Angels & Demons: Los ángeles y demonios de Dan Brown

Madrid, 16 de junio de 2009. Aunque fuera aburrida y absurda, El Código Da Vinci fue un éxito de taquilla en los cines de todo el mundo. Era inevitable que Tom Hanks y el director Ron Howard, se volvieran a reunir para adaptar otra novela de Dan Brown. Ángeles y demonios tiene el mismo protagonista - el profesor de simbología de Harvard, Robert Langdon -, pero no es su continuación, sino la novela anterior, que Umbriel publicó después en castellano. La tercera lleva ya esperando tanto tiempo, que algunos dudan que Brown sea capaz de escribirla. Esta se desarrolla en Roma, pero no tiene nada que ver con el Opus Dei, como algunos despistados han dicho. Trata de un grupo que se llama los Illuminati y el conflicto entre ciencia y religión. ¿Quiénes son entonces los ángeles y quiénes los demonios?
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A principios de los años ochenta del siglo pasado se hicieron populares en todo el mundo una serie de libros, como El nombre de la rosa de Umberto Eco o Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, que lograron convertir obras de ficción de fondo histórico en best-sellers de calidad, que tuvieron una gran repercusión mediática. En los noventa otra serie de grandes éxitos intentó seguir su camino con otras narraciones sobre diferentes escenarios del mundo antiguo, que ocasionalmente tenían algunos deslices históricos, como las series de Alexandros o el Egipto de Christian Jacq. El cambio de siglo vino así marcado por la consolidación de la novela histórica como un género literario dominante en las principales listas de ventas. Esa proliferación de títulos y editoriales especializadas, se ha colapsado en la actualidad por la explosión del fenómeno de El Código Da Vinci y todas las obras que han crecido a la sombra del libro de Dan Brown, que ha formado ya todo un género de ficción.

Nadie puede pretender que una novela tiene que sujetarse a un contexto histórico, pero la manipulación de la Historia que hacen autores como Dan Brown, confunde la narración con la invención de un pasado, que pasa de ser un escenario de cartón piedra a un mundo imaginario, en que la verdad ya no existe. Algo muy típico de nuestra sociedad postmoderna, que critica la realidad oficial, para crear luego una historia, que presenta con la misma validez que la Historia que podemos constatar con hechos verificables, en los documentos que nos han llegado de la antigüedad. Se ejerce la sospecha sobre todo lo conocido y demostrable históricamente en la religión, para defender una interpretación esotérica, para la que no hay más fundamento que una tradición ocultista, que cada uno entiende cómo quiere.

Como en el caso de El Código Da Vinci, personajes históricos y nombres de conocidas sociedades secretas, aparecen implicados en Ángeles y demonios en una trama de tipo policíaco, de pésima calidad literaria. La película en ese sentido es mejor que la novela. Es cierto que no era difícil mejorar la actuación de Hanks en El Código Da Vinci - uno de los peores papeles que ha hecho en toda su vida -, pero la dirección de Howard es bastante digna, para un thriller que desarrolla con eficacia. El problema es que la trama no sólo carece del más mínimo rigor, sino que nuevamente falsea la Historia a propósito, para hacerla cuadrar con el argumento de una novela, que el autor pretende basar en hechos reales. ¡Nada más lejos de la verdad!

¿REALIDAD O FICCIÓN?

Nos encontramos aquí una nueva conspiración de una sociedad secreta, que conocemos con el nombre de los Illuminati. Se nos dice que esta secta nace en Italia el siglo XVII, para vengarse de la iglesia católica, por su oposición a la ciencia en el caso contra Galileo. La realidad, como es habitual en las obras de Dan Brown, es bastante diferente. Los Illuminati nacen un siglo después, concretamente en 1776, en el Estado alemán de Baviera. No son un grupo de científicos, sino el círculo de un ilustrado llamado Weishaupt, que no lucha contra el poder de Roma en particular, sino contra todo el Antiguo Régimen. En realidad no son parte de la masonería, ni mucho menos satánistas, sino una sociedad revolucionaria, que desea acabar violentamente con las monarquías europeas. Los Illuminati de hecho desaparecieron después de nueve años, a pesar de que personajes como Churchill, los consideraran antecesores del comunismo.

