De dioses y hombres: Ocho hombres con piedad

Barcelona, 3 de febrero de 2011. La luz entra tenue en una pequeña capilla, arrastrando motas de polvo y jirones de gélidos rayos de sol al interior del monasterio. Los monjes están sentados desde el amanecer, en oración, las manos sobre los rostros, algún sollozo contenido, susurrando palabras procedentes del estómago tras la noche en vela. Los monjes están envueltos en unas vestiduras blancas resplandecientes, y prefieren paladear el silencio.
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Antes de la liturgia de las horas, la película ha empezado con el texto de Juan con el que Jesús escapó de los que intentaron apedrearle: ′llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios′, una Palabra inquebrantable. A partir de entonces, se despliega ante nuestra mirada un film intenso, de una profunda humanidad y a la vez una compleja y dolorosa historia tratada con un mimo y una seriedad que parecía imposible de encontrar en el cine actual. Igualmente insólitas las interpretaciones soberbias de los actores, con una credibilidad aplastante, todo encuadrado en una fotografía y un trabajo de dirección que cuesta olvidar. Ya tiene en su haber el Gran Premio del Jurado de Cannes y ha sido considarada mejor película extranjera por el National Board of Review 2010. Pero esto es lo de menos.

Xavier Beauvois, actor y director hijo de la crítica que vive en una casa perdida en la campiña francesa donde monta sus películas con su mujer como editora, firma una película incapaz de someterse a los dictados de una industria cinematográfica devastada por la falta de calidad, de gusto y de sentido estético‚Ķ los grandes artesanos americanos que compaginan su arte con las series de televisión; el cine francés un par de veces al año; a ratos el cine alemán; y una esporádica cinta de un ignorado realizador catalán o de Europa del este tienen que ir tirando del carro de los restos de buen cine que nos queda, que cada vez es menos. Aunque quizá hable con la tristeza y la melancolía que se pega en el ropaje tras el visionado, tras ese plano final de los monjes confundiéndose con la nieve y el viento que anuncia de todo menos un final feliz. El guión tiene los elementos para un fin de estas características, más aún si se tiene en mente la historia real en la que se basa De dioses y hombres: el secuestro y matanza de ocho monjes cistercienses en una Argelia castigada por el integrismo islámico, una situación que aún hoy palpita como una herida muy abierta, a la que se añade la amnistía condicional que en 2005 se aplicó a los grupos armados de la época, y la prohibición de cualquier atisbo de discusión sobre este negro período del país.

Desde principios de los noventa, con la victoria electoral legislativa en primera vuelta del Frente Islámico de Salvación, se abre un terrible conflicto con el Grupo Islamista Armado que provoca un estado de excepción y una expulsión de los extranjeros que habitan en Argelia, incluyéndose a los cristianos que trabajan por dar algo de alivio y cuidar de los pequeños y pobres poblados dispersos por toda la región. Llega el asesinato del presidente Mohamed Boudiaf en enero del 92, un arraigado desacuerdo entre el gobierno francés y el argelino, y la matanza sistemática de varios monjes de diferentes órdenes, así como de los croatas que deciden quedarse por su trabajo. A finales de década hay una disminución de la violencia, aunque no se aclaran demasiado las circunstancias de la muerte de los monjes (aunque el GIA reivindicase el secuestro), y el caso se archiva. En 2009 se desclasifican unos documentos que ponen al ejército argelino en el punto de mira de la responsabilidad sobre la seguridad de los monjes, pero como hay una amnistía sobre los grupos armados, el asunto queda en suspenso. La película desenrolla los acontecimientos, elimina algunos hechos, y limpia la historia, centrándose con detalle en los últimos días de la vida de ese monasterio y en su rutina trabajando con la comunidad, encerrando al espectador dentro de los muros y ante una cuestión importante: ¿deben los monjes dejarlo todo para salvar la vida, o bien resistirán hasta el final?

Sin embargo, ésta no es la única cuestión en juego. De hecho, no es la más importante de todas. La película no tiene intención de documento histórico, ni pretende sentar cátedra sobre cuál es el camino acertado en una situación como la que se describe. No es una película que aborde un problema sobre la fe, pues ninguno reniega de sus creencias; los cistercienses basan su existencia en el servicio a la comunidad, en los cantos y la oración, no tienen un llamado evangelístico y desde el inicio se les presenta como hombres buenos y generosos dispuestos a esforzarse por cuidar de los que acuden a ellos. Es una llamada al diálogo, y el conflicto se ocupa del acto del sacrificio, en sus consecuencias directas.

Al comienzo, cuando aparecen los primeros síntomas de que las amenazas de los terroristas van en serio, y poco a poco se insiste en que deben huir a Francia de inmediato, cuando se reúnen para discutir qué harán, hay una división de opinión entre los ocho monjes. Pero, al igual que ocurre en una película que no tiene en apariencia nada que ver con ésta, Doce hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957), hay dudas razonables que enrarecen el ambiente y, a la vez, son necesarias para un proceso de aceptación que cada individuo debe asumir. De tal modo que, conforme va avanzando el metraje, cada uno va decantándose por permanecer en aquél lugar de las montañas cercano al cielo, ya sea porque comprenden que el sacrificio cambiará la historia (para bien o para mal), o porque no tienen a nadie en el exterior, y la vida que tienen allí es la única vida que conocen.

Al director no le interesan las lecturas en clave católica o espiritual de su película porque, como él mismo afirmó en una entrevista a Fotogramas, esa reflexión sobre su último trabajo pondría de relieve que no tiene muy clara su posición ambigua frente a la religión, un tanto caótica; se vería que cree ′en todo y a la vez en nada, lo único que tengo claro es que creo en estos monjes′. Se suceden de este modo escenas en las que mastican las lágrimas y el dolor previo a una muerte más que anunciada, como ese prodigio de secuencia situada casi al final, en el que cenan con la música de Tchaikovski y comprenden que aunque hay quien los vea como dioses, no son más que hombres, con toda la fragilidad que eso conlleva.

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