La habitación del hijo: El dolor de un padre

Madrid, 3 de mayo de 2005. El dolor acostumbra a ser una experiencia privada, especialmente en una cultura de entretenimiento como la nuestra, que pretende esconder la realidad más oscura de la vida a un público, cada vez más ignorante de su tragedia. La verdad es que no hay palabras para expresar pérdidas tan grandes como la muerte de un hijo. Pero el cine enfrenta a veces al espectador con sus propios temores. Una nueva serie de películas, como En la habitación, Yo soy Sam, John Q, La habitación del hijo, o Lantana, se unen al dolor de los padres en un conmovedor cuadro que muestra la fragilidad de la existencia cuando estalla la burbuja de nuestra aparente felicidad.
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′Cuando alguien pierde a sus padres se queda huérfano′, dice el director italiano Nanni Moretti, ′¿pero cómo defines el caso contrario?′. Para eso no tenemos término alguno, nos recuerda su película La habitación del hijo. Este egocéntrico realizador, que suele hablar siempre de sí mismo, sorprendió a su público más fiel el año pasado con una durisima obra, lejos de sus habitual dosis de cinismo. Al director de Querido diario le ha costado mucho tiempo darse cuenta de que el mundo no gira alrededor suyo, aunque ya alguna conciencia se asomaba al rodear con su vespa el fantasma de la muerte en el lugar donde Pasolini fue asesinado, deslizándose por las notas del piano de Keith Jarrett. O cuando en La misa ha terminado, el padre Giovanni intenta entender el suicidio de su madre desde una fe que se desvanece como una cortina de humo. Pero nunca había tratado de una forma tan frontal y descarnada el vacío que deja la ausencia de un ser querido como en su desoladora Habitación del hijo.

En la película de Moretti, la muerte irrumpe provocando auténticos gemidos en la apacible vida cotidiana de una familia pequeño-burguesa, que disfruta su rutina, protegida por la aparente seguridad de la sociedad del bienestar. Hasta entonces en esa casa no ocurre nada más que lo que pasa a la mayoría, cuando no hay más agitación que la que resulta de las ficciones ajenas y los problemas insignificantes. El café de cada mañana después de hacer footing, el amor adolescente, o la escucha paciente del psicoanalista, son de repente devastadas por la muerte de un hijo. Ya que hay un futuro que no depende de nuestra voluntad. El entierro, como la incineración del personaje de la película catalana Pau y su hermano, inicia una serie de rituales con los que se intenta sepultar el peso de un silencio insoportable. Ese dolor abrumador busca en los objetos el sentido de una vida que se escapa, pero en su letargo descubre que es nuestra propia vida la que se va, con el vacío de alguien que no volverá más.

Después de conseguir la Palma de Oro del Festival de Cannes, la película de Moretti encuentra ahora eco en el emocionante film de un director independiente americano, cuya austera escuela han vuelto a ignorar los Oscars. Esta vez En la habitación de Todd Field, la historia de las relaciones de un matrimonio rural tras el asesinato de su único hijo. Una verdadera obra de arte adulto, que con su poder indagador desvela la tragedia que hay más allá del desasosiego y la desesperanza. ′Se trata de un dolor tan inimaginable, tan antinatural, tan inconsolable′, dice su protagonista, Sissy Spacek, ′que ningún padre tendría que pasar por esa experiencia′. Ese es el único lazo en común sin embargo, de la pareja protagonista de Monster´s Ball, que han sufrido la pérdida inesperada de sus respectivos hijos. La actriz de color, Halle Berry, se llevó el Oscar, junto a Denzel Washington, el protagonista de John Q, que ofrece su vida a cambio de la de su hijo, que necesita urgentemente un trasplante de corazón. Su director, Nick Cassavetes, tiene una niña que ha nacido con un defecto cardiaco congénito.

En Yo soy Sam, es Sean Penn quien lucha desde su minusvalía por seguir al cuidado de su única hija, ya que las autoridades deciden quitársela por no estar en condiciones mentales para mantenerla. Pero irónicamente, en Lantana es la psicóloga la que sufre la muerte de su hija, hallándose en paradero desconocido. ¿Quién puede comprender semejante sufrimiento?. Hay un Dios, aparentemente ausente en todas estas historias, que conoce el dolor también de primera mano. Ya que desde su sol de justicia no pudo contemplar la desolación de su Hijo, que clamaba al Padre, aterrado en la confusión del misterio del por qué de su abandono. Pero su silencio no revela su indiferencia, sino un amor incomprensible, que sufrió tal desamparo, para que nunca más podamos ser dejados de su mano. Hay por eso un Padre amante en los cielos, en quien podemos encontrar el calor de un hogar eterno. Y queda el último enemigo, la muerte, pero tiene sus días contados, porque tras esa cruz, hay una tumba vacía...
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