El Desencanto: La herencia invisible de padres e hijos

Barcelona, 23 de octubre de 2010. Somos lo que nos han dejado en herencia nuestros padres. El individualismo que nos impera, que promulga que no dependemos de nada y que nada depende de nosotros, y que tenemos derecho a escoger de entre todas las oportunidades existentes para hacer lo que queramos con nuestros días, es una falacia. No tiene nada que ver con el libre albedrío; no es más que una pataleta.
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La vida de los hijos queda irremediablemente ligada no sólo a la educación y a la convivencia que tuvieron con sus padres, sino a los anhelos y esperanzas ocultas de sus progenitores. Cuántos de nosotros hemos escuchado o conocido a alguien que estudió lo mismo que su padre, o lo que a su madre le hacía ilusión, sin ganas y sin entusiasmo, y al preguntarle nos dice que aunque nadie se lo dijo sabía que era lo que se esperaba de él.

La información con la que crecemos no sólo se transmite de viva voz, ni siquiera por los gestos y las costumbres. Hay un flujo de información invisible que se transmite de tal forma que no podemos llamarlo más que algo espiritual. Heredamos los traumas no resueltos de nuestros padres, aunque no sean nuestros y aunque no sepamos de qué van. Y lo peor es que a veces, sin ser conscientes, también se los dejamos en herencia a nuestros hijos.

El libro del psicólogo David Solá Víctima de víctimas (2009) explica cómo los problemas dentro de nuestras constelaciones familiares (su propio nombre explica bastante bien que no se trata exclusivamente de la familia nuclear, sino también de nuestros antepasados) son nuestros propios problemas, los que nos impiden andar en el presente.

No hablo de locura general. No todo es negativo. Hay personas para quienes sus familias son precisamente una fuente de inspiración y optimismo por ese mismo flujo invisible por el que seguimos recibiendo información de ellos aunque estén lejos o hayan muerto. A veces los recuerdos que conservamos del tiempo vivido junto a nuestros familiares fallecidos son la cura que nos hace falta para superar las catástrofes y los traumas cotidianos.

Por eso, viendo El desencanto, el documental que Jaime Chávarri estrenó en 1976 sobre la vida de la familia del poeta Leopoldo Panero catorce años después de su muerte, no pude evitar sentirme hipnotizada por esa sensación de fatalismo y autodestrucción a la que se veían abocados sus hijos (aquí puede verse gratis el documental entero, merece la pena). Aún no había llegado el tiempo en que Leopoldo María caería en las garras de la heroína (aunque ya había pasado unas cuantas temporadas en el manicomio) y en el que Michi se convertiría en el símbolo del canallismo de la Movida madrileña de los 80. Allí estaban, antes de saber que destrozarían sus vidas, cuando ya habían sufrido varios intentos de suicidio, se habían distanciado unos de otros y de su madre, y hablaban con afectación y esnobismo y pedantería, con el resentimiento de un niño menospreciado.

Los hijos de Leopoldo Panero no podían aspirar a otra cosa que no fuera poesía y autodestrucción. Es lo que heredaron de sus padres, lo que heredaron de verdad mientras en la superficie tenían una educación elitista y un ambiente abierto para el diálogo. Su madre, en cierto momento, dice que a los tres años el hijo mayor empezó a componer unos poemas terriblemente decadentes para un niño, y no sabían qué hacer con ellos. Leopoldo y Jose Luis, sobre todo, se convirtieron en dos poetas imprescindibles para la marcha de la literatura española posterior. Pero ellos mismos admiten que no tenían otra opción.

Leopoldo María escribió de su padre un poema larguísimo del que sólo copio el comienzo:

Glosa a un epitafio
(carta al padre)
«And fish to catch regeneration»
Samuel Butler, Pescador de muertos.
Solos tú y yo, e irremediablemente
unidos por la muerte: torturados aún por
fantasmas que dejamos con torpeza
arañarnos el cuerpo y luchar por los despojos
del sudario, pero ambos muertos, y seguros
de nuestra muerte; dejando al espectro proseguir en vano
con el turbio negocio de los datos: mudo,
el cuerpo, ese impostor en el retrato, y los dos siguiendo
ese otro juego del alma que ya a nada responde,
que lucha con su sombra en el espejo-solos,
caídos frente a él y viendo
detrás del cristal la vida como lluvia, tras del cristal
asombrados
por los demás, por aquellos-Vous etes combien? que nos
sobreviven
y dicen conocernos, y nos llaman
por nuestro nombre grotesco, ¡ah el sórdido, el
viscoso templo de lo humano!
(…)

Sin duda, ambos muertos, padre e hijo, desde el momento en que el padre murió. El hijo atrapado bajo el peso del nombre del padre que vivió toda su vida atrapado bajo el peso de su propio nombre, víctima de lo que habían hecho con él, a veces mera propaganda política. Y el hijo, en vez de recibir de su padre el don de la vida, recibió su muerte como propia.

