Elefante blanco: Las buenas intenciones del Elefante blanco

Madrid, 24 de julio de 2012. Vivimos en un mundo lleno de egoísmo, pero en el que no faltan buenas intenciones, como demuestra la película argentina Elefante blanco. Aunque ha sido promocionada entre el público cristiano -se hizo un pase para la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, antes incluso que en el festival de Cannes-, es sin embargo una crítica demoledora sobre la religión, o por lo menos la posibilidad de que la fe pueda cambiar el mundo. El bonaerense Pablo Trapero nos muestra aquí su fascinación por las causas perdidas, pero también el evidente ′fracaso del altruismo′ -como ha dicho Ángel Quintana-.
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Esta producción hispano-argentina cuenta de nuevo con el atractivo de Ricardo Darín, que hace el papel de cura -nuevamente en un papel dramático, muy diferente al registro de comedia que le ha hecho popular-, junto con el actor belga Jéremie Renier -que hace aquí su primera incursión en el cine de habla hispana, después de haberse dado a conocer con los hermanos Dardenne-. Los dos sacerdotes representan dos generaciones con diferentes actitudes ante el problema pastoral, a los que se une una trabajadora social -interpretada por la esposa del director, Martina Gusman-, que intenta ayudar a los vecinos con talleres, actividades de rehabilitación y apoyo escolar.

CRISIS DE FE

El personaje de Darín -Julián- es un sacerdote católico, que hace una ′labor más social que pastoral′ -como bien observa Gregorio Belinchón en un medio tan poco religioso como El País-. Estamos, por lo tanto, ante una visión de la Iglesia cercana a la teología de la liberación, que lucha contra una jerarquía sospechosa de corrupción en un proyecto del que no queda más que una mole espectral de cemento. Las ruinas de este hospital son como un esqueleto, símbolo de la inutilidad de las buenas intenciones en uno de los barriadas marginales de Buenos Aires, la Villa 15, General Belgrano -conocida como Ciudad Oculta, por el muro que construyó la dictadura en el Mundial de de fútbol de 1978-.

El cura que encarna Renier -Nicolás- es bastante más complejo. Superviviente de un ataque del Ejército en una selva centroamericano, en el que fueron asesinados varios de sus compañeros, vive ahora corroído por la culpa de haberse escondido para huir y su evidente atracción por la trabajadora social -Luciana-, con la que acaba teniendo una relación. ′Los tres personajes están pasando una gran crisis con muchos puntos en común -dice Trapero-, como su relación con la fe′. Puesto que para el director ′hay muchas maneras de fe: en el otro, en tus convicciones, en tus acciones, en un ser superior′. Darín dice, de hecho, que la película le ha enseñado a dudar de su falta de fe.

¿CRÍTICA A LA IGLESIA?

Elefante blanco nos muestra, según Trapero, que hay ′problemas estructurales, políticos, sociales, económicos, que no puede resolver un asistente social, ni un cura, ni una persona que desinteresadamente se acerca a la villa, para intentar trabajar con la gente del barrio′. Darín no se considera la persona ′más indicada para hacer un análisis sobre la estructura eclesiástica, ni de su funcionamiento′, pero ve una ′cierta resignación ante las cosas que no se resuelven′. Aunque ′de todos modos el esfuerzo′, le parece ′válido′. La película pretender ir por eso, según él, ′más allá de una crítica a la Iglesia en sí′.

La película hace referencia al Padre Mugica (1930-1974), vinculado al movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, que trabajando en la Villa del Retiro de Buenos Aires, fue asesinado después de celebrar misa en Villa Luro. El crimen, que nunca ha sido aclarado, se cree que fue obra de la Triple A -la Alianza Anticomunista Argentina-, aunque mantenía una postura crítica hacia los Montoneros, por su uso de la violencia. Como dice Horacio Ríos, ′fue un paradigma de su tiempo, a la vez que una contradicción en sí mismo′. Ya que era ′hijo de una familia de clase alta, que ofrendó su vida por los más humildes′. Amenazado por la derecha y la izquierda, dijo: ′no tengo miedo de morir′. A lo que añade: ′De lo único que tengo miedo es de que el Arzobispo me eche de la Iglesia′.

