Álvaro Mutis: Contra la muerte del espíritu

Madrid, 3 de mayo de 2005. El premio Cervantes colombiano Álvaro Mutis, ha conmocionado el ambiente cultural hispano con un manifiesto, que ha firmado con el editor Javier Ruiz Portella, Contra la muerte del espíritu. Su declaración pretende abrir una brecha con una audaz proclama contra el materialismo, de la que se han hecho eco los medios de comunicación, provocando una larga serie de adhesiones y agitando conciencias en su autocomplacencia. Su intención no era ′denunciar políticas gubernamentales, ni repudiar actuaciones económicas, ni protestar contra específicas actividades sociales′, sino reivindicar ′esa inquietud gracias a la cual los hombres son y no sólo están en el mundo′.
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Esta singular iniciativa sorprendió a muchos por no estar movida por ninguno de los afanes que caracteriza habitualmente este tipo de protestas. Este manifiesto se alza contra una realidad tan honda como ′la profunda perdida de sentido que conmueve a la sociedad contemporánea′. Mutis cree que aún sigue existiendo algo que puede justificar y llenar la vida del hombre. Su sentido se limita sin embargo, generalmente a preservar, y en cierto grado mejorar, la mera realidad material de los hombres. Por eso nuestra vida es básicamente trabajar, producir y consumir. Ese es el horizonte principal de nuestra existencia. ′Basta, para constatarlo, leer las páginas de los periódicos, escuchar los programas de radio, regodearse ante las imágenes de la televisión′. De lo que se trata es ′de incrementar al máximo la producción de objetos, productos y esparcimientos puestos al servicio de nuestro confort material′.

Ahora todo parece cuestión de producir y consumir, incluso divertirse, que no es sino ′entretenerse en los pasatiempos que la industria cultural y los medios de comunicación lanzan al mercado con objeto de llenar ese vacío, esa falta de inquietud y de acción′ que llamamos ocio. ′A ello se reduce la vida y el sentido del hombre de hoy′, dice Mutis. El escritor no ignora las mejoras de las condiciones sanitarias, cuyos éxitos son absolutamente espectaculares. Así como los grandes avances de la ciencia en la comprensión de las leyes que rigen los fenómenos físicos. Pero ′es precisamente este júbilo el que nos lleva a expresar nuestro asombro y nuestra angustia ante la paradoja de que, en el momento en que tales conquistas han permitido aliviar considerablemente el sufrimiento de la enfermedad, mitigar la dureza del trabajo, expandir la posibilidad del conocimiento, corre el riesgo de quedar aniquilada la vida del espíritu′.

Para el premio Cervantes, lo que peligra no son los beneficios materiales así alcanzados, sino la vida del espíritu. Lo prueba el propio hecho de que incluso es extraño usar el término espíritu. ′Es tal el materialismo que impregna los más íntimos resortes de nuestro pensamiento y de nuestro corazón, que basta utilizar la palabra espíritu para que se vea automáticamente cargada de despectivas connotaciones religiosas, si ya no esotéricas′. El Manifiesto deja claro por eso, que no es una inquietud religiosa la que mueve a sus signatarios. Ya que no les preocupa en ese sentido la muerte de Dios, sino la del espíritu. ¿Cual es ese espíritu, entonces?. Es ′ese aliento por el que los hombres se afirman como hombres, y no sólo como entidades orgánicas′.

La inquietud de Mutis es por el desvanecimiento de ′ese afán gracias al cual los hombres son y no sólo están en el mundo′. Lo que admira el escritor colombiano es ′el portento de ser, el milagro de que hombres y cosas sean, existan: estén dotadas de sentido y significación′. La pregunta lógica ahora es: ′¿para qué vivimos y morimos?, ¿cuál es nuestro sentido, nuestro proyecto, estos valores sin los que ningún hombre ni ninguna colectividad existirían?, ¿cuál es nuestro destino?′. El Manifiesto no es claro en este sentido. Lo que sí constata es que lo propio de nuestra generación es ignorar y desdeñar tal tipo de pregunta, que ni siquiera es formulada. Aunque Mutis intuye que para muchos, ′nuestro destino es estar privados de destino, es carecer de todo destino que no sea nuestro inmediato sobrevivir′.