A veces deberían ser los padres los que tomaran conciencia de que no pueden descuidar su legado. Normalmente puede ser algo positivo: educación, valores, una cierta visión de la vida. Pero en el caso de los escritores y poetas deben ser más conscientes que nadie de que su legado es inmenso y se expande exponencialmente con cada lector de su obra; que deben cuidar y mimar a sus hijos y su salud emocional y espiritual más que ninguno porque si no pueden acabar, como ocurrió con los hijos de Leopoldo Panero, aplastados bajo un legado que no son capaces de sobrellevar.

Hay muchos casos de hijos de escritores que idolatran la vida y obra de sus padres, que viven exclusivamente para ese legado, sin vida propia; hay hijos que rechazan tan tajantemente el peso de ese legado que se acaban rechazando a sí mismos y se autodestruyen. Hay unos pocos que consiguen sobrevivir, cuyos padres escritores fueron conscientes de ese terrible peso que dejaban de herencia a sus hijos e intentaron disimularlo. Así, de pronto, se me vienen a la cabeza los hijos de Miguel Delibes, quienes serenos y tranquilos recuerdan la vida de su padre con gratitud, sin carga. Cualquier opción es posible, y no es involuntario.

Por eso, a pesar de su depresión (a pesar de que es difícil gobernar nada ni gobernarse a uno mismo en medio de una depresión), cuando hace unas semanas releía algunos de los poemas de Sylvia Plath de la edición de su poesía completa que publicó Ted Hughes, su ex marido (libro que se llevó un premio Pulitzer y que en su edición actual viene acompañado de algunos artículos muy interesantes sobre la vida y la obra de Plath, aunque en inglés, para los valientes), me sorprendía lo cruel y despiadado e injusto del último poema de Plath, el que se considera su último poema. Lo escribió pocos días antes de suicidarse. Fue lo que le dejó en herencia a sus hijos, y es una de las peores herencias que pueden dejarse a nadie.

El borde
La mujer llegó a la perfección.
Su cuerpo
muerto viste la sonrisa de la satisfacción,
la ilusión de una necesidad griega
fluye por los pliegues de su toga.

Sus pies
desnudos parecen decir:
Hemos llegado demasiado lejos, se acabó.
Cada niño muerto aovillado, una sierpe blanca,
uno en cada pequeño
cántaro de leche, ahora vacío.

Ella los ha replegado
de vuelta a su cuerpo como pétalos
de una rosa que se cierra cuando el jardín
se contrae y los aromas sangran
desde las dulces y profundas gargantas de la flor nocturna.

La luna no tiene nada de lo que apenarse,
observando desde su manto de hueso.
Está acostumbrada a esta clase de cosas.
Sus negros crujen y se arrastran.

Aunque por ahí habrá decenas de análisis mejores que el mío (y remito a los lectores a ellos), a los hijos de Plath lo último que les quedó de ella fue su imagen (deprimida, oscura, decadente, siniestra) de sus propios hijos muertos volviendo al cuerpo de su madre. Sin autonomía, sin vida propia, la muerte de su madre, como en el caso de los Panero, era su propia muerte. Quizá no una muerte real, pero sí una condena irremediable. Como una oscura predicción (como algo inevitable) su hijo Nicholas se acabó suicidando el año pasado después de una larga depresión. Frieda, la hija de Sylvia, aunque parece que se libró de la condena a muerte que instauró su madre con su suicidio, tampoco pudo evitar ser artista, poeta y pintora, como si esa hubiera sido su única opción, como si se le hubiera negado la capacidad de decidir.

La luna no tiene nada de lo que apenarse… Está acostumbrada a esta clase de cosas, la inconsciente de Plath, sumida en la melancolía, augurando que sus actos no afectarían la marcha del mundo. Quizá no tengamos influencia sobre lo grande, pero no podemos olvidarnos de nuestro legado, ese inconsciente que vamos forjando día a día y que da forma a las vidas de nuestros más cercanos.

Cada vez que un padre o una madre rehúsa luchar contra la depresión (porque las depresiones pasan, llegan, el fallo no es sufrirlo, sino negarlo), cada vez que un padre o una madre decide seguir el camino del victimismo fácil que le procura atención constante, cada vez que se abandona al alcohol, cada vez que piensa con egoísmo en la carga de cuidar de sus hijos, está poniendo una losa más encima de las otras, y sus hijos no podrán deshacerse de ese peso nunca.

Si algo se aprende de las viejas condenas del pueblo de Israel, en las que se pagaría el pecado hasta la tercera o cuarta generación, quizá sea que no están hablando de una condena, sino de este legado, esta herencia invisible hecha de los despojos de lo peor de nosotros mismos. Aquel que peca contra Dios y no obtiene el perdón queda marcado con una herida de la que no puede librarse, algo que heredarán sus descendientes. Algo que no desaparecerá por si solo, que se perpetuará en ese flujo de información invisible que nos une a los demás.

El individualismo no existe. Uno nunca se arruina la vida a uno solo.

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