas parecen las palabras ‘dolor’ y ‘alivio’. Han perdido su configuración. Y también el tiempo se ha parado. La iglesia se vio envuelta por la torpeza de pensamientos ahogados. Golpeaba aquellos rostros un desapego profundo y atávico, pero no sumiso. La muerte no conmueve. Está en el orden de las cosas. La salvaje clandestinidad de las cosas simples.′
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Así es un funeral según Fleur Jaeggy, en su libro de relatos El temor del cielo, una serie de siete historias crudas, en el sentido de sangrantes y tiernas a la vez, que en España se encuentran editadas en Tusquets, con un excelente trabajo de traducción de Flavia Company. Por una vez, podemos leer en un texto cuidadas referencias al protestantismo, y un uso perfecto de términos como ′evangélico′ en lugar de ′evangelista′, ′pastor′ y no ′reverendo′, ′culto′ por ′misa′, etc… hallando en este contexto espacio para desarrollar unas historias claustrofóbicas y realmente inquietantes. El pastor que describe Jaeggy se parece al padre McKenzie de Eleanor Rigby, sacudiéndose el polvo de las manos tras un servicio estéril, donde nadie se salva. Es igual en el relato Una esposa, y en otra novela corta de la autora, Proleterka. Es una especie de pesado desencanto por la autoridad, por la formalidad, hacia aquello que se aproxime a una liturgia de los sentimientos; una lejanía del concepto habitual de la literatura suiza, pura y liviana, de nacimiento de manantial.

Jaeggy se encamina hacia el final del manantial, en el punto donde el agua sigue conservándose fría, pero deja una insaciable sequedad en la boca, donde se ha mezclado con el limo, las hojas, y donde ha bebido el lobo. La escritora de Zurich, residente en Milán, escribe en áspero italiano, encaja como nadie sabe hacerlo esporádicas palabras en alemán con todos los sentidos posibles, y deja escapar un viento glacial que ′va siempre a lo esencial y, como si tuviera bien aprendida la involuntaria lección de Kafka, consigue muchas veces en una sola página, y a veces en una sola línea, que se haga visible de golpe, a modo de repentina revelación, la estructura desnuda de la verdad′, comenta sobre ella Enrique Vila-Matas. Su delicada voz inolvidable nos coloca ante historias salvajes, frente a personajes en constante contradicción, propensos al mal, solitarios, que se preguntan si serán capaces de vestirse de Caín, repletos de secretos y de paseos delirantes entre lápidas.

′Eran sus pertenencias: calcetines de muda, un traje de paño oscuro, la Biblia y los zapatos amarrados con un lazo. Tienen dieciocho años. En la casa hay moho y sobre la mesa, una tacita rota en dos partes iguales. Era como la señal del destino: la habrían pegado, unido, como sus propias existencias′ (del relato Los gemelos)

Es imposible hablar de Fleur Jaeggy sin destacar su uso de las metáforas, que son invisibles, aunque parecen estar situadas ahí para asaltarnos en cualquier momento. Pero nada es tan dinámico en su obra. El bosque emite sonidos, pero apenas vemos nada que realmente se mueva en su profundidad, ahí está el terror. Los relatos de Jaeggy son quietos, se masca el peligro, ocurren algunas acciones muy concretas, y la acción se despliega con lentitud asombrosa. Es la espera lo que atormenta a sus personajes, el desasosiego pegado a la carne, y luego la impronta analfabeta del hombre en el mundo.

′La primavera se cuela burlona por las ventanas. Y cuando se mostraba la aurora, una luz apenas empapada de amarillo traicionaba la eternidad de un día. Comen en silencio. Mastican lentamente. Son presa de una especie de fútil y obstinada melancolía.′ (Los gemelos) Sin embargo, en la sobriedad se filtra algo de luz. Jaeggy siempre deja un resquicio de hambre por la luz. En el relato La casa gratuita, un cartel en una calle descuidada dice así: ETERNO, TÚ ME EXPLORAS Y ME CONOCES, TÚ SABES CUÁNDO ME SIENTO Y CUÁNDO ME LEVANTO. Los habitantes encerrados en sus relatos siempre esperan la absolución, una absolución que aparece de un modo u otro, contenido como la verdad es contenida. Y glacial. Así nos lo enseña el relato Una esposa:

′Es invierno. La nieve cubre el campo e iguala la tierra bajo un sopor terrorífico. Tal vez sólo las verdades últimas pueden aportar felicidad a la campesina Ruegg. Como el paisaje invernal, barrido por una paz angelical y antigua, sus pensamientos están sepultados bajo el hielo. Pensamientos exentos de palabras. Inercia sacra′
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