Angélica Liddell: El que confía en el hombre

Madrid, 24 de mayo de 2011. Es irónico que el Festival de Otoño se celebre en Primavera en Madrid. Más aún que en él se estrene una obra llamada Maldito sea el hombre que confía en el hombre, mientras Sol se llena de indignados y las elecciones dan un nuevo giro político a este país. Angélica Liddell nos recuerda así la condición humana, en un montaje con título bíblico. La actora y directora catalana toma su apellido de la niña que inspiró la Alicia de Lewis Carroll. Su teatro es como un espejo, pero éste no comunica con El País de las Maravillas, sino que nos refleja un mundo de horror que no es otro que el nuestro, por mucho que nos empeñemos.
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′Cuando empiezas a desconfiar del prójimo,′ -observa Angélica- ′comienzas a desconfiar de la humanidad en general′. Su obra muestra la decepción en la que vive, tras una serie de montajes críticos, con fuerte contenido político. ′La indignación frente a la injusticia es algo natural, pero llega un momento en que crees que estás haciendo algo estéril′. La autora ha ′empezado a desconfiar mucho de los discursos′.

Liddell observa que ′el mundo de la cultura está instalado en la corrección del discurso′. Y eso ′parece que nos garantiza tener una conciencia social, que nos libra de todo mal′, por la que creemos ′que somos buenos y aspiramos todos a la santidad de la justicia social′. Lo que ocurre es que ′cuando nos ponemos a enfangarnos en el alma humana, no somos capaces de ver nuestra peor parte, toda la mierda de la que estamos hechos′. Para ella, ′eso es lo verdaderamente difícil′.

TEATRO DE LA AFLICCIÓN

Angélica nació en Figueras (Gerona) en 1966. Su padre era un militar llamado González, que fue luego destinado a Valencia. Al tener que dejar el campo, donde vivía con sus amigas hasta los 13 años, pasa una adolescencia difícil en Burgos. Sufre de una extraña ulcera sangrante, y entra en una profunda depresión. Era ′un momento particularmente propicio para acabar con todo′. A partir de ese momento se convierte en ′una suicida, sin suicidio′.

La artista ha utilizado su dolor en una serie de experimentos teatrales, tras estudiar arte dramático en la RESAD, cuando su familia se traslada a Madrid, en plena época de la Movida. Licenciada en psicología, su ′teatro de la aflicción′ tiene tal contenido autobiográfico, que llega a un estado catártico. ′Es lo que me impide pegarme un tiro′, dice. No sólo juega por eso con una pistola en el escenario, sino que se ha atrevido a cortarse la piel, literalmente. Hacía sangrar su cuerpo -en un espectáculo que repitió durante dos años y pico-, para mostrar su desesperación.

Liddell no duda que vive en un mundo, donde ′el mal es la ley permanente′. Su trabajo, teñido de tintes apocalípticos, ha sido calificado a veces erróneamente de provocación, cuando ella ′intenta comprender por qué sufrimos′. A la acusación de ′nihilista′, Angélica contesta que ′si fuera nihilista no intentaría buscarle sentido a la vida con todas las fuerzas′. Hay una compasión en su obra, que hace que sea especialmente apreciada por católicos como Luis María Ansón.

¿EL CONSUELO DE LA RELIGIÓN?

La autora galardonada con el Premio Valle-Inclán estudió en un colegio de monjas. Dice que ′hablaba mucho con Dios, hasta la adolescencia′. Por lo que ′quieras que no, la educación religiosa a veces te convence′. Liz Perales dice por eso en El Cultural, que ve en su trabajo ′valores cristianos, como la piedad′. Ella cree que esa ′aspiración humana de ponerse en lugar del otro′, en su caso no ′está en absoluto asociada al catolicismo′. Es más, esa religión es ′algo que detesta profundamente, con toda su alma′.

