Robinson Crusoe: La isla de Daniel Defoe

Madrid, 3 de mayo de 2005. Daniel Defoe hizo de Robinson Crusoe (1719) algo más que un personaje literario. Su figura se ha convertido en todo un paradigma de la condición humana. Nuestro primer encuentro con esta historia se relaciona siempre con esa pasión infantil que da el
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Hace ahora justo trescientos años que en 1704 un marinero escocés llamado Alexander Selkirk se amotinó contra el capitán del barco Cinque Ports, siendo abandonado en una isla desierta al sur del Pacífico, conocida por los nombres de Juan Fernández o Más Afuera. Le dejaron al piloto con una Biblia, un fusil y algo de pólvora y de tabaco, pero logró sobrevivir allí durante más de cuatro años, cazando cabras y oteando el horizonte, hasta poder regresar a Inglaterra en 1711. Su historia corrió a partir de entonces por todos los cafetines y tabernas de Londres, donde la debió oír Daniel Defoe. No es que Robinson sea Selkirk, como hoy se llama la isla, ya que su historia está mezclada también con otras experiencias, como la de un médico deportado como esclavo a las Barbados. De hecho, Viernes recuerda también a un indiano que fue abandonado en la isla, por uno de los piratas que se refugiaban allí en alguna de sus incursiones por las costas y puertos del virreinato del Perú o las tierras de Chile.

Ya que la popularidad del mito de Robinson no se basa en la divulgación de ciertos hechos históricos, sino en la creación de una poderosa metáfora, que sigue estimulando el pensamiento humano. Porque no lo olvidemos, este libro es una alegoría, histórica por supuesto, pero cuyo sentido va más allá de las circunstancias que viviera un personaje real de carne y hueso en un momento determinado. Robinson es como un nuevo Adán, extraño en el paraíso. Y su viaje expresa la realidad de una vida solitaria, en que peregrino de sí mismo, un día se encuentra a Dios al abrir la Biblia. Las ′poderosas palabras′ de los Salmos le hacen entonces contemplar su vida a una nueva luz, la de la Providencia de Dios. Defoe justifica así en el prefacio al libro su ′religiosa aplicación de los acontecimientos′.

Todas las desventuras de Robinson son resultado de su aparente obstinación, movido por un extraño impulso que le empuja a la autodestrucción. No entiende por qué corre hacía ella, con los ojos abiertos, contradiciendo sus más claras perspectivas de bienestar, precipitándose en el más profundo abismo de la miseria. Pero Robinson vuelve en sí un día, al naufragar durante una terrible tormenta y llegar ′a la orilla de esta triste y desdichada isla′, que llama Isla de la Desesperación: ′Hasta entonces había actuado sin el menor fundamento religioso, de hecho tenía muy pocas nociones de religión en la cabeza, y había atribuido todo lo que me había ocurrido tan sólo al azar o, como decimos a la ligera, a la voluntad de Dios, sin preocuparme de indagar sobre la acción de la providencia en estas cosas o su orden en controlar los acontecimientos del mundo′.

Así aunque Robinson se siente agradecido, al ser el único que sobrevive de toda la tripulación, tiene que confesar que su ′religioso agradecimiento a la providencia de Dios empezó a abatirse ante el descubrimiento de que aquello no era más que la consecuencia de algo muy común′. En todo aquel tiempo de aventuras en el mar, no recuerda: ′bien a mirar hacia arriba, hacia Dios, o hacia dentro, hacia una reflexión sobre mi propia conducta′. Es como si ′una cierta estupidez del alma, sin deseo del bien o conciencia del mal, me había dominado por completo, y ahora yo era el alma más endurecida, caprichosa y perversa que puede concebirse, sin temor a Dios en el peligro y sin agradecimiento en la salvación′. Ya que ′pese a la gran variedad de desdichas que hasta entonces habían caído sobre mí, nunca pensé ni una sola vez que era la mano de Dios la que me las enviaba, o que era el justo castigo por mi comportamiento rebelde, mis actuales pecados, que eran grandes, o el rumbo general de mi depravada vida′. ¿Qué es lo que le hizo entonces cambiar de opinión?.

