Såsom i en spegel: Como en un espejo

Madrid, 8 de abril de 2005. Se edita ahora por primera vez en DVD una nueva colección de películas del director sueco Ingmar Bergman (Uppsala, 1918). Entre ellas está tal vez uno de sus títulos menos conocidos, Como en un espejo (1960) , basado en las palabras del apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios, capítulo 13, versículo 12. Con esta serie el sello Manga nos presenta la sorprendente obra de este hijo de un pastor luterano, que ha buscado a Dios toda su vida, en medio de una constante lucha con la culpa y el pecado, pero siempre en busca de redención.
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En invierno de 1955, tras una intensa actividad teatral, Bergman se refugia en un hotel suizo, con el fin de ordenar sus confusos pensamientos. ′Era temporada baja′ -recuerda el cineasta en su libro Imágenes -. Pronto me di cuenta de que éramos una docena de huéspedes y el que el hotel se mantenía abierto a pesar de que lo estaban reparando para la nueva temporada. Las montañas me deprimían sobre todo cuando el sol desaparecía de pronto tras las cimas de los Alpes a las tres de la tarde. No hablaba con nadie pero daba largos paseos y trataba de establecer mis rutinas diarias. Cerca había un hospital de cinco estrellas para nobles sifilíticos. Daban sus paseos diarios al mismo tiempo que yo. Era un cuadro inverosímil: cadáveres en diferentes fases de descomposición arrumbados en un establecimiento de lujo.′

Desesperado, alquila un coche para ir a La Scala de Milán, donde ve una representación horrible de Verdi. ′Cuando después de mi excusión, volví a Monte Veritá y a las montañas y a los locos′, dice Bergman, ′estaba completamente agotado. He jugado con la idea del suicidio muchas veces, sobre todo cuando era joven y me dominaban mis demonios. Me pareció que había llegado el momento. Pensé sentarme en el coche, soltar los frenos y salirme de la sinuosa carretera que llevaba al hotel. Parecería un accidente. Nadie tendría que sentirlo.′

El director sueco no llevó a cabo su plan, sino que decidió volcarse en el proyecto de la película que hizo aquel mismo año, Sonrisas de una noche de verano, en un intento de evadirse de su depresión, que le diera nuevos ánimos para vivir. ′Aliviado′, dice, ′aplacé el suicidio y me volví a casa′. El personaje de Como en un espejo (1960) es un escritor llamado David, interpretado por Gunnar Björnstrad, que cuenta una historia muy parecida a ésta a su yerno Martin (Max von Sydow). En un reciente viaje a Suiza, piensa en terminar su vida, lanzándose con un automóvil por un precipicio, pero al final también renuncia, al pensar en sus hijos, Karin y Minus. Los cuatro comparten un gran caserón en una isla escarpada en medio de ninguna parte, que no es sino Faro, la habitual residencia de Bergman desde hace muchos años.

David parece en una primera impresión un piadoso creyente. En realidad es un cínico, que oculta con desazón su incomprensión por medio de una máscara religiosa. Martin parece alguien simple. Quiere a Karin, su esquizofrénica esposa, que con ternura de medico observa como una paciente. En un diálogo entre David y Martin, éste le dirá:

• Tú encuentras esperanza en la religión…
• ¡Sí!
• Y en la gracia inexplicable
• ¡Sí!
• ¡Eso es incomprensible!

Karin se refugia en una habitación, conocida como la del papel pintado. Allí habla con una figura invisible y superior, que se oculta detrás de una puerta empapelada y clausurada, que comunica supuestamente con otra habitación. Su hermano Minus la rodea con un afecto enfermizo. Es un adolescente impulsivo e inquieto, que busca con desesperación el cariño de su padre, que está casi siempre ausente. Karin sufre entonces un ataque de locura, por el que acaba caminando a cuatro patas como un niño, mientras repite una y otra vez: ′ Yo he visto a Dios′…