Las especulaciones de Brown sobre la física tampoco tienen parangón. Confundir el Consejo Europeo para la Investigación Nuclear (CERN) con la sede de los Illuminati, es algo tan peregrino como sus especulaciones sobre la antimateria. Lo que está claro es que al autor de El Código Da Vinci no le falta imaginación. Se presenta así a la ciencia como una actividad perseguida en los Estados Unidos. Según esta historia, los estudiantes y profesores de Teología de Harvard, no tienen nada mejor que hacer que manifestarse ante la Facultad de Biología, para protestar por los experimentos de ingeniería genética que se hacen durante el programa de licenciatura. Los europeos parece que además confundimos la física con el tao, porque ′la antimateria es al yin lo que el yang a la materia′. Aunque otros, como el padre de la protagonista, utilizan el acelerador de partículas del CERN para recrear ′el punto de energía comprimida del cual surgió el universo′, ni más ni menos que el origen del Big Bang...

La alianza de la física nuclear además, con un grupo de asesinos del Islam, es como mínimo pintoresca. Los Hassassin existieron, pero desaparecieron a finales del siglo XIII por la presión de la dinastía egipcia de los mamelucos. Era un grupo formado en Persia en torno al año 1090 por un líder radical chiita, que quería acabar con el dominio de los turcos selyúcidas, que eran de confesión suníta. Su lucha tiene que ver por lo tanto con las diferentes facciones del Islam. Ya que aunque es cierto que atacaron a los cruzados - puesto que asesinaron al rey Conrado de Jerusalén en 1192 -, también intentaron matar a Saladino. Así que su actividad está más relacionada con las rivalidades entre musulmanes que con la lucha contra los cristianos.

¿RAZÓN O REVOLUCIÓN?

La pretensión de los Illuminati - en el relato de Dan Brown -, es que la ciencia es enemiga de la religión. Aunque en el sur de Alemania, donde nacen los Illuminati - un siglo después que en esta historia -, no hay más religión que la romana. Había entonces una fuerte alianza entre el poder civil y religioso, ya que la Reforma apenas tuvo influencia en esta parte de Alemania. Los jesuitas dominaban el catolicismo y controlaban férreamente la educación, para evitar la entrada de ideas protestantes en las escuelas bávaras. Esta situación provocó que las élites intelectuales, desarrollaran un gran interés por las ideas ilustradas y un profundo resentimiento contra la fe católica, que consideraban un lastre para el desarrollo de la sociedad y el conocimiento.

Adam Weishaupt (1748-1830) había sido educado por los jesuitas, pero había entrado en contacto con las ideas racionalistas por influencia de su abuelo, el barón de Ickstatt, un librepensador que tenía una enorme biblioteca con las grandes obras de los filósofos franceses. Después de estudiar derecho, llegó a ser profesor de la Universidad de Ingolstadt en 1772, donde tuvo la cátedra de derecho canónico, siendo el primer laico que ocupaba ese puesto en Alemania. La oposición de sus colegas y algunos miembros del gobierno bávaro a sus ideas ilustradas, le lleva a buscar apoyo en la masonería. Decepcionado, crea su propia orden en 1776 bajo el nombre inicial de los perfectibilistas. La organización tenía entonces sólo cinco miembros. Por lo que sus sueños de derrocar todos los gobiernos mediante revoluciones, para instaurar una república democrática universal, no parecían muy realistas…