′La gracia de Dios′, escribe Robinson. Si no fuera por ella, hubiera terminado ′donde empezó, en un simple acceso de alegría o, me atrevería a decir de sentirme contento porque estaba vivo, sin la menor reflexión acerca de la bondad de la mano que me había salvado′. Al tomar la Biblia y leer las palabras del Salmo que dice: ′Invócame en el día de tu aflicción, y yo te liberaré, y tú me glorificarás′. La Palabra se convierte en ′medio de gracia′, por lo que: ′Antes de acostarme hice lo que nunca antes había hecho en toda mi vida, me arrodillé, y le pedí a Dios que cumpliera conmigo su promesa′.

′Por la mañana′, dice Robinson, ′tomé la Biblia, y empezando con el Nuevo Testamento, emprendí su lectura seriamente, y me impuse dedicarme cada mañana y cada noche a leerla un rato′.Y ′no paso mucho tiempo desde que me dedicara seriamente a esta tarea sin que mi corazón se viera profunda y sinceramente afectado por la perversidad de mi vida′. Se vio así ′suplicando con insistencia a Dios que me proporcionara arrepentimiento, cuando de forma providencial, aquel mismo día, ocurrió que leyendo las Escrituras tropecé con estas palabras: Es exaltado como príncipe y salvador, para conceder el arrepentimiento y dar el perdón′ Por lo que ′aquella fue la primera vez que, en el sentido completo de la palabra, oré en toda mi vida, porque lo hice con pleno conocimiento de mi situación, y con la auténtica esperanza propia de las Escrituras, fundada en el aliento de la palabra de Dios y desde entonces, puedo decir también, empecé a tener esperanza de que Dios me escucharía′.

Robinson continuó en la isla, pero ′mi situación empezó a ser′, dice: ′Aunque no menos miserable que mi forma de vivir, sí mucho mejor para mi mente′. Ya que escribe: ′Mis pensamientos iban dirigidos, a través de la constante lectura de las Escrituras y las plegarias a Dios′. Por lo que ′hallaba aquí un gran consuelo que hasta entonces desconocía′. Es así cómo: ′Di humildes y sinceras gracias a Dios de que me hubiera permitido descubrir que era posible que fuera más feliz en esta solitaria condición de lo que hubiera sido en la libertad de una sociedad y en medio de todos los placeres del mundo′. Por eso: ′Aunque no puedo decir que doy gracias a Dios por estar aquí, sinceramente daba gracias a Dios por abrirme los ojos, aunque lo hubiera hecho de una forma muy dolorosa y permitirme ver cuál era realmente mi vida′.

Eso es lo que Cristo llama arrepentimiento. Algo que Robinson nos enseña que es sólo posible por la gracia de Dios. Algo difícil de entender, pero que no tiene otra explicación que la asombrosa misericordia de Dios, que nos lleva a la Isla Desesperación, para abrir nuestros ojos y ver la vida de forma diferente. Y esto sólo se produce ′mediante un constante estudio y una seria aplicación de la palabra de Dios′. Es así como ′con la ayuda de Su gracia′, Robinson logra ′una comprensión diferente′. ¿Has conocido así tú a Dios? Si te sientes naufrago de la vida, ¡abre su Palabra y verás las cosas de otra manera!.


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Comentario de Miguel Jorge Castillo Pérez

"Estimado José de Segovia, es realmente un orgullo conocer a un mnistro evamgélico que ha emprendido su labor pastoral a través del diálogo del Evangelio con el mundo de la cultura para extraer de ellos, lo mejor. Su comentario sobre esta obra de Defoe me ha abierto la imaginación para crear un cursillo de lectura de la Biblia a través de obras literarias, Defoe, Melville, Unamuno, San Agustín, etc, gracias. Por último, no entiendo su animaversión hacia las ideas esotéricas inmanentes en la trilogía de Stars War. La religión cono fenómeno humano puede englobar manifestaciones cono la propuesta por George Lukas, con sus limitaciones, pero valiosa como imagen del espíritu religioso secular."

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