′La puerta se ha abierto, pero el Dios que ha salido era un araña; tenía seis patas y se desplazaba rápido por el suelo; luego vino hacía mí y he visto su rostro repugnante, lleno de maldad, y se subió sobre mí y trató de entrar en mí, pero yo me he defendido. Durante un tiempo he visto sus ojos, que eran fríos y serenos. Luego que él no pudo entrar en mí ha seguido escalando mi pecho y mi rostro y ha continuado escalando el muro…′

Este Dios/araña recuerda al Dios de Teilhard de Chardin, que en El medio divino dice que ′para penetrar definitivamente en nosotros, debe en cierto modo ahondarnos, vaciarnos, hacerse un lugar′. Ya que ′para asimilarnos en él debe manipularnos, refundirnos, romper las moléculas de nuestro ser′. Esto es lo que la mística de Chardín relaciona con la muerte, ′la encargada de practicar, hasta el fondo de nosotros mismos la abertura requerida′. Será ella quien ′nos pondrá en el estado orgánico que se necesita para que penetre en nosotros el fuego divino′.

Bergman no es explícito. Su oscuro film no ilumina la oscuridad y en sus entrevistas se niega a dar ningún tipo de ayuda, que nos sirva de análisis e interpretación. Sus dolorosas exploraciones nos llevan por una complejidad de caminos, que como ha dicho recientemente el crítico Roger Ebert, explica su decreciente popularidad, más que por un defecto del director, como un reflejo de la superficialidad del cine moderno. En sus últimas declaraciones, al cumplir los 85 años, para un documental de una cadena de televisión sueca, Bergman habla con toda honestidad de sus miedos y soledad.

′Me he convertido en una persona muy nerviosa y propensa a llorar… Y también muy depresiva′. Hay días en que dice que no habla con nadie. Vive solo, tras cuatro divorcios y haber vuelto a ser viudo por segunda vez. Piensa que ′el amor es la más negra de todas las plagas′. Cuando Martin, el escritor de Como en un espejo va a buscar a su hijo, que ha huido para esconderse en un bosque, lo encuentra finalmente en la playa, donde tienen una esclarecedora conversación:

• Padre, ¿para ti Dios y el amor son el mismo fenómeno?
• Mi inercia y mi sucia desesperanza reposan sobre esta idea.
• ¡Háblame ahora padre!
• La inercia se transforma a menudo en riqueza y la desesperación en vida, y esto es como una gracia, Minus; esto es como ser indultado de la pena de muerte.
• Tus palabras son de una terrible irrealidad, padre. Pero yo me doy cuenta de que piensas lo que dices. Y esto es lo que hace temblar todos mis miembros. Padre…
• ¿Si?
• Si esto es como tú lo dices. Karin estará alrededor de Dios, ya que nosotros la amamos.
• ¿Si?
• ¿Es esto lo que puede ayudarla?
• ¡Así lo creo!
• Padre…
• ¿Sí?
• Tengo frío y tiembla todo mi cuerpo. ¿Se me pasará si corro un poco?
• ¡Ve y corre! Yo iré a casa a preparar la cena; todo estará listo en una hora…

Minus no responde; lo mira y se aleja corriendo a la orilla del mar, tan cerca del agua que sus pisadas le salpican. Se detiene, respira hondo, se para frente al mar y dice: ′ ¡Padre, me ha hablado! ′… Son esos momentos de Bergman que te ponen la carne de gallina, cuando ves su tremendo sentimiento de orfandad, que le hace llorar todavía desconsolado… Pido entonces a Dios con todas mis fuerzas que este anciano pueda conocer finalmente a ese Padre celestial, que está dispuesto a recibirnos, cuando venimos a Él vacíos y quebrantados. Ya que me doy cuenta entonces que no hay mayor privilegio que ese amor que nos ha dado el Padre al hacernos hijos de Dios (1 Juan 3.1). No se turbe vuestro corazón, dice Jesús ( Juan 14:1-2). Él ha ido a prepararnos la cena para cuando lleguemos a casa. El fuego de su hogar eterno nos espera cuando creemos en Él. Pero nada será comparable al calor del abrazo de nuestro amante Padre…
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