El Último Rey de Escocia: La atracción de la tiranía

Madrid, 25 de octubre de 2008. Son muchas las películas que estos días vuelven a los años setenta. La imagen de aquella época y la fascinación por un tiempo, que parecía que iba a cambiar el mundo, ha despertado el interés de muchos jóvenes que no conocieron aquella década, pero ha alentado también la nostalgia de aquellos que vivimos esos años, a una edad en que todo parecía ser posible. La historia de El último rey de Escocia, que ahora aparece en DVD, nos lleva además a un África llena de sueños revolucionarios. Hoy es fácil saber que Idi Amín era un tirano, pero cuando un joven escocés, como el protagonista de este film, llega a Uganda, no era difícil quedarse prendado del carisma de un hombre que parecía dispuesto a salvar su país de la miseria. Esta es sin embargo la historia de una decepción…
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África ha sido siempre el destino de muchos aventureros románticos y filantrópicos. Esta es la historia de un joven médico, que en 1971 trabaja para el Ministerio de Sanidad británico en una remota aldea de Uganda, cuando Amín llega al poder. Este chico llega a entrar en el círculo íntimo del general, que lo adopta como su amigo y confidente, viéndose atrapado en una red de manipulación y violencia, sobre la que no tiene control. La locura del dictador se muestra progresivamente, a medida que se va engrandeciendo, teniendo que alargar la ropa, para colgarse todas las medallas. Amín recibió varias condecoraciones británicas, pero también se concedió a sí mismo títulos como el de rey de Escocia, que da titulo a la película…

¿HISTORIA REAL?

Todo en El último rey de Escocia parece dar la impresión que estamos ante una de esas películas basadas en hechos reales. Las referencias históricas, su mirada documental y una fotografía tan iluminada, como la que se solía hacer entonces, hacen finalmente que uno se crea las peripecias de unos personajes, que al principio resultan algo inverosímiles, pero que al final uno acaba descubriendo su inconsciencia, como un fiel reflejo de la ingenuidad, que tantos teníamos tener aquellos años...

La historia está basada en una novela de 1998 del periodista Giles Foden, que ha llevado al cine el documentalista Kevin Macdonald. El personaje del médico Nicholas Garrigan no existió realmente, aunque en una entrevista aquel año, el autor dijo que se había inspirado en sus conversaciones con Bob Astles, que no era ni médico ni escocés, sino un soldado inglés, veterano de la segunda guerra mundial. Había nacido en 1924, pero tenía una granja de piñas y una empresa de aviación en Uganda, cuando se hizo consejero de Amín, pasando varios años en una cárcel de Kampala, tras su caída.

′El mayor Bob′, como se le llamaba en Uganda, buscó ese cargo activamente (no como el médico Garrigan), llegando a ser parte fundamental de su aparato de represión. Por lo que la prensa británica le llamó ′la rata blanca de Amín′. El periodista encontró a Astles en Londres, donde vivía en el barrio de Wimbledon, convencido de sus propias mentiras, en el mismo mundo de fantasía del dictador. Él vivía ya en realidad en Uganda, antes de la llegada del general, se había casado y trabajaba para el enemigo político de Amín, su predecesor Milton Obote.

LA IGLESIA PERSEGUIDA

La Iglesia de Uganda ha tenido muchos mártires a lo largo de su Historia. Fue perseguida en el siglo XIX, antes de llegar a ser protectorado británico. Su independencia en 1962 trae el poder a Obote, hasta la llegada de Amín en 1971, cuya política de represión, arrestando a todos los que se opusieran a él, trajo un gobierno de terror, aunque muchos le consideraran un libertador. Cientos de soldados murieron, pero también expulsó a toda la población asiática, 55.000 personas dedicadas al pequeño comercio. Amín se enfrentó a Israel hasta tal punto, que un predicador fue fusilado, sólo por mencionar su nombre, al leer un Salmo en la radio en 1972.

En 1977 hubo una pequeña rebelión del ejército, que hace que Amín mate a miles de disidentes, incluido el pueblo entero de Obote. El último domingo de enero el obispo evangélico anglicano Festo Kivengere predicaba sobre el valor de la vida a una congregación, entre los que estaban varios altos oficiales del estado. Su valiente mensaje denunció las muertes y abuso de autoridad del gobierno de Amín. El sábado siguiente entraron soldados en casa del arzobispo Janani Luwum, buscando armas. Le arrestaron, acusándole de traición. Al ser procesado por un tribunal militar, desapareció a continuación. Según el gobierno, muerto en un accidente, pero según varios testigos, su cuerpo mostraba señales de disparos, cuando fue enterrado en su pueblo natal.

IDOLOS DE BARRO

El personaje de esta historia es un joven idealista, que huye de la sombra paterna a principios de los años setenta, con la esperanza de poner sus conocimientos al servicio de los más necesitados. La fascinación por el carisma de Amín, surgido de la nada y reclutado de niño por el ejército británico, le hace finalmente cómplice del tirano, magníficamente interpretado por el actor Forest Whitaker. Su simpatía arrolladora y brutalidad imprevisible, se ve reforzada por la visión de su rotunda corpulencia e inquietante mirada con la fijeza de su entrecerrado ojo izquierdo. Todo acaba en un estallido de violencia final con una tortura, que recuerda al famoso western de los años setenta Un hombre llamado caballo.

En esta sociedad post-moderna parecería que no queda rastro ya de idealismo alguno, pero no es así. Basta mirar la importancia que han adquirido estos años las ONG. A pesar de la modestia de algunos de sus proyectos, se ha despertado en muchos el anhelo de un mundo mejor. Algunos sectores de la juventud han recuperado incluso el sueño revolucionario, que alienta la lucha contra la globalización. La actitud del médico escocés, recuerda al crítico Hilario Rodríguez, a ′mucha gente que por estar en contra de Estados Unidos, apoya la demagogia de Hugo Chávez en Venezuela o la de Fidel Castro en Cuba′. Porque nadie está libre de la atracción de la tiranía...

Éste es sin lugar a dudas también, el tema del capítulo octavo de 1 de Samuel que nos revela a un pueblo que clama por un rey, aunque Samuel les advierte que se aprovechará de ellos, oprimiéndoles y explotándoles. Ya que la Biblia no sólo habla de Dios, sino también de nosotros mismos. Nos revela como hambrientos de dioses a los que servir, entregados a los ídolos que nosotros mismos creamos, para sentirnos luego decepcionados, porque no pueden salvarnos.

′Maldito aquel que confía en el hombre′, dice la Escritura, advirtiéndonos de adorar a otros hombres. Ni el dinero, ni el trabajo, ni la posición social o la influencia de nadie, nos va a librar de la decepción y la muerte. ¡Sólo hay uno que merece toda nuestra confianza! Aquel que dice: El que a mí viene, no le echo fuera (Juan 6:37)…
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