En La Ciudad: Ttodos tenemos secretos

Madrid, 4 de agosto de 2005. ′Todos tenemos secretos′, dice la publicidad de la nueva película que ha dirigido el catalán Cesc Gay, En la ciudad. Las vidas de una docena de personajes se entrecruzan en Barcelona con lazos de amistad y traición, en una historia donde nadie dice realmente lo que piensa, ni hace lo que siente. Esta película astuta. inteligente, y hasta enigmática, crea una extraña desazón, al vernos identificados con personas que no son lo que aparentan. ′Todo el mundo esconde algo′, dice Gay. Pero la cuestión es ¿qué hacemos ello?, ¿cómo cargar con semejante peso, a solas, en nuestro interior?, o ¿es acaso posible dejar de tener una doble vida?.
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La gente que vive En la ciudad son más bien de clase media, sin grandes apuros económicos, la mayor parte de ellos con profesiones liberales: un arquitecto (Eduard Fernández), que vive con una figurinista de teatro (Vicenta Ndongo), una fotógrafa casada (Mónica López), un músico separado (Alex Brendemühl), que tiene una relación con una alumna suya adolescente, o una dependienta soltera de una librería (María Pujalte), un profesor de filosofía y hasta un controlador aéreo. Son vidas más o menos grises, parecidas a la de tantos millones de seres humanos, pero que alcanzan a penetrar en el ánimo del espectador, llegando a conmovernos en ocasiones. Su existencia refleja las vivencias de toda una generación que ha descubierto a los 30 años que no son más felices, ni libres, que lo eran sus padres.

Cesc Gay (Barcelona, 1967) debutó con una extraña película, rodada en una habitación de un hotel de Estados Unidos, Hotel Room (1998). Algo así como un experimento, ya que estaba hecha con poquísimos medios y en blanco y negro. Su siguiente largometraje fue una adaptación de una obra de teatro bastante más popular, en torno a la sexualidad y la adolescencia, llamada Krámpack (2000). Pero ha sido En la ciudad la que ha despertado un gran entusiasmo en todos los medios, a raíz de su presentación en el Festival de Cine de San Sebastián. Es un guión sabiamente escrito, que narra con elegancia las peripecias de un conjunto de personajes que se encuentran y desencuentran, con una puesta en escena que va más allá de lo habitual en el cine español, en el uso de elementos como el plano secuencia. Su cuidada construcción muestra de hecho una sutileza tal, que nos recuerda a las grandes películas corales que desde los setenta han hecho autores como Robert Altman o Alan Rudolph, cuyos imitadores parece que se han multiplicado estos últimos años.

En la ciudad es una historia de vidas cruzadas, que va construyendo un relato fragmentario, que muestra todo un catálogo de situaciones personales, que van permitiendo multiples variaciones combinatorias. Así los personajes se encuentran y rehuyen en una Barcelona de diseño, en la que sin embargo late de repente la verdad de una réplica, una mirada, un gesto o un silencio, que muestra el singular valor de una emoción. Este puñado de amigos y conocidos, tomados de dos a dos inicialmente, o sea por parejas, se irán desenvolviendo en un cuadro urbano marcado por las relaciones sentimentales. No hay aquí por lo tanto problemas laborales, económicos o familiares, pero sí la realidad de una soledad, que esconde grandes secretos.

Los protagonistas de estas historias recurren a muchas mentiras para disfrazar una realidad que les resulta poco atractiva. Pero la verdad es que todos llevamos máscaras en esta vida para intentar ocultar aquellas cosas que nos disgustan. Lo hacemos de diferente forma. Algunos aparentan autosuficiencia, otros buscan compasión. Unos se esconden bajo una supuesta frialdad intelectual, otros bajo un aspecto físico imponente. Muchos dan la impresión de divertirse siempre, y otros de profunda indiferencia. Y hay quien ha desarrollado tal esquizofrenia que asume diferentes personajes según el lugar o la persona con que se encuentre...

Queremos ser libres, pero no nos atrevemos a mostrarnos tal y como somos. ¿Por qué? La realidad es que no nos gusta cómo somos, porque muchas veces hacemos lo que no debiéramos, pero no queremos renunciar a nuestras ilusiones sobre nosotros mismos. Preferimos pensar que tenemos un gran corazón, aunque nuestros mejores deseos estén podridos de egoísmo. Creemos ser libres, pero estamos esclavizados por tantas cosas que nuestra libertad no es sino una ilusión.

Jesús cuenta una historia sobre alguien que deja su casa buscando libertad. Quiere lo que su padre le da, pero le molesta su presencia tanto, que le gustaría que estuviera muerto. Por eso reclama su herencia para irse lejos. Allí pierde todo lo que tiene, y siente hambre, pero entonces ya nadie le da nada. Descubre que la libertad se acaba en manos de los intereses de otros.. En la soledad de esta ciudad a veces sentimos nostalgia de esea casa, y la libertad que viene cuando confias en una persona a la que realmente importas.

Toda nuestra búsqueda del amor apunta a esa realidad última de una relación profunda y verdadera que nos haga verdaderamente libres. Pero el único que puede dar significado a nuestra vida es Aquel que nos ha creado. El filosofo ateo Sartre decía: ′No puedo dudar que Dios no exista, pero todo mi ser clama al Dios que no puedo negar′. Al reconocer que estamos perdidos, nos damos cuenta quiénes somos en realidad. Y ese es el primer paso para conseguir la verdad que nos hará libres, de la que nos habla Jesús.

Nadie quiere reconocer su culpa, pero al querer vivir independientemente de las reglas de Dios no incumplimos una serie de leyes impersonales, sino que ofendemos a Aquel que nos ama tanto que ha dado lo que más quería por nosotros: su propio Hijo. Ese es el misterio de la cruz, algo tan extraño como aquel padre que corre loco de amor y compasión hacia el que ha roto su corazón. Sus brazos abiertos de aceptación incondicional nos ofrecen la libertad de no tener que aparentar nunca más lo que somos. Es así como el Padre nos acepta en su familia y en su fiesta, cuando nos presentamos ante él tal y como somos. Y la sorpresa es que el no nos va a hacer entonces pagar por todo lo que hemos hecho, como en una historia parecida que Buda cuenta, sino que por Cristo nos recibe en su misericordia, dándonos la vida y la justicia que nosotros no tenemos, como un regalo inmerecido.

Nuestra libertad tiene un precio, pero la buena noticia es que Alguien lo ha pagado por nosotros. Agradecidos a Él, queremos vivir por eso una vida diferente. No ya para ganar su favor, sino en reconocimiento a tanto amor como de Él hemos recibido. Seguimos viniendo a Él, a pesar de todos nuestros fallos, sabiendo que Él nos recibe, aunque tantas veces fracasamos. Porque Él nos conoce, y sabe de nuestras debilidades, pero en Cristo Jesús nos acepta. La fe no nos hace así esclavos de las apariencias, sino que nos da la libertad de vivir como hijos de un Padre amante.
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