Lo que nos falta, dice el autor, es ′un principio regulador, una verdad que garantice y guíe nuestros pasos′. Esa es la tragedia de nuestro mundo hoy. Y ante semejante ausencia, queda una nada que se intenta llenar con toda una ′vorágine de productos y distracciones con que nos atiborramos y cegamos′. Es de ahí que proceden todos nuestros males, dice el Manifiesto. Pero hasta ahí llega también nuestro entusiasmo, porque a partir de ese momento Mutis sugiere que es a partir de esa ausencia también, que podemos asumir nuestra fuerza y grandeza como ′hombres libres, no sometidos a ningún Principio absoluto, a ninguna Verdad predeterminada′. Pero si hay un honor en buscar, interrogarse y anhelar una vida una vida más allá del materialismo, eso no significa que haya una grandeza especial en andar ′sin rumbo ni destino fijo′.

Mutis entiende que ser ′libres, es decir, desamparados, sin techo no protección, abiertos a la muerte′. El Manifiesto no pretende entonces ′plasmar ningún nuevo programa de redención′, sino ′conglomerar voces unidas por un parecido malestar′, que no ha encontrado hasta ahora auténtico cauce de expresión. Ya que ′aún más angustioso que la propia muerte del espíritu, es el hecho de que, salvo algunas voces aisladas, dicha muerte parece dejar a nuestros contemporáneos sumidos en la más completa de las indiferencias′. Su primer objetivo en ese sentido podemos decir que se ha cumplido, ya que el texto ha suscitado un cierto ecó en los medios de comunicación, que le ha llevado incluso a ser portada de un suplemento cultural de un diario nacional como es El Mundo. Pero ¿a dónde lleva ese grito de denuncia finalmente?.

El Manifiesto despierta una nostalgia del sentido crítico que había caracterizado a la modernidad, al menos durante sus inicios. No es que la postmodernidad crea que vivimos en el mejor de los mundos posibles, pero hay que reconocer que las reivindicaciones hoy son algo patéticas. Como dice Mutis, es legítima la protesta ecológica, pero nos deja una vez más encerrados ′en el más plano de los materialismos′. Por no hablar de ′los restos de un comunismo igual de materialista y tan trasnochado que ni siquiera parece haber oído hablar de los crímenes que, cometidos bajo su bandera, sólo son equiparables a los realizados por el otro totalitarismo de signo aparentemente opuesto′. Lo que se plantea es el debate por ′la necesidad de que se abra un destino′, parafraseando a Ortega, ′para los hombres privados de destino y que han de seguir estándolo′. Pero ¿cómo es posible afirmar un sentido sobre el sinsentido mismo del mundo?.

La conclusión del autor colombiano nos lleva nuevamente a una concepción del arte más allá del entretenimiento y la estética, como expresión de la verdad. Pero ¿qué verdad, si ′se ha aniquilado a las fuerzas sobrenaturales que, desde el comienzo de los tiempos, regían la vida de los hombres y daban sentido a las cosas′? Mutis cree que no viene del poder de la razón, que para él ′reduce todo a un mecánico engranaje de causas y efectos, de funciones y utilidades, cuando pretende encarar la significación del mundo, cuando intenta enfrentarse al sentido de la existencia′. El Manifiesto busca por eso una trascendencia que no se base en el hombre como dueño y señor del sentido. Lo que lleva inevitablemente a la cuestión de Dios, que el texto quiere dejar abierta. Pero lo hace sin embargo reduciéndolo a un dios en minúscula, puesto que carece de realidad propia, ya que no pertenece al mundo natural ni al sobrenatural. Según el autor, ′sería tan dependiente de los hombres y de la imaginación como éstos lo son de él y de ésta′.

Mutis confunde así a Dios con la imaginación, ′esa fuerza que a partir de nada, crea signos y significaciones, creencias y pasiones, instituciones y símbolos′. Su relativismo hace de lo divino humano, ignorando que no nos hemos hecho a nosotros mismos. Hay un Dios que nos ha creado, nos da la vida y la mantiene. Ya que no estamos solos en un universo absurdo de vacío y de silencio. El está presente y no esta callado. Hemos sido hechos para vivir en relación con Él. Por eso podemos decir con el agnóstico Bertrand Russell que en el centro de nuestra vida hay siempre un extraño y eterno dolor, una búsqueda de algo situado más allá de lo que el mundo contiene, algo transfigurado e infinito. Porque Dios no es el silencio del universo, como escribe Saramago en sus Cuadernos de Lanzarote, ni el hombre el grito que da sentido a ese silencio. Dios se ha revelado en Cristo, ′camino, verdad y vida′. Y lejos de Él morimos espiritualmente.

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