Los Illuminati adoptan así, no sólo un nuevo nombre, sino una estructura jerárquica, tan rígida como los jesuitas. Su pensamiento se inspira en las cábalas numéricas de ese pitagorismo que tanto le gusta a Brown. Por ese conocimiento matemático se pretende conseguir una limpieza de espíritu, por medio de unos rituales de iniciación, supuestamente basados en antiguos cultos como el de Mitra. Es ahí donde se hace evidente la influencia de la masonería. Ya que Weishaupt se une al barón de Knigge, un masón que hace los estatutos y grados de la nueva orden. Sus logias se extienden entonces por toda Europa, ante la oposición de la masonería, que ve a estos grupos como peligrosos agentes revolucionarios. Cuando ambos líderes se enfrentan, se dictan una serie de edictos contra las sociedades secretas, que condenan a los Illuminati a la desaparición, tras el arresto de uno de sus cabecillas en 1786 y el exilio de Weishaupt, que acaba volviendo al catolicismo antes de morir en 1830.

¿CIENCIA O RELIGIÓN?

El protestantismo tiene sin embargo una relación muy diferente con la Historia de la ciencia. Es bien sabido que la Reforma impulsó todo un movimiento intelectual que llevó a un florecimiento de la investigación científica, que pone las bases de la llamada ciencia moderna. El problema de los Illuminati es el enfrentamiento con una iglesia como la de Roma ante los avances de los conocimientos científicos. Hombres como Galileo (1564-1642), eran creyentes sinceros. Para él, los cielos declaran la gloria de Dios, pero se ve incapaz de sostener una cosmología milenaria, ante las evidencias de sus descubrimientos. No se trata por lo tanto de un conflicto entre ciencia y fe, sino entre Roma y la ciencia.

Basta para ello ver algunos ejemplos históricos de la época. En un país como Inglaterra, entre los diez científicos que constituyeron el núcleo de lo que después sería la Royal Society, siete eran estrictos puritanos, siendo el 62% de sus miembros en 1663 de origen puritano, aunque éstos eran una clara minoría en la población británica. En la actual Bélgica durante el siglo XVI, el número de científicos protestantes era mucho mayor que el de católicos-romanos, aunque estos no eran más que una pequeña minoría en el país. En la Academia de Ciencias de París de 1666 a 1883, los protestantes superan también con creces a los católico-romanos. ¿Por qué?

La respuesta está en la Biblia. El Dios que se ha revelado por medio de la Escritura, - en la que se basa la fe del cristianismo evangélico, por encima de cualquier otra tradición -, es un Dios que sale a nuestro encuentro, y nos ha creado con un propósito, que es conocer la verdad. Ésta no está en un conjunto de sentencias, resultado de la tradición dogmática del magisterio vivo de la Iglesia, sino en una Persona: Jesucristo. La fe en Él y la obra del Espíritu Santo, transforma la vida del creyente produciendo un nuevo nacimiento. La luz no está sin embargo ahora dentro de nosotros mismos, en una subjetividad mística, a la que llegamos por medio de la introspección, sino en la Palabra eterna revelada por Dios en la Escritura. Para el cristiano, no hay contradicción por lo tanto entre el Libro de Dios y el Libro de la Naturaleza. Al contrario, como decía Calvino, es por las gafas de la fe que podemos leer ambos libros.

La verdad no está por eso en otra iluminación que aquella que la razón descubre por la luz del Espíritu Santo. La Biblia es una ′lámpara que alumbra nuestro camino, mostrándonos la senda a seguir′ (Salmo 119:105), pero lo hace por medio de ′la renovación de nuestro entendimiento′ (Romanos 12:2). La mente cristiana no se ocupa por lo tanto sólo de asuntos ′religiosos′. A pesar de la actitud anti-intelectual de algunos círculos evangélicos, la Biblia nos enseña que el conocimiento es indispensable para la vida cristiana. Si no usamos la cabeza que Dios nos ha dado, no le damos el culto al Creador que se merece. Es por eso que el cristiano debe amar a Dios ′con toda su mente′ (Lucas 10:27), para adorarle ′en espíritu y en verdad′ (Juan 4:24). Y por eso no necesitamos menos, sino más ciencia, para poder glorificar mejor a Dios, que es el Creador de todas las cosas.
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