Carlos Mena: De Aeternïtate

Madrid, 3 de mayo de 2005. Si hay un tema tabú hoy en día no hay duda que es ese el de la muerte. La mayor certidumbre que traemos a este mundo lleno de inseguridades, es sin embargo silenciada en una sociedad que prefiere vivir de espaldas a una realidad que le molesta y le resulta tremendamente incómoda. Es por eso que la esperanza eterna de siglos pasados llama tanto la atención a muchos de nuestros contemporáneos. Es significativo en ese sentido la impresionante acogida que ha recibido el disco de un español, Carlos Mena, que ha presentado una nueva casa discográfica francesa. Bajo su título, De Aeternitate, se recoge la delicada música de algunos compositores luteranos del barroco alemán, que siguen sorprendiendo por su sensibilidad y firme confianza en su seguridad de salvación.
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Esta primera grabación del sello Mirare ha reunido una cuidadosa selección de compositores e interpretes con el tema central de la muerte y la eternidad. Su protagonista es un joven contratenor español, Carlos Mena (1971), formado en la famosa escuela de música antigua de Basilea, que ha llegado a adquirir verdadero renombre internacional por su expresivo trabajo de solista. Su espléndida articulación de los textos resulta intensa y contenida, al mismo tiempo. Está acompañado en esta ocasión por el Ricercar Consort, que dirige el belga Philippe Pierlot, un importante experto en la viola de gamba que se usa en el repertorio barroco del siglo XVII.

La Alemania protestante del Norte popularizó unos cantos en su propia lengua, que contrastan con el oratorio y las misas latinas del católico Sur. Lutero alentó una variedad tal de melodías en su redescubrimiento del Evangelio, que fueron muchos los artistas que en las siguientes generaciones expresaron su fe por medio de esta emocionante música. El tío de Bach, Johann Cristoph, es considerado a veces el padre espiritual de su sobrino. Su lamento abre esta grabación. Se trata de una oración de confesión de pecado, llena de contrición y temor a la ira de Dios. Su dolor es seguido por las preguntas del Salmo 42 de Cristoph Bernhard, esperando el auxilio divino. Pero este nace de la bajada de una cruz, aquí contemplada por el compositor afincado en Escandinavia, Christian Geist: ′Oh gran aflicción! / Dios mismo ha muerto / En la cruz ha perecido / y así por su amor, / ha ganado para nosotros el reino de los cielos′.

El suegro de Bach, Johann Michael, expresa aquí su seguridad de salvación, por la que llegada su hora espera un día ser llevado al cielo. Su cuerpo, entonces consumido por los gusanos, será después transformado. Esa es la esperanza cristiana, la resurrección de los muertos, no la mera supervivencia como almas desencarnadas. El cántico de Nicolaus Hasse se maravilla ante una eternidad que evoca en una poderosa serie de imágenes. Su himno advierte por un lado del sufrimiento eterno, pero anuncia también la posibilidad de la dicha. Lo curioso es que su estilo no parece nada religioso, a pesar de que Hasse es conocido por el movimiento luterano, que intentó evitar que la música de iglesia se convirtiera en un fin en sí mismo, en vez de un medio para cantar y alabar a Dios. Pero mucho menos eclesiástico aun suena la sonata previa de Reincken, que aunque para la iglesia, utiliza elementos de danzas. Esta misma explosión de vida irrumpe en el lirismo de Johann Fischer, que ve la eternidad como una gran fiesta de bodas.

′El quita toda las culpas / ¿hay quién lo dude? / Nada quebranta mi confianza′, dice el cántico de Christian Spahn, otro compositor que devolvió la música a la Iglesia, lejos de toda aspiración profesional. El último himno que cierra este disco, atribuido antiguamente a Juan Sebastian Bach, es de alguien que apenas puede esperar para ir al cielo. Esa bendita impaciencia es del director de la Opera y el Colegio de Músicos de Leipzig, Melchior Hoffmann, que espera así pronto ver a Jesús, en la sosegada paz de un alma que ansia que suene la última hora. Pero ¿cuál es mi actitud ante la muerte?. No olvidemos que las realidades no se extinguen por mirar hacia otro lado. ¿Tengo yo la seguridad de una fe que piensa que lo mejor está todavía por venir?.

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