Si piensa que ′es posible que trabaje con términos cristianos, es porque lee mucho la Biblia, que es un libro muy hermoso′. No se ha cansado por eso de explicar en todas las entrevistas que el titulo de su obra -Maldito sea el hombre que confía en el hombre- viene de la Biblia. El mensaje profético de Jeremías muestra que el hombre de este mundo se equivoca, al poner su esperanza en el ser humano (17:5), cuando como le ha pasado a Liddell, su confianza se ve así traicionada constantemente.

La Palabra de Dios nos llama a confiar en Él (v. 7), como el árbol plantado junto a las aguas (v. 8). Tendremos así unas raíces, que no son como la de la retama del desierto (v. 6), que cuando llega la sequía, no puede sobrevivir, porque carece de raíces profundas. Así es la religión que se basa en el hombre. Refleja una inocencia que no sobrevive a la adolescencia. Es el peligro del idealismo que desconoce que ′el corazón es engañoso, más que todas las cosas′ (v. 9). La buena noticia es que Dios es mayor que nuestro corazón (v. 10). Por eso merece toda nuestra confianza.

¿EN QUIÉN DEBEMOS CONFIAR?

En esta vida hay algunos que somos más desconfiados que otros. No nos fiamos de nadie, porque hemos tenido ciertas experiencias que han marcado nuestra vida y nos hacen dudar de la realidad que hay detrás de los buenos deseos, que a veces se expresan tan alegremente. Es para Angélica ′la frustración que te provoca la desproporción que existe entre la palabra y la acción′. La decepción viene de ′haber conocido a un montón de gente con discurso, incapaz de ser buena′.

Nuestros discursos pueden ser sinceros, como dice Jeremías, pero nuestro corazón nos engaña. La honestidad se ha convertido para muchos en la virtud suprema. El problema es que también nos podemos equivocar sinceramente y arruinar nuestra vida o la de los demás. La Escritura habla por eso de la necesidad de discernir los motivos de nuestro corazón, que nos llevan a hacer de cualquier persona o cosa un ídolo, en vez de confiar en el Dios vivo y verdadero. Quien examina su corazón no descubre a Dios, sino más de su propia miseria. Porque no tenemos el corazón de oro que creemos tener.

¿Hasta dónde ha de llegar entonces nuestra desconfianza? Dominados por ella, podemos llegar como Liddell a una auténtica ′fobia social′, porque ′no soportamos cruzarnos con la gente′, en la ′ansiedad de protegernos′ del desengaño y el dolor. El remedio para esa desconfianza ya no está en una ′inocencia perdida′, que no podemos recobrar; sino en una confianza en Aquel que nunca nos va a fallar.

LA LUCHA DE LA FE

La fe es confiar en que Dios obra a favor nuestro (Isaías 64:4), nos cuida (1 Pedro 5:7) y da todo lo que necesitamos (Filipenses 4:19). En un sentido, es lo opuesto al esfuerzo. No se trata -como en la religión- de ganar la aprobación y demostrar nuestra valía o mérito ante Dios. Es descansar en las promesas de su gracia. En ese sentido, la fe es sencilla, pero es un milagro de la obra de Dios (Efesios 2:8).

El problema es que nuestro corazón nos engaña y confiamos en nosotros mismos, en vez de Dios. Por eso debemos luchar contra la incredulidad, porque la fe es la que nos libera del engaño que nos impide ver la maravilla de un evangelio demasiado bueno, para poder creerlo. Esa es ′la batalla de la fe′ (1 Timoteo 6:12). Tal combate supone tensión, conflicto e incomodidad.

Si Dios es el Evangelio, la lucha de la fe es por mantener nuestra esperanza en Él, frente a los desengaños de los hombres y la seducción de este mundo que nos ciega, para no poder ver ′la luz del evangelio de la gloria de Cristo′ (2 Corintios 4:4). Ese es el problema, pero Dios es el remedio (v. 6).

Es el conocimiento experimental de su gloria -la belleza, afabilidad y dulzura que hay en Él-, lo que satisface nuestra alma y nos da seguridad, para confiando en Él, buscar la justicia y la misericordia, frente a toda decepción. No podemos esperar nada de los hombres, pero podemos esperar todo de Dios.
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