Enmanuel Carrère: El adversario de Carrère

Madrid, 18 de julio de 2004. Hay libros cuya lectura produce un profundo desasosiego. A veces ni el autor mismo es capaz de soportar su escritura. Por eso cuando Emmanuel Carrère acabó El Adversario, la primera obra que ha hecho en primera persona, durante varios meses no quiso que se publicase. La historia se basa en un hecho real ocurrido en Francia, el caso Romand, con el que se identificó tanto el autor, que entró en una seria depresión. Su relato lo ha editado Anagrama, y lo han pasado al cine, entre otros un director novel, Eduard Cortés, que acaba de inspirarse en él para hacer su opera prima, La vida de nadie, una película interpretada por José Coronado y Adriana Ozores.
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Su protagonista es ese falso funcionario de la Organización Mundial de la Salud, que mató a padres, hijos y esposa, para que no descubriesen que durante dieciocho años, en vez de ir a trabajar, salía de casa para pasar el día paseando, leyendo revistas o en un aparcamiento. Una historia tan escalofriante, que no es extraño que Carrère se obsesionará por intentar saber las razones que llevaron a Romand a construirse esta segunda vida, derrumbada tan trágicamente. Cortés ha querido llamar por eso a su película, La vida de nadie, para mostrar ese enorme engaño en que estaba basada la existencia de este hombre. Pero el título de Carrère es mucho mas enigmático, El adversario. Este acercamiento al misterio del mal, tiene como referencia uno de los nombres que se da al diablo en la Biblia.

Está claro que el diablo no es Romand, sino alguien que habita dentro de él, que lo obliga a mentir desde pequeño, para proteger a su madre. Y un día cuando estudia segundo de carrera decide licenciarse, aunque en realidad está suspendido. A partir de entonces pretende ser médico, sin serlo. Se presenta como un experto financiero, cuando sólo es un estafador. Lo único real es el amor de su familia, que no puede soportar ver destruido al descubrirse la verdad con la aparición de una joven estudiante. Por eso les mató. ¿Un crimen altruista?, ¿quién es Romand?, ¿una víctima, o un verdugo?. Estas son las preguntas que obsesionan a Emmanuel Carrère, y nos intrigan a cada uno de los que leemos este libro.

El autor, un conocido especialista en la ciencia ficción metafísica de Philip K. Dick (1928-1982), sobre el que ha escrito un libro de ensayos, es también guionista de cine. Al acercarse al caso Romand, intentó crear una estructura literaria más bien polifónica, como hace Truman Capote en A sangre fría. Pero la intención de Carrère no era ofrecer un retrato de una sociedad enferma, menos aún resolver un misterio, al estilo de una novela del tipo quién los mató. Lo que este escritor francés busca es el enigma de la atracción del mal. Por ello la tragedia irrumpe en su vida al descubrir en Romand la terrible imagen de su propio rostro, al contemplar el personaje como si de un espejo se tratara.

Carrère ha dicho que no sabe si El adversario es una oración o una blasfemia. Porque en su novela (roman en francés suena igual que Romand), hay un grito de desesperación que recuerda a la búsqueda del Creador en historias como Blade Runner (la película dirigida por Ridley Scott en 1982, basada en la novela que Dick escribió el año 68, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?). En ella los replicantes, que son creaciones humanas como el monstruo de Frankenstein, se rebelan ante su mortalidad. Así el mito de Prometeo va adquiriendo cada vez más una mutua dependencia entre el monstruo y su creador, como Fausto y Mefistófeles, Jekill y Hyde. Aunque planteados como una dualidad, son en realidad una doble personalidad del mismo hombre, algo así como su sombra. De ahí la conclusión de Fausto: ′El Infierno está en nosotros′. Pero como el replicante Roy, el monstruo de Romand quiere eliminar a su creador, para en ese deicidio encontrar la libertad.

¿Hay que volver entonces a proclamar la muerte de Dios?. Jesús dijo que la verdad nos haría libres. Tenemos que reconocer que todos llevamos máscaras para intentar ocultar esa parte de nosotros que tanto nos desagrada. Pero la buena noticia del Evangelio es que ya no necesitamos escondernos mas. No hay necesidad de aparentar. Podemos mostrarnos tal y como somos. El Dios que no solo nos ha creado, sino que conoce lo mas íntimo y oculto de nuestro ser, está dispuesto a aceptarnos por su sola gracia. ′Si en mi corazón hubiese yo mirado la iniquidad′, dice el Salmo 66, ′el Señor no me habría escuchado, mas ciertamente me escuchó Dios′ Pero no por mi justicia, sino por la de Cristo, es que no aparto ′de mí su misericordia′. Ese es el escándalo de la gracia, pero también la maravilla del perdón.
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