SIN FUTURO

Esta no es una película católica, aunque no se vea otra Iglesia en las ′villas miseria′. La clave está, para mí, en el Elefante blanco, el antiguo edificio inacabado, que en su día iba a ser uno de los mayores centros hospitalarios de América Latina. Sus ruinas son aquí símbolo de ′un mundo que nunca podrá construirse′ -como dice Quintana-. Los seres que viven en este universo marginal, escondido tras la vida urbana, parecen ′condenados a transformarse en poco más que el esbozo vivo de un proyecto que nunca llegarán a realizar′.

En esta oscura historia sin esperanza, ′los protagonistas se cruzan con la violencia del narcotráfico, con las cargas y redadas de la policía, con las venganzas entre bandas que producen terribles asesinatos, con las manifestaciones de los vecinos que reclaman mejores condiciones y con una adolescencia sin oportunidades que acaba esnifando cola como acto de supervivencia′. En este mundo, la fe se ve sobrepasada por ′un universo de furor, acción y caos′, donde ′todo intento de crear un orden aparente se encuentra condenado al fracaso′.

Vivimos un momento de gran interés por la obra social. La continua formación y apoyo de organizaciones no gubernamentales ha producido contribuciones millonarias a fondos de solidaridad por diferentes desastres en todo el mundo. Empresas y gobiernos dedican un porcentaje cada vez mayor de su presupuesto a fondos benéficos. Y aunque detrás de mucha filantropía no haya más que un ansía de autopromoción, no hay duda que estamos ante un fenómeno sin precedentes en una sociedad tan materialista como la nuestra. ¿Podemos hacer un mundo diferente?

EL SACRIFICIO QUE SALVA

En la teología de la liberación que representa el personaje de Julián, la salvación se transforma en liberación social, la cristología en amor humano, la escatología en acción política, la Iglesia en el mundo y sus ordenanzas en muestras de solidaridad. Ese es el paradigma de los años setenta al que se enfrenta la generación de Nicolás, que ya no sabe lo que cree. Renier ve a su personaje como alguien atormentado, porque ′en un momento dado, ya no sabe por qué debería seguir creyendo en Dios, visto todo lo que pasa en la tierra, vista la miseria de la gente′.

El amor del cura por Luciana se enfrenta además con la norma romana del celibato forzoso del clero. Lo que hace que su fe no sólo parezca inhumana, sino imposible de llevar a la práctica. Recuerda al cura que interpreta Nanni Moretti en La misa ha terminado, que acaba observando, como Quintana, que ′entre la doctrina cristiana y la praxis del mundo real existe un abismo difícil de franquear′. Se olvida así que si el Evangelio es buenas noticias, es porque hay malas noticias: sin Dios, estamos perdidos.

Tenemos un problema que no viene de nuestra condición social o económica, sino de una raíz más profunda. Tiene su base en una injusticia que no está sólo en estructuras y sistemas, sino en la realidad de cada uno de nosotros que la Biblia llama pecado. Ya que por mucho que intentemos justificarnos ante Dios y limpiar nuestra conciencia con buenas obras, no hay otra esperanza para nosotros que Cristo y su justicia. No podemos redimir nuestra vida por otro sacrificio que el que Cristo ha hecho de una vez y para siempre en la cruz del Calvario (Hebreos 9:26-28).

EL REINO QUE VIENE

La Biblia no es una simple colección de pensamientos piadosos para alimentar una religión personal. Nos habla de un mundo nuevo. Aceptar el Evangelio no es sólo recibir perdón y seguridad de vida eterna, sino una visión de futuro, al creer e identificarse con un Dios cuyo propósito final es recuperar este mundo.

Lo que pasa es que no podemos salvar este mundo, porque ni siquiera nos podemos salvar a nosotros mismos. Como está escrito, ′No hay justo, ni aun uno′ (Romanos 3:10). Por lo que es Él quien nos declara justos mediante la fe cuando todavía somos injustos, por la justicia de Cristo en la cruz. El Evangelio no consiste por lo tanto en lo que nosotros podemos hacer para llegar a ser aceptables a Dios, sino en lo que Jesucristo ha hecho para que lo seamos.

No podemos creer que la evangelización del mundo, o la acción social, establecerá el Reino de Dios en la tierra. ′Esperamos cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia′ (2 Pedro 3:13), pero no como una utopía que el hombre va a construir por su propio esfuerzo. Cristo establecerá su Reino al volver triunfante.

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