Bécquer: Sobre arte, sangre y fantasmas

Barcelona, 14 de enero de 2017. La ignorancia es atrevida y en temas de espiritualidad lo es todavía más. No en vano se exalta el silencio como una virtud de los sabios desde la antigüedad. Los romanos, por ejemplo, habían demostrado una gran destreza en la guerra, la ingeniería e incluso la religión organizada, pero fracasaron estrepitosamente cuando quisieron lidiar con la espiritualidad de un entonces naciente cristianismo.
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Los artistas y artesanos jugaron un papel muy importante en esta sangrienta historia desde el principio, a mediados del Siglo I. El platero Demetrio de Éfeso, por ejemplo, hacía pequeños templos de Diana y daba no poca ganancia al gremio que había reunido aquel día para animarles al levantamiento: ′Sabéis - decía el artista- que de este oficio obtenemos nuestra riqueza; pero veis y oís que este Pablo, no solamente en Éfeso, sino en casi toda Asia, ha apartado a mucha gente con persuasión, diciendo que no son dioses los que se hacen con las manos′.

La sangre de los mártires vino a ser semilla de nuevos creyentes también en Hispania - que es el nombre que los romanos le habían dado a las tierras conquistadas en la Península Ibérica. Bajo el gobierno del emperador Diocleciano, por ejemplo, se calcula que murieron ejecutados entre 3.000 y 3.500 cristianos que se negaban a dar culto a los dioses oficiales, pero han llegado a nosotros sólo los nombres de unos pocos nobles como Leocadia de Toledo o Eulalia de Mérida. "No te detengas, pues, verdugo; quema, corta, divide estos mis miembros; es cosa fácil romper un vaso frágil, pero mi alma no morirá" - aseguraba en el año 304 enfrentándose a la idolatría y al imperio, una joven cristiana llamada Eulalia de Mérida.

Una nueva era de Ilustración

Muchas historias se habían escrito ya sobre aquellos primeros cristianos cuando llegaron a los oídos de Gustavo Adolfo Bécquer. Toda Europa estaba de vueltas, cansada ya de hecho, de la hegemonía del cristianismo cuando Bécquer nació en Sevilla el 17 de febrero de 1836.

La industria de figuras de la virgen María se había impuesto y sólo en España alrededor de 3.000 judíos, musulmanes o protestantes habían sido ejecutados por el Tribunal de la Santa Inquisición. El gobierno liberal de Juan Mendizábal ordenaba entonces la expropiación forzosa y subasta pública de las tierras y bienes de la Iglesia Católica y peculiares viajeros como George Borrow pudieron iniciar libremente ese mismo año sus rutas por España.

Es bien sabido que el racionalismo no ha disfrutado siempre de los aplausos de los artistas y menos aún, entre los artistas del romanticismo. Según la profesora del Boston College Irene Mizrahi, Bécquer rinde en sus rimas un claro tributo a David Hume, considerado como el primero en hacer crítica de los críticos de la religión. Lo hace como el filósofo escocés del Siglo XVIII, señalando que "los filósofos de su época habían colocado sobre los altares vacíos del cristianismo otras divinidades, no menos quiméricas, conceptos divinizados, como los de la armonía universal".

Lo que el salvaje que con torpe mano
hace de un tronco a su capricho un dios
y luego ante su obra se arrodilla,
eso hicimos tú y yo.

Dimos formas reales a un fantasma
de la mente ridícula invención
y hecho el ídolo ya, sacrificamos
en su altar nuestro amor.

Bécquer, no satisfecho con su crítica a los racionalistas, aprovechó también para criticar a los poetas de su tiempo que pretendían confiar en sus principios arbitrarios, tratando de pasar por libres pensadores y actuando exactamente igual que aquellos a quienes condenaban. Al final el problema de idolatría que describe resulta que es un problema que tenemos todos los seres humanos.

La historia del arte cristiano en España

Los dibujos que ilustran este artículo son de Gustavo Adolfo Bécquer. Gustavo había recibido formación como pintor pero pronto mostró mucho más interés en la literatura de autores como Lord Byron o Heinrich Heine. Ahora que algunos creen encontrar el origen del estudio del arte cristiano en los recientes libros de Hans Rookmaaker o Francis Schaeffer, conviene recordar que la primera obra escrita reconocida de Bécquer fue realmente "Historia de los templos de España", una voluminosa y documentada obra ilustrada, donde se recogen cientos de reseñas de arte como las que se relacionan con Eulalia de Mérida.

La falta de recursos económicos arruinaría la continuidad de esta y otras muchas de sus iniciativas. Evitar de forma sistemática la forma de trabajar de los romanos o los racionalistas no le evitó a Bécquer, claro, acabar en brazos de la bohemia y el desamparo en Madrid. Tenía 34 años cuando enfermó y murió de sífilis. Sus editores limpiaron la imagen del autor asegurando que había muerto de tuberculosis y ganaron para sí todo el dinero que le faltó en vida.

Rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer

A pesar de que en su lecho de muerte Bécquer creía que serían sus rimas las que harían grande su nombre de forma póstuma, es en sus leyendas y últimos artículos donde realmente se muestra su humana excepcionalidad. Los nueve artículos que había escrito poco antes de morir desde su ′escondido valle′, un antiguo monasterio cisterciense en Zaragoza, son realmente magníficos en su expresividad; transparentes al fin, en relación al valor que tenía para él la vida: ′una pantomima muda e inexplicable, grotesca unas veces, terrible otras′ - escribía él.

En su leyenda titulada ′El Cristo de la Calavera′ dos caballeros se baten a muerte, mientras la doncella por la que arriesgan su vida disfruta en los brazos de un tercer pretendiente. Como los combatientes entonces son ignorantes de lo que pasa, es la voz de la Providencia la que les salva no sin una gran insistencia -- repito, no sin una persistencia, que personalmente me resulta muy familiar y evocadora. ′Qué dijo aquella voz medrosa y sobrehumana′ - escribe Bécquer - ′nunca pudo saberse; pero al oírla, ambos jóvenes se sintieron poseídos de tan profundo terror, que las espadas se escaparon de sus manos′.

El alcance del Cristo de la Calavera

Durante el 2016 los titulares de cultura han estado especialmente ocupados cubriendo la muerte de un gran número de artistas y han pasado por alto el aniversario del nacimiento de Gustavo Adolfo Bécquer, que tanto tenía que decir sobre la vanidad de la vida tal y como la conocemos. ¿Acaso podría ser de otra forma en una cultura como la nuestra?

La experiencia de caminar durante una oscura noche por una calle con una anchura de apenas metro y medio, para ser sorprendido en una ventanita con luz mortecina y alguna escena sangrienta de Cristo, es algo que puede reproducirse en parte todavía hoy en Sevilla. Bécquer había conocido sin duda esa imagen tan visual y dramática de Cristo.

Dudo, sin embargo, que Bécquer asistiese realmente a nada parecido a alguno de aquellos muchos fenómenos paranormales que describió en estas leyendas. Es mucho más probable que los evocó como muchos de nosotros, por el simple placer de trascender la realidad cotidiana que nos rodea.

Bécquer no ha sido el único que ha querido imaginar que esa imagen sangrienta sobre un escenario con nombre de Calavera, no es sino una puerta a un mundo donde la Providencia no sólo tiene el control sobre nuestra realidad sino que además tiene el profundo deseo de transformarla.

¡Tened ánimo, yo soy, no temáis!

Sinceramente no entiendo por qué muchos creen haber alcanzado el colmo de la madurez al mostrar su antipatía por las historias de miedo. El miedo en la Biblia es fundamental y las historias de terror y fantasmas asaltan sus páginas continuamente. Mi favorita es sin duda la que describen los evangelistas Mateo, Marcos y Juan en medio del mar, durante una oscura noche de tormenta.

Las personas, por regla general, tenemos una primera tendencia natural a creer en los peligros sobrenaturales y al mismo tiempo una segunda tendencia natural a desconfiar del Creador. Ese es el terreno perfecto para que germine la idolatría. Podemos ver esa doble tendencia, podríamos decir que enfrentada, también en los discípulos. Ellos mismos no se molestan en embellecer episodios donde se muestran continuamente predispuestos a creer cualquier cosa, a pesar de que estaban cansados de ver prodigios de Cristo.

Por el relato que hacen en los evangelios ellos mismos presenciaban continuamente los prodigios y milagros de Cristo. Esa oscura noche de tormenta los discípulos habían tenido ocasión de lamentar que su maestro no estuviese allí con ellos, en ese preciso momento de necesidad, pero cuando el maestro aparece finalmente, todos a una y sin excepción prefieren pensar que se trata de un fantasma.

Bécquer escribió desde su particular sanatorio que ′Dios, aunque invisible, tiene siempre una mano tendida al pobre′. Y es que es justo eso lo que también salvó a los discípulos, la conciencia de pobreza y necesidad que precedía a ese momento en el que se les tendía la mano para decir: ′¡Tened ánimo, yo soy, no temáis!′. ¿Preferiremos seguir creyendo en nuestras propias abstracciones o nos aferraremos a esa insistente y paciente mano tendida de Cristo?

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Comentario de LOURDES COLOMÉS MONTSERRAT

"Cuanto me habían gustado de jovencita las rimas de Bércquer! Sus referéncias a la idolatria me hacían pensar en su posible búsqueda del Dios verdadero. Quizás vió la luz en sus últimos dias. Su bohemia, sus experiències político- religiosas, el triste Cristo que contemplaba en Sevilla,le impedirian verlo resucitado y como único camino de salvación y sentido de su vida como lo es de la nuestra. "

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