Cruzadas: La cuadratura del círculo de Álvaro Pombo

Madrid, 3 de mayo de 2005. La vida muestra un entramado tal de razones y deseos que la contradicción anida en el propio corazón del ser humano. Álvaro Pombo, el nuevo académico de la Lengua, se adentra en los laberintos interiores del misticismo de Bernardo de Claraval en su novela La cuadratura del círculo, que ahora reedita en Barcelona Quinteto. La cuestión que sigue intrigando al lector actual es: ¿cómo semejante espiritualidad, tan cercana a veces al cristianismo evangélico, pudo servir de inspiración para algo tan terrible como fueron las Cruzadas?
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La brillante trayectoria de Álvaro Pombo (Santander, 1939) nace ya con su primer libro de poesía, publicado en 1973. Vivía entonces en Inglaterra, donde continuó los estudios de Filosofía, que había iniciado en Madrid. Cuatro años después ganó el premio El Bardo por los poemas compilados en sus Variaciones, y en 1983 el Herralde por su novela El héroe de las mansardas de Mansard. Más tarde, en 1991 es galardonado con el Premio de la Crítica por otra obra narrativa, El metro de platino iridiado, que nos introduce en los problemas de fe de una mujer. Recibe luego los premios Ciudad de Barcelona y Nacional de Narrativa el año 97 por otra indagación en el mundo femenino, Donde las mujeres, y obtiene en 2001 el prestigioso Premio Fastenrath por esta obra magistral que es La cuadratura del circulo, traducida ya a siete idiomas.

Todos estos libros han llevado a que Pombo sea considerado uno de los más importantes autores españoles contemporáneos. Aunque es un escritor de culto, más valorado por los intelectuales que por la gente, ya que su estilo es más exquisito y cuidadoso que otros. Su última obra, El cielo raso ha obtenido hace poco el primer Premio Lara. En ella se acerca a la psicología de un problema tan actual como es la relación entre el cristianismo y la homosexualidad, dos de las grandes preocupaciones del autor, que se debate entre estas mismas realidades. Su personaje, como en La cuadratura del círculo, es un joven en busca de identidad, que teme equivocarse, ya que una vez descubierto el error, cree que no podrá deshacer lo hecho.

En ésta su primera incursión en la novela histórica, Pombo nos lleva hasta el siglo XII, pero para ilustrar una experiencia tan habitual como es la historia de una decepción. El personaje central, Acardo, que vive en la casa de su madre, ve la vida llena de posibilidades, todo le queda por hacer. El duque de Aquitania sin embargo es un hombre desenfadado, pero no alegre. Le quedan sólo el poder y el orgullo, por lo que para él, ′todo es nada′. Se refugia en el cinismo para enfrentarse a la muerte. Pero el mozalbete protagonista tampoco está libre de culpa, ya que empieza a descubrir la realidad de su corazón cuando es capaz de matar a palos a un criado para afirmar una autoridad que su madre le niega. Va a casa de su tío, herido en las Cruzadas, pero por la espalda, como si estuviera huyendo, después de matar a mujeres y niños. Y todo buscando el perdón de sus pecados.

Acardo se convierte en un audaz guerrero, siendo investido caballero, en lo que resulta una tremenda farsa. Su sentimiento de orfandad le hace intentar averiguar la realidad sobre la muerte de su padre, pero al enfrentarse con su asesino y protector, el duque, se siente impotente para vengarse. Es entonces cuando aparece Bernardo de Claraval, al que sigue para formar parte de su movimiento cisterciense. Allí florecerá su amistad con Nicolás, discípulo y secretario del abad, que mantendrá con él amplios debates teológicos, que nos introducen en curiosas discusiones escolásticas. Bernardo, inspirador ya de las Cruzadas, le convierte en caballero templario. El místico le promete libertad por la obediencia, que le hará no tener miedo de nadie, pero su sumisión no ha de tener límite ninguno.

La fascinación de nuestro personaje por Bernardo ignora que ′nuestro admirable abad es alto como una gran selva a la atardecida, cuyas copas iluminan el sol poniente, y en las bajuras hay lo negro y movedizo, lo inferior, lo repentino, lo insondable′. Ya que hay ′siempre los dos lados a la vez, el iluminado arriba y el oscurecido abajo′. La luz y la sombran se enfrentan en su campaña por el pontificado de Inocencio II, enfrentado a su competidor Anacleto tras un vergonzoso enfrentamiento de política vaticana. Pero como dice Nicolás, ′lo grave es que ambas facciones aseguraban proceder según el Espíritu y enjuiciarlo todo por el criterio del Espíritu′. Sus textos bíblicos, sacados de contexto, se interpretan tan caprichosamente como hace su opositor Abelardo. Así impulsa el nacimiento de una nueva milicia de ′soldados de Cristo′, que acabarán hundidos en Damasco.

El desengaño del protagonista plantea problemas que son constantes del comportamiento humano en cualquier época, ya que tienen que ver con el propio sentido de la vida. Su marcado pesimismo revela una vez mas la inmutable y perversa condición del hombre, capaz de los mayores sacrificios personales, pero también de las mayores miserias… pero eso sí, con las mejores intenciones. Esa es la tragedia del hombre, alguien que se cree con un corazón de oro, aunque haga de su vida una ruina. Pombo ve a Cristo como a un misterio, pero Claraval es su cuadratura. La paradoja de Jesús se convierte en el ideal templario, por el que uno consiente en perderse para hacer la voluntad de Dios. Pombo, cuyo libro favorito es Una vida de Francisco de Asís, cree que la fe consiste en algo mas que hacer o no hacer. Le importa sobre todo la intención, pero ¿a dónde lleva el ′amor espiritual′ de Bernardo por sus enemigos? Confunde la obra de Dios con sus esfuerzos, su voluntad con la suya, y su autoridad con la del Papa. Esa es la tragedia de la espiritualidad romana, la Cabeza se ha unido tanto con el Cuerpo, que ya no se distingue lo uno de lo otro. Cristo obra todavía por su Espíritu, pero su actividad no se limita a la actividad de ninguna iglesia. Dios es Dios, y no podemos reducirle a nuestros esquemas humanos, cuando él está sentado en el trono. ¡Cristo reina! No ha abdicado de su poder, ni ha dado su autoridad a hombre alguno, sean Papas o santos, como para que les demos a ellos la obediencia que sólo debemos a Dios. Pocos místicos hay como Claraval, con tantos elementos bíblicos en su espiritualidad, pero ¡qué lejos esta todavía del modelo evangélico que mostró nuestro Señor! Es por eso que solo en El hay salvación, tanto entonces como hoy.
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